La Alemania de Augusta Treverorum

360 Grados Press se adentra en la que es considerada la ciudad germana más antigua. Situada en el sur del país, en la ribera del río Mosela, esconde tesoros romanos que la condujeron a ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986. Un destino que contacta con el pasado a través de la arquitectura, las viandas o el vino y que alcanza la era global con un espíritu comercial más que palpable en sus calles.

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Agarrar bien el volante ante elcurveo del pronunciado descenso de unos pocos kilómetros desde la autopista E44que conduce de Berlín a la frontera luxemburguesa es el único requisito para llegarhasta el punto del río Mosela coincidente con una de las ciudades más antiguasde Europa y más longeva de Alemania, Tréveris.

 

Pronto se olvida el trajín deltráfico y la atención se centra en el terreno de riquezas gastronómicas quecaracteriza al Mosela y del que ya conoceremos otras referencias de su paso porterritorio francés. Pero en esta parada estamos en las vides germanas, en laherencia romana del buen comer y del buen beber. De ello dan fe los reclamosque el turista encuentra a las primeras de cambio, y antes de aparcar, en elitinerario que le conduce en paralelo al río hasta el centro de la ciudad, lamisma que vio nacer a Karl Marx. Pero casi dos milenios antes, en el 16 a.C,Augusto la bautizó como Augusta Treverorum, hito que sirve para otorgar a estaurbe el honor de ser la mayor de edad de las urbes alemanas.

 

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Antes de aparcar el coche, y sinabandonar el itinerario marcado por el Mosela hasta la ciudad, llega un puntoen que para el visitante, especialmente para el copiloto con más campo visual,se activa el ‘modo exclamación’ que significa asistir a la presencia omnímodade la Porta Nigra. La antigua entrada a Augusta Treverorum se levantó en el año180 y es uno de los restos romanos que mejor se conservan en el antiguocontinente.

 

Los adjetivos podrían llegar a serinabarcables cuando se trata de describir tamaño monumento. Con todo, laimaginación se encarga de nublar el susurro de ornamentos lingüísticos para darrienda suelta, condicionada por los recursos institucionalizados del imaginariocolectivo, a viajes a tiempos de emperadores con banda sonora evocadora deluchas, gladiadores, bonanza gastronómica y fiestas de colorín como las deUrdezo y Goscinny.

 

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Por eso el posterior y necesariogesto del checkin en el hotel se hace con la ansiedad de quien quiere recuperaresas sensaciones lo antes posible, regresar ante el monumento evocador y seguirsoñando con guiones históricos. Así, quien más, quien menos, ubica la PortaNigra como punto de partida del paseo por la historia que proyecta Tréveris.Una ruta que conecta rápidamente con la arquitectura de un tiempo lejanoemborronado de un plumazo por las luces de neón y chillonas de los grandesdepredadores de los cascos históricos en este siglo XXI. Igual que ocurrió ennuestra visita a otros cascos urbanos históricos como el de Luxemburgo, y conla salvedad del de Lisboa, los H&M, Zara, C&A, PizzaHut, McDonald’s…acaparan los bajos solariegos de fincas con esparadrapo en sus portales,impertérritas ante la cosificación de un centro lleno de las mismasoportunidades comerciales que cualquier otra ciudad europea, por mentar uncontinente.

 

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Por eso surge la misión de escaparde la peatonalización comercial a la búsqueda de un establecimiento con solera,de los de verdad, del lugar. Una misión casi imposible y que estaba más cercanade lo que nos parecía en un principio. Frente a la catedral, junto a la sede dela DO Vinos de Mosela, un self-servicede piedra manchada por el olor a húmedo, con productos del lugar bañados encaldos de ricas vides sorprendió nuestro paladar. Moviendo el bigote mientrasasistimos a otro espectáculo evocador: presenciar la planta de la imponente catedralde San Pedro (cuya construcción inicial data del siglo IV), otro de los hitospor los que Tréveris atesora su condición de Patrimonio de la Humanidad.

 

La factura, 14 euros por cabeza concopas de vino incluidas, permite reflexionar de nuevo sobre qué está pasando enEspaña que hasta Alemania comienza a tener precios de cara al turista másbaratos, como la gasolina y otros bienes de consumo por los que no hace muchosaños el turismo español competía con el valor añadido de que éramos baratos.

 


De pelotas saltarinas

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Tréveris también tiene tiendas depelícula, pero de factoría Disney más que de gladiadores. No es difícil toparsecon establecimientos jugueteros que despiertan las mismas emociones que las degrupos como ‘Yo también fui a EGB’ que circulan por Facebook para los nostálgicosdel vintage. Colecciones de cromos yestampas, pegatinas ochenteras, pitufos, cartas, puzles, canicas, coches deminiatura de corte clásico o casas de muñecas de ensueño. Tentaciones, todas.Posibilidad de adquirir muchos objetos, misión complicada si el turista llega ala ciudad procedente de un vuelo low-cost con restricciones de equipaje. Aunquehasta en las maletas más pequeñas siempre hay hueco para un muñequito o unapelota saltarina…

 

El recorrido por la historia deTréveris se completa con una visita a las ruinas de lo que en su tiempo fueronlas termas romanas, el anfiteatro que bordea el casco antiguo, la Basílica deConstantino y la iglesia de Nuestra Señora de Tréveris. Eso sí, sin prisa ytratando de saborear las variedades de caldos y de cervezas de esta zonatranquila de Alemania con el retrovisor permanentemente puesto en la calidad devida.

 

@os_delgado

 

Información turística

Redacción

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