Sueños de Granada

Una toma de contacto de tres días con la ciudad nazarí estimula la imaginación. A poco que uno quiera rescatar vivencias del pasado, la ciudad que descansa en las faldas de Sierra Nevada emerge simpática a baja temperatura para escuchar los ecos y las ensoñaciones que encierran sus calles cargadas de historia, como escenarios de cartón de piedra de filmes con guiones adaptados a la fantasía de cada cual.

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La noche en Granada es espesa, cargada de encanto, de gatos, de silencio, de incertidumbre por conocer cómo será la ciudad nazarí de día, con todos sus símbolos históricos dispuestos ante los ojos del que la aborda con curiosidad turística; ojos nuevos y primerizos. Parece detenida en el tiempo, pero sabe adaptarse al siglo XXI, con espacios donde navegar y tuitear tranquilamente, sin prisas, con té y música por las calles del Albaicín, el barrio más pintoresco de la ciudad por el que merece la pena perderse sin brújula ni reloj hasta decir basta.

Porque Granada es para disfrutarla a golpe de calcetín, deteniéndose en los enclaves de obligada admiración como los miradores que fuimos descubriendo a modo de etapas en nuestro caminar. El más visitado es el de San Nicolás y no es de extrañar. Las inquietantes vistas de la Alhambra y la perspectiva cambiante que las cámaras recogen desde este lugar, cohíben los diálogos hasta estremecerse en viajes evocadores, en los sueños históricos y juguetones que a uno le hacen redondear pensamientos sobre cómo sería la vida de nuestros antepasados por aquellos edificios tan imponentes, por las callejuelas retorcidas que desembocan en la fotografía más emblemática de Granada, la de la Alhambra a cualquier hora desde San Nicolás.

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Los granadinos, con todo, se perciben ruidosos. Ellos han superado la grandeza de su entorno con sus rutinas y su vida cotidiana. “No se valora tanto cuando los ves todos los días”, nos dice una lugareña mientras llegamos a una placita aparcada junto a un convento de solera ejemplar. Allí tomamos una cerveza del lugar y recibimos a los pocos minutos la generosa gratitud gastronómica que los bares de la ciudad conceden al visitante: las tapas. Una primera, una segunda… y así sucesivamente para amortiguar cada caña.

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Comienza un juego por averiguar dónde degustar la mejor combinación de cebada y sustento y pronto desembarcamos en la calle Navas, la más típica para el asunto del tapeo pero no la que más gustó a los paladares del 360, quizás porque la búsqueda de tranquilidad imperaba en la versión de nuestro viaje. Pero cerca la volvimos a recuperar, en rincones de exquisitos defensores de la gastronomía andaluza, donde a base de tapas supimos dar al paladar lo que pedía sin que  hiciera falta que sonara el flamenco, porque de tópicos se vive en Granada, pero menos. [Img #14395]
Espuma de tomate con tacos de jamón ibérico. Cambio y corto.

Los placeres de la vida en siglos pasados, cuando se comenzó a roturar el concepto que hoy denominamos calidad de vida, también pasaban por los baños árabes. Tradición que entre examen y examen, los estudiantes que pueblan la Universidad de Granada a lo largo del calendario lectivo, aprovechan para disfrutar de los precios que se adaptan a sus bolsillos –aunque podrían adaptarse más, como en Salamanca- en contextos idílicos para desconectar del todo y viajar de nuevo al pasado. El visitante también se puede dar el capricho de sentir de primera mano cómo los habitantes de la historia granadina disfrutaban de su relax, de los spa de entonces, de los auténticos spa.

Y casas rehabilitadas en hoteles de pitiminí, y paseos por el Salón hacia el Realejo descubridores de terrazas de gusto exquisito para el tapeo, y de ‘sube y bajas’ que dejan el alma ávida de puntos de descanso y de contemplación, de la misma que Granada permite en cada rincón, de la conexión que despiertan sus edificios hacia reminiscencias árabes,  de bosques como el del entorno de la Alhambra, de su gente campechana, alegre y divertida.  Tres días dan para mucho, pero también para volver siempre a esta ciudad cargada de imán, de encanto, de ‘buena gente’.

Laura Bellver

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