Cuestión de tipos

La redacción de 360gradospress visita el taller de Lola Espinosa, una periodista reconvertida a impresora que utiliza técnicas antiguas para trabajar en diseños modernos.

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Mientras latecnología moderna avanza como un coche sin frenos cuesta abajo en un día deviento huracanado, mientras las pantallas inundan nuestras vidas como si sereprodujeran a la misma velocidad que teclea una secretaria experimentada ymientras las impresoras caseras ya no son desconocidas para prácticamente nadie,en una calle peatonal del municipio valenciano de Burjassot, tras una fachadaroja, pero discreta, trabaja Minerva; una máquina tipográfica que nació en elsiglo XIX.

 

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Es el taller deLola Espinosa, quien imprime con técnicas antiguas. Estudió periodismo, peropronto se dio cuenta de que cuando llegaba un periódico a sus manos, lo primeroque le llamaba la atención era la apariencia de las páginas, antes que elcontenido. “Lo que me atraía era la parte estética; ver negro sobre blanco enla maqueta”, cuenta. De manera que tras pasar por una editorial, visitó durantecinco años a un impresor para cultivarse en el oficio. “Esto se tiene queaprender y cuesta. No puedes ser autodidacta; te tienen que enseñar”, mantiene.Por ello, se llevaba a casa los libros con los que estudió su maestro en losaños sesenta, pero que fueron escritos en la década de los años treinta. “Enestos libros está la teoría del diseño tipográfico que todavía pervive, puesfue en 1930-1940 cuando se establecieron los principios de la tipología moderna”,insiste Lola.

 

“Un acabado más palpable”

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Minerva está basadaen el sistema que inventó Gutenberg  en el siglo XV y pertenece a la era mecánicade la impresión; lo que significa que está por detrás de dos grandes escalonesque salvó la era electrónica, como es la impresión Offset y la digital.Entonces, ¿por qué seguir utilizando los métodos de antaño? “El acabado esmucho más palpable, más táctil”, explica Lola mientras pasa las yemas de losdedos sobre el relieve de uno de sus trabajos. Esta máquina trabaja a presión yel papel está en contacto directo con los tipos, es decir, con piezas de metal quetienen las letras en relieve.

 

El taller estálleno de ese alfabeto de plomo, estaño y antimonio. Hay tipos de diferentescuerpos y distintos estilos de letra. Todos ellos están perfectamente ordenadosen celdillas dentro de las grandes y pesadas cajas de los chibaletes. Estosmuebles son como el esqueleto de madera y metal de la esencia de losordenadores. Pero en lugar de teclado, hay tipos; en vez de teclear laspalabras, se componen. Letra a letra. Una a una. Aquí las barras de plomo seconvierten en interlineados más o menos espaciosos a razón de su tamaño. “Tengolo mismo que un ordenador, pero táctil”, asegura Lola, quien también tienealguna plancha de aluminio. No obstante, ella prefiere entintar los tiposporque “es más ecológico, ya que se reutilizan una y otra vez”.

 

El riesgo del error

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Este oficio es,sobre todo, muy laborioso. Minerva necesita alimentación manual de papel y es ahoracuando dispone de un pequeño motor, que le ha quitado el puesto al pedal. Aquíno da igual equivocarse, porque rectificar el tamaño de la letra, por ejemplo,no es tan sencillo como seleccionar el texto en la pantalla y hacer un clic. “Hayque ser precisos y tener claras las ideas; ir a lo seguro”. No se debe perderde vista que el error supone empezar de cero…

 

Y donde, desdeluego, hay que poner los cinco sentidos es cuando se manipula la guillotina; lamáquina para cortar papel que, junto con otra de termo impresión, convive conMinerva. Esta guillotina, la del taller de Lola Espinosa, se construyó en 1971.”¡Es mayor que yo!”, exclama su dueña entre risas. 

 

“El hecho de quehaya gente joven que adopte este oficio, aporta un valor añadido. Al impresorde toda la vida le falta entender el lenguaje moderno. Yo intento hacer diseñosactuales con una técnica antigua”, piensa Lola, quien no está en absolutoalejada de la tecnología de hoy. Tanto es así, que sus clientes contactan con ellapor Internet.

 

Dos mundos, eldigital y el mecánico, que en este modesto taller valenciano no sólo sereconcilian, sino que se complementan para que haya personas, como Lola, quecontinúen componiendo textos de plomo; porque a ella, eso, no le pesa.

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