Cuando descubrí a Elena Poniatowska

Me apasiona la literatura y siento curiosidad por lo que se cuece en cualquier parte del mundo. Esté donde esté, y por corto que sea mi viaje a un país extranjero, siempre visito alguna librería para conocer lo que se lee en esos momentos y en ese país. Si conozco el idioma y puedo leerlo, compro algunos libros, generalmente de autores contemporáneos recomendados por el propio librero. No es un acto de esnobismo, sino una forma de asociar la literatura a las vivencias y a geografías, a momentos concretos. Una manera de convertir los libros en objetos de mi memoria, porque, a fin de cuentas, las personas no somos nada más allá de la memoria y la literatura.

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En 1990 pasé unas cuantas semanas en México por motivos de trabajo,concretamente en el estado de Michoacán. Un día le pedí a un colega  que trabajaba en la UNAM, que  me recomendará unpar de libros de autores que considerara imprescindibles, por supuesto  fuera de los Octavio Paz, Carlos Fuentes,Juan Rulfo o Amado Nervo.  Me recomendódos,  cuyos libros compré en aquelmomento y sigo guardando  con muchaestima. Uno era La vida inútil de PitoPérez, de José Rubén Romero. Unanovela picaresca publicada a finales de los años treinta del siglo pasado quesigue no dejando títere con cabeza. La acción transcurre en Santa Clara delCobre, una pequeña ciudad de Michoacán donde tuve ocasión de asistir a una delas manifestaciones religiosas más delirantes y surrealistas que he presenciadoen mi vida: una procesión a la Virgen de Guadalupe en coche. México es así. Elotro libro era una novela corta, titulada QueridoDiego, te abraza Quiela, que narraba una muestra de amor tan desgarradoracomo la que manifestaba  la  pintora rusa Angelina Beloff por su ex pareja, el gran muralista mexicano Diego Rivera. La novelita la firmabauna autora desconocida para mí hasta aquel momento, pero muy reconocida en supaís, tanto como escritora como periodista. Era Elena Poniatowska. Lanovela me gustó tanto que pocos días después leí La noche de Tlatelolco, la durísima crónica de la represión contralos estudiantes en 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Mexico D.F.


Así entré en contacto con esta escritora comprometida con el feminismo yla defensa de los más desfavorecidos; una autora de prosa clara y concisa,transparente y concreta. Volví a España y tardé años en escuchar su nombre denuevo. No fue hasta  2001, cuando leconcedieron el Premio Alfaguara deNovela por La piel del cielo. En 2011volvió a estar de actualidad al ganar el PremioBiblioteca Breve por Leonora, novelabasada en la vida de la pintora LeonoraCarrington. Ambos premios hicieron que su nombre comenzara a ser conocidoen nuestro país por el gran público. Pero una cosa es conocer y otra biendistinta ser leída, algo que no lo ha sido hasta ahora en España, como sucedecon miles de autores hispanoamericanos. ¡Damos la espalda a tantas cosas! Esta semana le ha sido concedido el Premio Cervantes, el premio másimportante en lengua castellana.  Se hacejusticia. Me he alegrado mucho y he recordado el día en que oí por primera sunombre y quedé fascinado por su QueridoDiego, te abraza Quiela.


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Le he hecho este homenaje que comporta contigo queahora estás leyendo este artículo. He buscado la novela entre mis libros y elazar me ha llevado hasta este párrafo, casi al final de la narración. Unpárrafo que me resulta ahora premonitorio. Así habla Quiela de Diego Rivera queha abandonado París: “
Élie Faure me dijo el otro día quedesde que te habías ido, se había secado un manantial de leyendas de un mundo sobrenaturaly que los europeos teníamos necesidad de esta nueva mitología porque la poesía,la fantasía, la inteligencia sensitiva y el dinamismo de espíritu habían muertoen Europa. Todas esas fábulas que elaborabas en torno al sol y a los primerosmoradores del mundo, tus mitologías, nos hacen falta, extrañamos la nave espacialen forma de serpiente emplumada que alguna vez existió, giró en los ciclos y seposó en  México. Nosotros ya no sabemosmirar la vida con esa gula, con esa rebeldía fogosa, con esa cólera tropical;somos más indirectos, más inhibidos, más disimulados”. Elena Poniatowska noshace amar con gula, con rebeldía. Y eso es mucho. 


 

 

Adrián Cordellat

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