Por Francisco A. Cardells-Martí
Académico de Número de la RACV, Director CUHC, Cronista Meliana
Profesor Universidad Católica de Valencia – Instituto Veritatis Gaudium
El día 15 de mayo de 1495 se cumplió el aniversario del libro impreso de ajedrez más antiguo de España, que como es lógico lo fue en nuestra Valencia del siglo de oro bajo el título de Libre dels Jochs partits dels scachs, obra del segorbino Francesch Vicent. Un hito mundial porque se recoge por primera vez el papel de la figura de la ficha femenina de la reina o dama, convertida en la más poderosa del tablero por su movimientos audaces y rápidos en todas las direcciones. Con doscientos años de antelación el rey Jaume I de Aragón, de las Mallorcas y de Valencia parece que encontró en las mujeres no sólo consuelo en la alcoba sino una herramienta fundamental para su estrategia política en sus territorios.
Jaume I, conocido por el sobrenombre del Conquistador, del que se cumplirá este 27 de julio de 1276, su 750 aniversario de la muerte en el cap i casal de Valencia, fue un personaje tantas veces recreado que presenta un rostro poliédrico de muchas caras, entre otras las de caudillo militar, prócer legislador, cruzado religioso y hasta héroe fundacional o padre de la patria valenciana. Algunos apuntan que fue además un declarado mujeriego, hecho que habría que matizar pues era un hábil ingeniero de la política a partir del empleo del concubinato como si de una partida de ajedrez se tratara.
Con demasiada frecuencia se censura el apasionamiento voraz del soberano por las mujeres que le valieron expresiones como conquistador tanto en campo abierto como en alcobas palaciegas, lo que se conoce como un ardiente “hom de frembres”. Su altura colosal y porte señorial, más allá de las facciones armoniosas, le valieron calificativos como la del cronista Bernat Desclot que lo calificó de “lo pus bell hom del món”, el varón más hermoso del mundo, que unido a su posición de soberano le debieron granjear con más facilidad sus conquistas femeninas por doquier.
La documentada extensa nómina de relaciones extramatrimoniales de Jaume I de Aragón consolidaron su fama de mujeriego en la que la caricatura le convirtió en hombre sometido al pecado de la lujuria hasta el punto de atribuir algunos esta causa como la principal para que no fuera elevado a los altares por el Papado de Roma. Parece exagerada esta interpretación moral ya que las razones políticas fueron las que más pesaron en el proceso.
El concubinato, no se pongan las manos en la cabeza, es algo admitido en el siglo XIII, una institución civil sancionada por los Furs de Valencia que permite combinar la unión entre un hombre y una mujer de forma monógama pero temporal: “l’amistançament” en lengua valenciana que en Castilla habían definido como “barraganía”.
Jaume I de Aragón no fue una excepción en la época y tuvo varias relaciones de concubinato atestiguadas. Quizá la más conocida por los lectores sea la de la condesa Aurembiaix de Urgell (1228) a la que nos la presenta sin ningún rubor en el Libre dels Feyts demostrándonos como firman un documento público para cumplir unos objetivos claros de carácter dinástico anexionista. Consigue de una misma tajada pacificar el condado de Urgell envuelto en guerras intestinas, al defender a su concubina por encima de otros candidatos, y de paso integrarlo definitivamente en la corona al no tener descendencia masculina con ella. Una operación política más que romántica según se desprende del relato de la crónica.
Un segundo concubinato lo tuvo el rey con Berenguera Alfonso (1265-1272) noble con la que incluso intentó casarse alegando la lepra de su supuesta mujer Teresa Gil de Vidaure. Se ha discutido a propósito de los intereses políticos del soberano pero es cierto que ella tenía un alto rango en Castilla, sobrina del rey Fernando III el Santo y prima de Alfonso X el Sabio, en un momento en el que el soberano aragonés intentaba aproximarse al linaje castellano. Jaume I había casado su hija con Alfonso X de Castilla y emparentar, aunque fuera por concubinato de manera temporal con su prima carnal, era un acierto para estrechar los lazos entre ambas cortes.
A tenor de los resultados, el concubinato fue una herramienta política que le permitió anexionar feudos y controlar territorios (caso de Urgell), crear una nobleza y clientela fiel a su figura alejada de los de vieja aristocracia (caso de los hijos de Teresa Gil de Vidaure en los señoríos de Jérica y Ayerbe) e incluso emplear a los hijos para mover sus piezas según intereses. En este sentido, el señorío de Jérica, la baronía de Ayerbe, la baronía de Híjar, el obispado de Lleida y de Osca, la cancillería, la logística y buena parte de sus tropas fueron fieles al rey por estar en manos de una tupida red de descendientes no procedentes de matrimonios canónicos. El rey des esta forma hizo de la necesidad carnal una virtud política y manejó con sus concubinas e hijos bastardos el tablero político de la época.
No obstante, mi interpretación puede proceder también de esta red influyente trazada por Jaume I, no en vano la Crónica del rey fue redactada físicamente por uno de sus hijos ilegítimos más queridos, seguramente por Jaume Sarroca, obispo y confesor. No sé que ficha le correspondería en el ajedrez, quizá la torre que contribuye con el enroque a su salvación para la posteridad. Y a tenor de la lectura de la misma parece que lo consiguió.