La pasarela crítica

Como todo buen periodista la primera característica es poseer un sentido crítico que jamás debería de dejarse olvidado en un viejo cajón de sastre. En este sentido, Larra con su labor periodística en “El Duende Satírico del Día” refleja un agudo sentido crítico por las costumbres de la época. La figura del crítico como bien la define Oscar Wilde es “el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas”. Necesitamos una crítica, una opinión, una guía ante las incongruencias y la oscuridad de un camino que se adentra en las profundidades de la moda. Una de ellas, sin ir muy lejos, es la unificación del tallaje y las modelos que se exhiben en los diversos soportes. ¿Se atreven a leer un reportaje que surca entre los mares de las tallas, las proporciones y los baremos antropométricos bajo la esfera de la cotidianidad?

Es un día soleado, un anticiclón se apodera de la Península Ibérica, la temperatura máxima es de 22 grados y todo está en calma. Se dibujan siluetas en el aire en formas de algodón. Ella se mira ante el espejo, la imagen que le devuelve es la sonrisa de una mujer esperanzada en encontrar su talla, una mujer frágil, como un vestido de papel, que hoy cuenta hasta tres para que aquel vestido negro, baile por sus caderas y se ajuste plenamente en su busto marcando unas ansiadas proporciones que vio en una de las modelos de la revista de moda que compró ayer en el quiosco de enfrente de su casa.

“Uno, dos y tres”, cuenta en silencio la mujer de cabellera oscura, como el latón bruñido, y se enfrenta a entrar en un establecimiento, en una boutique del centro de la ciudad. Observa con devoción todos los colores que inundan la habitación, las perchas guardan los brillos del arco iris. En un instante se queda perpleja ante él, lo siente, sabe que es él, el indicado, el que ama, el que adora. Aquel vestido negro que cualquier mujer soñaría poseer y lucirlo ante el evento social que le esperaba la semana que viene. Busca su talla, con miedo y disimulo. Sus pómulos reflejan una emoción de vergüenza, su mirada muestra inseguridad y sus manos, delicadas como los pedazos rotos de los pétalos, bailan para hallar la talla. “La tengo, la 38. Seguro que me viene, es la mía. Además no hay más tallas. Voy a estar espectacular”.

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Unos probadores fríos y tétricos se decoran con cortinas finas de terciopelo carmesí, mostrando un laberíntico jardín, una raquítica silueta de mujer nos muestra su hilera de dientes y nos acompaña ante aquel cuarto minúsculo donde sólo aparece un uno contra uno. La mujer y el vestido con la mirada, siempre muda e imperturbable del espejo del terror. La mujer se desviste con los movimientos de una suave brisa y comienza a probarse el vestido negro. El color azabache sube con facilidad hasta el busto, sonríe. Pero se da cuenta de que ahora es necesario el golpe final en el rin, el que la hará ser vencedora, el que la hará situarse ante una mujer de la talla 38, aquel que borrará de su mente ese sentimiento de culpabilidad y de menosprecio ante su persona: subirse la cremallera trasera. Sus manos blanquecinas como la nieve se contrastan con las uñas rojizas pin-up. Tiembla, la sube, la baja, se engancha, toma aire… no sube. La talla 38 y aquel vestido negro, parecido a los diseños más conocidos de Hubert de Givenchy, se convierten en un espejismo de frustración, lágrimas y sollozos que desembocan en problemas de autoestima, dietas severas y de nuevo ese maldito sentimiento de culpabilidad.

La mujer sale de la tienda como un relámpago, sin mirar atrás recompone las piezas de un rompecabezas del cuadro de las Meninas de Velázquez. Piensa, se detiene un momento y de repente se da cuenta que hace dos días se compró un vestido de la talla 38 en otro establecimiento. Lo recuerda muy bien porque era de un estampado provenzal que utilizaría para ir a otro acontecimiento social. Ya está en su casa, el sol la había tostado su piel de porcelana, se dirige hacia su armario, grande y espacioso y comienza a observar tallas de prendas de vestir que actualmente lleva: 40, 38, 36, 44…

En las sesiones fotográficas y en las pasarelas, las modelos suelen considerarse como meros soportes funcionales para mostrar el diseño de un profesional. Un estudio realizado en Reino Unido avala el poder que tienen las revistas especializadas en moda sobre las mujeres. Un 80 por ciento de mujeres declaran sentirse más insatisfechas con su cuerpo tras hojear las revistas tan sólo tres minutos escasos. La famosa y repercusión de la “talla 0” han inspirado de forma alarmante los casos de anorexia y otros desórdenes alimentarios graves e incluso han llegado a provocar la muerte. En EE.UU. la “talla 0” está reconocida por la industria textil y responde a las escalofriantes medidas de 76-60-81, equivalente a una talla 32. Sin embrago, la talla más pequeña para una mujer sana es la 36 ó 38 que corresponde a las medidas de 85-67-90.

