A propósito de Almodóvar y ‘La piel que habito’

Como muchas personas en nuestro país corro a ver las películas de Pedro Almodóvar el mismo día de su estreno. Soy seguidor del director manchego y confieso sin ambages que me gustan sus películas, unas más y otras menos, aunque normalmente experimento ante ellas una mezcla de catarsis y excepcionalidad, una sensación entre la búsqueda de lo sorprendente y el hallazgo decepcionante. No obstante, siempre encuentro algo que me conmueve, que me gusta a pesar del carácter desmesurado e inverosímil de las historias que narran.

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El manchego es un cineasta muymediático, y el cine, nos guste o no,  semueve entre el arte y la industria, dos conceptos nunca conciliables. En miopinión, ésta es una de las principales razones por la que ciertos sanedrines dela crítica culturalista no permiten a Almodóvar entrar en “su” Historia. Esdifícil aunar lo popular con lo culto, él éxito con el reconocimiento cultural,los euros con el Olimpo. Por ello hay demasiadas críticas cinematográficasescritas bajo el signo de la intolerancia capaces de condicionar a priori elgusto del espectador. En el caso de Almodóvar lo paradójico es que a veces sele tilda de poco almodovariano al propio Almodóvar. ¿Qué quiere decir esto? ¿Unrizar el rizo sin sentido? Es como decir que Cervantes es poco cervantino oGaldós poco galdosiano. Almodóvar es uno de los pocos directores españoles con personalidadpropia. Se puede hablar de muchas incorrecciones objetivas en sus películas,pero no la falta de almodovarismo.  Lacrítica siempre le pide más y nunca se le perdona nada. A veces me cuestaentender las razones de esta postura a no ser el prurito personal y el peso dela firma. Ya se sabe que bad news, goodnews.

 

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A pesar de lo que opinen algunos,La piel que habito es una película deAlmodóvar por los cuatro costados. Desmesurada, iconoclasta, ecléctica, con unabelleza estética que llega al parxismo. Una película trufada de referenciasculturales (el mito de Pigmalión, Velázquez, Tiziano, Modrian, Franju). No faltanada de lo habitual: ni un guión inverosímil, ni  la apología de la familia, ni el cambio deidentidad en los personajes, ni el amor pasional llevado hasta sus últimasconsecuencias. Tampoco falta el toque genuinamente español, no hispano, tantoen el contingente como en el contenido, aunque esta vez se base en una novela delescritor francés Thierry Jonquet a la que el manchego le ha dado vueltas yrevueltas hasta convertirla en algo totalmente personal con su habitual mezcla degéneros. Por no faltar no falta ni el cameo familiar ni el toque gay.

 

El cine lo debemos de juzgar bajolos mismos criterios de valoración que utilizamos para el arte actual. Sucarácter internacional, la búsqueda de un lenguaje propio, su pluralidad estética,su experimentalidad y carencia de lo definitivo,  su arbitrariedad y contradicción, suambigüedad y analogía, su carácter calidoscópico. Todos ellos son valores queconfluyen en el cine de Almodóvar. Producciones cuidadas, hechas con dinero,  ¿y qué? Por mucho que diga la crítica – eshabitual hablar mal de este cineasta-, Almodóvar, a pesar de su eclecticismomanifiesto,  es uno de los poquísimosdirectores españoles actuales con personalidad propia. Estemos donde estemos yveamos el fotograma que veamos siempre sabemos que estamos ante una películasuya. Y eso no lo tienen todos. Digo.

Manolo Gil

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