El príncipe de la noche: Vampiros de serie B

Pese últimamente parece que haya zombies donde quiera que miremos, si hay un monstruito que ha despertado la más absoluta fascinación durante generaciones ese es sin duda el vampiro. Docenas de series de televisión clónicas nacidas a la luz de Crepúsculo así lo atestiguan. Sin embargo para los fans de los chupasangres de toda la vida ese nuevo vampiro emo y postmoderno carece del encanto que tiene el vampiro de toda la vida: el auténtico Príncipe de la noche. Así es, precisamente, como se titula este álbum del belga Yves Swolfs que recupera para las viñetas a el elegante transilvano que encarna nuestros miedos más profundos y ancestrales.

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Vladimir Kergan acecha desde hace siglos en las tinieblas buscandodesdichados con los que apaciguar su inmortal sed de sangre. Su cacería, sinembargo, ha estado continuamente amenazada por la estirpe de los Rougemont, unacasta condenada a perseguir al vampiro a través de la noche en una cruzadafanática en la que la familia ha sacrificado generación tras generación. Ahora,en el país de los años 30, el último de los Rougemont deberá encarar la batallafinal y vencer al Príncipe de la nocheo perder su alma para siempre.


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Desde luego el planteamiento no es demasiado original, para qué vamos aengañarnos. En realidad el guión no es uno de los fuertes de este cómic. Losclichés son frecuentes y hay algunos diálogos que chirrían. Sin embargo elresultado general compensa esas pequeñas imperfecciones puesto que Swolfs logradevolvernos un relato de vampiros absolutamente tradicional. Y lo consigue sincaer en el pastiche. Al contrario, es un continuo homenaje a los clásicos delgénero en el que el apartado gráfico brilla especialmente.


Swolfs trabaja con un trazo realista en el que, además, busca laverosimilitud en la reconstrucción delos escenarios históricos, logrando así una reconstrucción muy detallista delParís de los años 30. Y es que ese detallismo en la reconstrucción histórica esuna de las constantes más importantes en la obra de Yves Swolfs. El autor ha dibujado recurrentemente obras ambientadas en el pasado quelo han llevado a reconstruir para las viñetas desde el lejano oeste a laFrancia revolucionaria. 


Pero el realismo no es el único motivo por elque el aspecto gráfico es reseñable. El trabajo del color desde un punto devista de la historia de manera que, como si se tratase de la fotografía de unfilme, las viñetas emplean los tonos para reforzar aspectos narrativos: las gamas frías y grisáceas para la soledadde un castillo, el resplandor dorado para las noches en el teatro de la ópera oel rojo y el negro para las veladas de invierno  junto a la hoguera. En ocasiones el resultado es verdaderamente cinematográfico.


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La analogía fílmica no es casual y, desde luego, la inspiracióncinematográfica es muy importante en el desarrollo de la obra. Swolfs trabajócon fotografías de actores clásicos del cine francés como Jean Gabin paracaracterizar a los personajes. Además el universo vampírico bebe directamentedel relato gótico de finales del siglo XIX y, muy especialmente, del cineinglés de terror de los años cincuenta. Los personajes y los escenarios debenmuchísimo a las películas de la Hammer en las que Christopher Lee encarnó alsegundo Drácula más carismático de la historia.


El Príncipe de la noche no es ni mucho menos original y en ocasionescae en algún que otro tópico prescindible pero desde luego es una buena obra que entusiasmará a losincondicionales. La estructura del relato es muy ágil, el dibujo deSwolfs es esmerado y minucioso y el vampiro, ese entrañable chupasangres quetantos escalofríos nos ha proporcionado, está retratado con toda la dignidadque un clásico de su categoría se merece.


Adrián Cordellat

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