Viaje al centro de Francia

Carretera y manta camino de París en cuatro días de viaje desde Barcelona

360GRADOSPRESS, Barcelona. La mejor forma de conocer un país es dar un garbeo curioso por su entorno rural y provinciano. Pero para conseguirlo, habrá que huir de medios de transporte rápidos, que obvian en sus rutas las zonas menos masificadas y que, cuando lo hacen, el turista sólo puede tomarse un café de cinco minutos en la parada pactada de turno con souvenirs al uso alejados de la particularidad de cada lugar. En el caso que nos ocupa, el de Francia, ocurre lo mismo. No hay nada como impregnarse de paciencia, equiparse con un buen mapa de carreteras y recurrir a la red internacional de albergues (auberges de jeunesses) para hacer un viaje semiaventurero con el objetivo de conocer al franchute de verdad antes de desembarcar en la capital. 360gradospress lo hizo y encontró los estereotipos que a continuación detallamos.

Antes de comenzar a despiezar las anécdotas de nuestro viaje, es prudente aconsejar que si vas a Francia, no se te ocurra comprar nada fresco en el trayecto de ida y tener la intención de conservarlo en una nevera con hielo. No sólo es que los hospitales, como vimos en la ola de calor que sacudió Europa hace tres años, no tengan aire acondicionado, es que ningún local vende cubitos de hielo. En francés se denominan glassons y no se venden ni en gasolineras ni en supermercados, sólo te los sirven en los bares si los pides con algún refresco y más bien parecen los peces de la canción de Sabina en vez de esas rocas de hielo que se quedan perennes en el vaso. En nuestro viaje hicimos una parada técnica en Roquefort, donde compramos un queso de la zona que mantuvimos vivo hasta París a duras penas, ya que el olor y la descomposición del producto nos obligó a deshacernos de él antes de que tuviéramos que elegir entre su existencia o la nuestra.

Millau. Además de ser conocida por el imponente viaducto diseñado por Norman Foster, Millau es una población perfecta para hacer una primera parada en el viaje. A unos 300 kilómetros de la frontera de la Jonquera, se caracteriza por las numerosas actividades deportivas de aventura organizadas a lo largo del cauce del río Tarn. Para los que acumulan curva de felicidad e inactividad física, no pasa nada, un bañito en el agua fría de un entorno natural como Les Gorges du Tarn, y arreglado. La ciudad de Millau por la noche conserva cierto encanto con sabor medieval y no es difícil encontrar buenos restaurantes para irse olvidando del aceite de oliva y comenzar a acostumbrarse a la cocina con mantequilla (ojo: foie no siempre es paté de foie, si lo pides en algún local, cerciórate de que te gusta el hígado de ternera o de cerdo, por si acaso). El albergue de esta localidad es un antiguo colegio, no es el Palace, pero cumple su misión.

Le Mont d’Or. Seguimos el trayecto ligeramente inclinado hacia el norte, hacia Clermont-Ferrand con un objetivo claro: una zona montañosa lindante con la provincia de Les Côtes d’Auvergne, región vinícola por excelencia y la mejor zona de Francia para comer buenas viandas. Damos buena fe de ello en un pueblecito llamado Champeix, rodeado de vacas, pastos y embutidos, buenos embutidos. Muy alejados aún de París y de los precios que nos esperan en la capital gala, llegamos al albergue de Le Mont d’Ore. Un refugio habilitado en la temporada de nieve para los esquiadores que, a modo de cabaña, dispone de habitaciones muy acogedoras, como mini-lofts calentitos y amorosos.

Cepoy-Montargis. Más de cerca de París, a escasas dos horas de la capital francesa, llegamos al albergue de Cepoy, una antigua casa noble reconvertida en alojamiento juvenil que es una delicia. Junto a un río navegable que permite hacer excursiones en barco por una zona boscosa de la región del centro de Francia, es el lugar perfecto para llevarse un buen libro y leerlo con la tranquilidad que te permite el entorno, sin agobios, sin estridencias, con horarios europeos pero con hambre suficiente como para adaptarse a los momentos en que se encienden los hornillos. Montargis es una localidad cercana, de unos 25.000 habitantes, que se erige en paradigma multirracial del país vecino. Los comercios de esta localidad albergan numerosas nacionalidades y la diversidad es perfecta para conocer sabores de otras culturas en lo gastronómico y para aprender costumbres ajenas a nuestro entorno. Con todo, no deja de ser el perfecto sitio de paso.

París. De la capital francesa ya se conoce demasiado, no es el momento de desvelar sus encantos. Mejor no ir a sus albergues porque, al ser una gran ciudad, son ‘cuasipeligrosos’. Lo mejor, prever de antemano un alquiler de un apartamento a través de internet o echarse algún amigo que quiera ceder parte de su habitación durante nuestra estancia.

Mª Carmen, Ibiza

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