La “talla 0” sería la imagen de una niña de ocho años con unos 56 centímetros de cintura. Año tras año, el tamaño de las muestras se ha ido reduciendo desde la talla 38 ó 36 hasta la cero. Una silueta alta y delgada, de proporciones enfermizas es lo que observamos en las pasarelas y en las sesiones fotográficas. Cánones imposibles de conseguir sino es dentro de un ataúd. Los diseñadores, por su parte, argumentan que se necesitan modelos delgadas porque luego con los objetivos de la televisión podrían salir inmensas si fueran voluminosas. Sin ir muy lejos, Armani utiliza un modelo basado en la  mujer andrógina, masculina y extremadamente delgada. Ana Carolina Reston, ex modelo de la firma italiana, reveló las presiones sobre las modelos para que ofrecieran ese aspecto y el sufrimiento provocado por tener que adelgazar para poder trabajar con los divos de la moda. Reston murió por causas relacionadas con el peso y la obsesión por mantener la temida “talla 0”.

Según el barómetro sobre el grado de unificación de las tallas y el impacto sobre la salud afirma que los tallajes siguen siendo poco homogéneos, incluso en las marcas de consumo más extendido. Esto sucede pese al acuerdo que las empresas suscribieron con el Ministerio de Sanidad para desarrollar un sistema de patronaje más unificado y adaptado.
La Fundación Imagen y Autoestima, pone el acento sobre las repercusiones que podría tener este baile de tallas en la salud pues el 44 por ciento de los encuestados dice haberse planteado hacer dieta después de comprobar que no usan la talla que creían utilizar. La presidenta de la Federación Española de Asociaciones contra la Anorexia y Bulimia, Carmen Galindo afirma que “se está jugando con la salud de la gente, porque el modelo de salud que se vende no es el real”.

El 87 por ciento de las personas encuestadas, hombres y mujeres, confirmó que su talla cambiaba según el modelo de ropa que se probara, incluso en la misma tienda. Para intentar mejorar la situación, en 2007 el Ministerio de Sanidad firmó un acuerdo con grandes empresas del sector textil en que se comprometían a dar información “veraz, comprensible y lo más homogénea posible sobre las tallas”.

?Estas medidas debían empezar a ponerse en marcha tras la elaboración, por parte del Ministerio, de un estudio antropométrico sobre el cuerpo de las mujeres españolas. Los datos del estudio se presentaron a comienzos de 2008, pero, según el informe de la IMA, las empresas que suscribieron el acuerdo no han llevado a cabo la unificación y adaptación de las tallas. ?Según el Ministerio de Sanidad, la implantación del acuerdo se prorroga a 2015, por el gasto que supone y la situación de crisis actual.

Una parte oscura del sendero de la moda que se intenta iluminar con diseñadores como Matthew Willamson que recurrió a la figura escultural y sana de Sophie Dahl para presentar una de sus colecciones o la criticada Elena Miró por exhibir modelos de la talla 44-46 en la pasarela de Milán. A medida que ha ido cambiando el tratamiento de temas como la sexualidad, la feminidad, el género, la política o el estilo de vida ha habido diseñadores que han vestido a sus modelos para expresar sus ideas y el “pulso del momento”, por ejemplo, Martin Margiela manipuló los principios del equilibrio para expresar una estética vanguardista.

Actualmente observamos a mujeres cadavéricas en las pasarelas, cánones imposibles de seguir en las revistas porque son dañinos para la salud y una diversidad de tallajes que no se unifican en cuanto al patronaje y que provocan graves problemas de autoestima e incluso alimenticios. La inmensidad de la moda tiene diversidad de problemas en cuanto a temas como estos donde se plantean ciertos interrogantes: ¿La moda nos encamina hacia un caos basado en dañarnos la salud? ¿Por qué se utilizan mujeres con una extrema delgadez? ¿Es bello ver a un cadáver en colecciones de  Alexander McQueen? ¿Por qué se nos impone como canon de “belleza” algo que es imposible de conseguir hasta por las propias modelos? ¿Por qué  se critica lo diferente, lo transgresor, que apuesta por medidas saludables? ¿Por qué la cobertura de los medios de comunicación sólo se da ante diseñadores que apuestan por la “talla 0”? ¿Por qué no se lleva a cabo de una vez la unificación de las tallas? ¿Es bueno prorrogarlo hasta el 2015?

Muchas lagunas que intentaremos dar respuesta a lo largo de diversos artículos y reportajes en esta publicación, donde lo que nunca fallará o se prorrogará será la llama del espíritu crítico que nos mostró el maestro Larra ante la cotidianidad.

Laura Bellver

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