La ciudad sorpresa

Bolonia agasaja al visitante con buenos ingredientes, ambiente bohemio y erudición. 360 Grados Press visita la ‘Grossa’ de Italia. Esa ciudad a la que se llega en un vuelo ‘lowcost’ como punto de conexión hacia el norte, sur o este de Italia y que te deja un cerco emocional inesperado que enciende la alerta del ‘ganas de volver’.

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Incluir Bolonia en un plan de viajecon destino Italia puede ser algo más que probable. Porque es una ciudad queacoge ferias internacionales de renombre, porque es universitaria, porque secome muy bien, porque sus calles lucen unos porches característicos,  porque allí se aprobó el Plan Bolonia (algo enlo que el viajero cae inmediatamente al toparse con su manido e históricocampus), porque es tierra de Ducatis,… Pero, sobre todo, y en tiempos de trincheracon más razón, lo que te conduce a Bolonia antes que a otras ciudades es quevuelas hasta allí a un precio económico.

 

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Su aeropuerto está muy biencomunicado con el centro, casi se podría ir caminando hasta la ciudad. Es undecir, aunque apenas 5 kilómetros separan el aeródromo de la columna vertebralboloñesa, la misma que se intuye desde la estación central de tren, la queinsinúa cualquiera de las vías que sacan el músculo de la alegría social, de lavida construida al detalle, de los corrillos, de las tiendas de ahora y desiempre, de la vida callejera, de la sombra tapada, de las puertas abiertas…

 

Bolonia sorprende con pautasconfortables a quien la visita sin ojos curiosos, sin guías, sin esperar nada acambio. Ése es el perfil de quien viaja de paso, antes de regresar a su país deorigen; antes de comenzar un viaje hacia otras zonas más veces incluidas en lasguías turísticas y de las que ya habrá tiempo para dedicar otras incursionesescritas. Este artículo es sólo para Bolonia.

 

Aperitivo

A media tarde, el tumultouniversitario de un día de verano se traslada a los bares. En Bolonia elaperitivo se hace sobre las 19 horas, momento en que cada local ofrece susmejores propuestas de picoteo para acompañar el spritz (cóctel de vermú consoda y vino blanco) o la cerveza (al que escribe le gustó mucho la Menabrea).Pagas 3, 4, 5 o 6 euros por una pinta pero a cambio tienes la posibilidad deacompañarla de una degustación de embutidos, quesos y otras delicias en el buféque proponen como tradición. Ahí es cuando uno se da cuenta de por quédenominan a esta ciudad la ‘gorda’ de Italia. En Bolonia se come, se come bien,se come mucho.

 

Compra

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Alimentari en italiano, ultramarinosen español. Estar en plena región de Emilia-Romagna significa tener acceso abuenas viandas. Y estos establecimientos hacen gala del abanico artesanogastronómico de la zona, con un muestrario de pasta fresca recién elaborada,quesos –principalmente el sempiterno parmesano-, vinos –como los elaborados conla uva sangiovese- y otras delicias de guardar –como el aceite balsámico de lavecina Módena– o, lo que es lo mismo, productos tradicionales de toda la vidaque no necesitan de más etiquetas para valorarlos con nota. Porque la mortadelade Bolonia merece la pena testarla a pie de campo, sobre todo para romper mitosacerca de este embutido que sabe distinto cuando se prueba aquí.

 

Comer

Por encima del bufé/aperitivoreseñado, el visitante no puede marcharse de la ciudad sin tener un baile másíntimo con sus especialidades gastronómicas. El contacto sugerido aporta doscaras: la informal de la Ostería Dell’Orsa (Vía Mentana, 1), una suerte detasca cuyo espacio ha sido muy bien exprimido. Lo lógico es compartir codos concomensales anónimos pero merece la pena ante las propuestas que contempla lacarta, que recorren todas las especialidades boloñesas con una más querecomendable cotoletta a la que puedepreceder unas medias raciones de queso y de embutidos bañados por una frasca devino de la casa (aquí pedir vino de la casa es menos arriesgado que en España,donde solemos bañarlo con gaseosa para driblar su condición peleona). Total,unos 15 euros por cabeza. La otra cara, la del homenaje serio o la del contactomás reposado con la gastronomía del lugar (no por ello de más calidad) bienpuede darse, por ejemplo, en La Capriata (Strada Maggiore, 19). 

 

Garisenda y Asinelli

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De Bolonia uno se queda con launiversidad, con la comida y con otras referencias de patrimonio cultural yartístico que incluirá otra reseña no muy lejana. Con todo, lo que tampoco dejaindiferente a nadie, especialmente si se ha recorrido días antes latitudestoscanas y pueblos medievales como San Gimignano, son las dos torres de entreel siglo XII y XIII que permanecen erectas en pleno centro de la ciudad. Sedice erectas porque Garisenda y Asinelli presentan una inclinación notable, máspronunciada si cabe en la primera que en la segunda. Rascacielos de antaño queconviven junto a un Apple Store, alimentaris,trolebuses y el subrayado olor a ricas viandas. Desde arriba de Asinelli (3€), lasmejores vistas. Recomendable lucir resuello suficiente para soportar los casi500 escalones que permiten acceder al techo de 98 metros que vigilan –delgados-la vida –gorda- de esta acogedora ciudad -sorpresa-.

 

@os_delgado

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