El violín

Por Javier Montes, periodista

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Hay actores, directores, guionistas y productores que merecen un reconocimiento especial por firmar películas que sin grandes presupuestos logran enormes resultados. 

Hay distribuidoras que merecen condena y castigo por ignorar el talento de los antes mencionados y ocultárselos al público que se pierde pequeñas obras de arte salvo que sepa moverse por circuitos alternativos para visionar películas extraordinarias pero nada comerciales. Nada comerciales porque [Img #13191]
nadie intentó venderlas.

Esto es lo que ocurre con ‘El Violín’, la película mexicana más galardonada de la historia y, a la vez, una gran desconocida. Ni en el país azteca se encuentra entre las diez más taquilleras. Dirigida y escrita por Francisco Vargas, ‘El Violín’ narra la historia de don Plutarco –encarnado por un genial Ángel Tavira- su hijo Genaro (Gerardo Taracena) y su nieto Lucio. Este trío lleva una doble vida. Por una parte son humildes músicos rurales y, por otra, apoyan activamente al movimiento guerrillero campesino contra el gobierno opresor. Unos personajes entrañables inmersos en una historia terrible, conmovedora.

Cada uno tiene su papel. Don Plutarco, un manco virtuoso del violín, Genaro, con la guitarra, y Lucio, con la mano dispuesta para recoger las monedas y llevarlas a su pueblo, situado en medio de la selva. El mismo pueblo que un buen día es invadido por el ejército. Buscan a los rebeldes, buscan causar terror y abusar del débil. Queman, torturan, violan, destruyen, oprimen, arrasan… Los campesinos huyen y abandonan las municiones enterradas en una plantación de milpa. Sin ellas los rebeldes no podrán defenderse. Don Plutarco, haciendo valer su apariencia de inofensivo violinista, traza un plan para recuperarlas. Embelesa con su música al capitán del ejército opresor y logra su objetivo hasta que un día se acaba la música.

Premiada en Cannes (2006) y San Sebastián (2005), ‘El Violín’ es de esas películas maravillosas que conmueven al espectador. Una obra de arte. Un lujo al alcance de pocos por culpa de la penosa selección de las distribuidoras.

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