Transmetropolitan: periodismo distópico

Cuando la industria americana del cómic se hizo mayor en los noventa y aceptó que los tebeos no eran solo cosa de críos, un nutrido grupo de guionistas encontró un camino directo a la popularidad: el escándalo. Por primera vez las viñetas mainstream podían ser zafias, crudas, vulgares y críticas. Algo que había sido patrimonio del cómic alternativo y contracultural llegó a las estanterías de las librerías de la mano de títulos que rompían con los moldes de lo que habitualmente se esperaba ver en una viñeta. Tal vez uno de los más ácidos y descarnados en su crítica sea la obra que convirtió a Warren Ellis en un guionista de primera fila: Transmetropolitan.

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Estamos en un futuro no demasiado lejano en el que la sociedad, en realidad, no ha cambiado tanto. Es cierto que la tecnología ha mejorado la existencia de las personas, ha aumentado la esperanza de vida e, incluso, ha mejorado la especie. Pero las tensiones sociales, las desigualdades, los conflictos religiosos y la corrupción política se han convertido en algo habitual en la sociedad. Los medios están más preocupados en entretener que en informar y a nadie le preocupa ya la verdad. Perdón. Sí hay alguien: un sociópata hosco y drogadicto que se hace llamar periodista. Un tipo cáustico, irascible, maleducado que responde al nombre de Spider Jerusalem y que está dispuesto a chapotear en el fango de la corrupción para buscar el cómo y el por qué. Bueno y a patear algunos culos, metafóricamente hablando, desde su acceso a los medios de masas.

 

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El primer número de Transmetropolitan vio la luz en 1997 y es curioso que, casi veinte años después, su premisa no sólo no haya perdido actualidad si no que la sociedad que plantea –infantilizada, despreocupada y peligrosamente imbécil– se parece cada vez más a la que estamos acostumbrados a ver cada día al otro lado de la ventana. Warren Ellis empezaba a entender ya en los noventa que esa sociedad del entretenimiento y lo políticamente correcto que triunfó en los noventa iba a acabar volviéndonos a todos rematadamente idiotas. Empezando por los medios de comunicación.

 

Porque Transmetropolitan es una gran oda al periodismo. Pero al de verdad. Al que se hace en la calle y pringado de barro. Ese periodismo gonzo de Hunter S. Thompson que asume que es imposible contar la verdad sin tomar partido. Y que a veces tomar partido significa no estar dispuesto a dejarse deslumbrar por las luces de la primicia si no que conlleva algo importante que cada vez está más denostado: pensar.

 

En realidad Spider Jerusalem no es un héroe al uso. Es más bien un terrorista de la palabra que considera que nadie es inocente y, en consecuencia, nadie está a salvo de su corrosiva pluma. Pero es precisamente esa cínica desafección la que le permite convertirse en una especie de Quijote de la prensa y lanzar eso artículos de análisis que –desafortunadamente– sólo los anglosajones saben escribir, como dardos cargados de veneno corrosivo.

 

Transmetropolitan es salvaje, sucia, feísta y bastante cínica. Pero también es una delicia que hará disfrutar de lo lindo a los amantes del ciberpunk más distópicos, a los interesados en la sátira social y a los aficionados al buen cómic. En realidad Transmetropilitan es un clásico con mayúsculas que podría interesar a todo el mundo. A todos menos a los plumillas, claro, porque la crítica no es en absoluto benevolente. Y, precisamente por eso, quizá a nosotros también. Dijera lo que dijese Kapuscinski, en realidad los cínicos siempre han sido los mejor armados para este oficio.  


@elplumilla

David Casas

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