Hannah Arendt

El nuevo film de Margarethe von Trotta, Hannah Arent, se estrenó el pasado mes de junio y desde entonces permanece en la cartelera con pases contados y a horas intempestivas, pero afortunadamente se sigue proyectando. Una suerte para los espectadores y todo un éxito para el cine de autor en estos tiempos del canalla IVA cultural. Hannah Arendt se aproxima al pensamiento de esta filósofa alemana de origen judío tan fundamental para comprender el siglo XX.

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Máscitada que leída, Hannah Arendtsigue levantando ampollas entre sus detractores. La película no ha sido ajena aello y medio siglo después ha vuelto a despertar la polémica en EE.UU. y Europacon corifeos tan prestigiosos como  New York Review of Books, Der Spiegel o The New York Times. En nuestro país no ha llegado a tanto, unartículo de Monika Zgustiova en El País y poco más. El desconocimientode la obra de Arendt  y el consabido estono va conmigo, el Holocausto nos queda lejos y no nos atañe, han hecho de lassuyas. Una estupidez. Hoy más que nunca el pensamiento arendtiano cobra fuerzapara ayudarnos pensar sobre conflictos con la Guerra de Siria, los desahucios,la violencia, la corrupción o el terrorismo bancario.


La película se centra en el juicio de Adolf Eichmann celebrado en Jersusalén en 1961,  al que asistió Hannah Arendt como periodista delThe New Yorker. Sus artículospublicados al respecto en esta revista y su posterior libro  Eichmannen Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal (Debolsillo, 2006), despertaronla admiración de algunos intelectuales, pero sobre todo desataron la ira deotros muchos. Arendt abordó en este libro  el colaboracionismo de algunas asociacionesjudías con los nazis y el cuestionamiento de la legalidad de Israel para juzgara Eichmann, dado que había sido detenido en Argentina por el Mossad. Pero sin duda la granaportación de este trabajo ha sido el desarrollo del concepto de labanalización del mal, fundamental en la Historia del pensamiento del siglo XX. Paradesarrollar dicho concepto Arendt  secentró en la personalidad de Eichmann. Mientras el fiscal del juicio lo retratócomo un nazi que odiaba patológicamente a los judíos hasta llegar alexterminio,  Arendt lo presentó como unhombre normal y disciplinado. Un burócrata que aplicaba la ley, que creía confirmeza en el ideario hitleriano y que era incapaz de analizarlo y cuestionarlo.Un hijo de su tiempo y del régimen al que sirvió. Un hombre convencido de símismo, incapaz de cuestionar, de pensar, cuyas sangrientas acciones  resultaban para él virtudes, por lo queeste  convencimiento le autoeximía detoda culpabilidad.


Ni ha sido Eichmann, ni es, ni será un  caso aislado. Seres como él se repitieron enla Alemania Nazi y se dan en cualquier régimen totalitario.  “Lo que quedó en las mentes de personas comoEichmann”, afirma Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sinosimplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. Nosencontramos, pues, ante el  paradigma delmal banalizado, un concepto que nos sirve para reflexionar sobre lo que el serhumano puede  ser capaz de hacer Y como  personas comunes pueden convertirse en seres brutales.


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Resulta sumamente interesante que venga de nuevo Hannah Arendt, aunquesea en forma de película, para hacernos reflexionar sobre la violencia, labanalización del mal y las consecuencias que tiene para las personas el hechode  renunciar a pensar en un momento enel que somos capaces de trivializar lo más espeluznante y de disfrazar eltotalitarismo con el eufemismo del pensamiento único, en un momento en el que enSiria se están utilizando armas químicas contra niños y  en nuestro país se echa despiadadamente amiles de personas de sus casas por no poder pagar una hipoteca, en un momentoen el que se  prefiere rescatar a losbancos antes que a las personas y  seniega la asistencia sanitaria a los inmigrantes, en un momento en el que nadieasume responsabilidades y se hacen EREs salvajes y se niega el derecho a laeducación y una vivienda digna a los más desfavorecidos, en un momento en el quela corrupción campa a sus anchas y nadie se subleva. Todo en un momento en el quese amenaza constantemente a la democracia y a nadie parece importarle.


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