Ruta por el país de los cátaros

Castillos, bosques y viñedos invitan al viajero a perderse en el Languedoc y en las huellas de su historia y sus misterios

ÓSCAR BORNAY, Carcassonne. La ciudadela medieval de Carcassonne, una de las más grandes de Francia, ha sido testigo de una de las etapas más florecientes de la Edad Media y de su trágica caída: el auge de la cultura trovadoresca del Languedoc y el desarrollo de los cátaros, y su violenta destrucción y conquista en la Cruzada Albigense en el siglo XIII, convocada por la Iglesia, que no estaba dispuesta a tolerar la más mínima contestación a su poder y a la ortodoxia católica, y ejecutada por el rey de Francia, ávido de someter a la rica región. Sus murallas, con más de dos mil años de historia han visto pasar a galos, romanos, visigodos, árabes, francos y cruzados. Y lo que ninguno de ellos consiguió —doblegar la plaza—, lo hizo el tiempo y el abandono.

Cuando a mediados del siglo XIX, Eugène Viollet-le-Duc, el arquitecto que restauró algunos de los más grandes tesoros artísticos de Francia, como la catedral de Nôtre Dame de París, se hizo cargo del proyecto de volver a dar vida a la fortaleza, sólo quedaba un 20% de su patrimonio en pie y en un estado muy deteriorado.

Le-Duc, un apasionado medievalista, hizo una ingente investigación para averiguar cómo había sido el gran castillo. Pero también le dio su toque personal —criticado por algunos puristas—, y así, coronó muchas de las torres con un tejado de pizarra, más propio de los inviernos nevados del norte de Francia que del clima mediterráneo del sur. Pero el resultado, ya sea con las brumas matinales, al atardecer o iluminada por la noche es espectacular.

Carcassonne, puerta de entrada al país cátaro es sólo una pequeña parte de los tesoros de la región del río Aude, salpicada de espectaculares fortalezas —verdaderos nidos de águila como el castillo de Peyrepertuse, Montsègur o Quèribus, las últimas plazas en poder de los cátaros que cayeron bien entrado el siglo XIII—, de pequeños castillos, como el de Arques o Puivert y de impresionantes abadías, como Fonfroide o Lagrasse, uno de los pueblos más bellos —y bohemios—, de Francia.

El enigma se llama Rennes le Chateau
La huella del trágico final de los cátaros se ha convertido en una interesante ruta que atraviesa valles, gargantas, bosques y viñedos y que no está exenta de sus toques de misterio. Es el caso del pequeño pueblo de Rennes le Chateau, donde un abad fuera de lo común, Berenguer Saunière, hizo un hallazgo a finales del siglo XIX que le cambió la vida para siempre.

Hay quien dice que descubrió un tesoro visigodo, y los más audaces lo relacionan incluso con María Magdalena —a quien está consagrada la iglesia del pueblo— y el Santo Grial. Sea cual sea el secreto de su repentina fortuna, que nunca desveló, el diablo Asmodeo —que en la tradición hebrea guardaba los tesoros del Rey Salomón—, que el visitante encuentra nada más entrar a la iglesia nos recuerda que el recinto —como su fachada indica en un letrero en latín puesto por Saunière—, es «un lugar terrible».

F.C.

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