Las otras terrazas

Vamos de terraza en terraza. Parafraseando al cantente Manolo García tomarse un arrocito en Castellón, que total son cuatro días por lo que para qué nos vamos a exprimir la cabeza, es menos complicado que hacerlo en Banaue. Hay que ser muy proactivo para realizar este tipo de exploraciones en las que pocos españoles dejan sus huellas según nos informaron en el lugar. Y eso que decidimos quedarnos en la isla durante más de tres siglos. Nosotros llegamos a la sucesión de anfiteatros en los que la mano del hombre han transformado estas montañas superando desprendimientos de rocas y alguna que otra incidencia.

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Las terrazas de arroz de Banaue y sus alrededores son Patrimonio de la Humanidad y patrimonio del pueblo que las construyó y que las sigue cultivando, los Ifugao. Sólo hay dos elementos, el trasiego por aquí y por allá de turistas y una mínima actividad urbana en el pueblo de Banaue capaces de alterar levemente la impresión que transmití a mi guía: en este lugar el tiempo se ha detenido.

En los tiempos en los que en la ribera del río Nilo se estaban construyendo las pirámides los habitantes de estos valles de Luzón estaban garantizándose la susbsistencia para siempre acometiendo una obra que requería constancia y trabajo duro. Consiguieron transformar las laderas en pequeñas parcelas de cultivo cavando escalones y abriendo conducciones para que el agua, que hasta ahora nunca ha faltado en esta región tropical, circulara por todas y cada una de estas tierras, anegándolas. Así crearon tanto las terrazas de arroz como una agricultura sostenible en las dos acepciones que tiene esta palabra ya que las terrazas siguen en su lugar, una encima de la otra, y en uso milenios despues de su construcción.

A pesar de que la imagen aparece en todas las presentaciones turísticas de Filipinas y que el propio Ministerio las publició hace algunos años todavía hay muchos obstáculos para llegar tanto a Banaue y más aún para llegar a comunidades aisladas, algunas de ellas incluso sin electricidad. Nosotros tuvimos que averiguar qué autobus lleva hasta ahí para embarcarnos en él. Son nueve horas de viaje nocturno y, a la vez, el mejor homenaje a la expresión ‘carretera y manta’ porque la temperatura dentro del vehículo es ciertamente siberiana por el uso sin mesura del aire acondicionado. Téngalo en cuenta si utiliza estas palabras como guía para un futuro viaje.

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Al llegar todo sucede muy rápido. La estación de autobuses de Banaue es un solar en el que puede aparcar un autobus. El mismo local que sirve para comprar bebidas o cualquier chuchería es el punto de reserva del billete de vuelta. Casi todo el mundo entra y sale de Banaue en autobus. Un guía que entra en tu vida como el amor, de sopetón y sin avisar, te deja en el hotel y te explica sus servicios, planes y tarifas. Sobre estas útimas aseguran que son las fijadas por el ayuntamiento. Ciertamente mejor que sea asi, aunque sí se les ve ‘a la caza’ del visitante.

A partir de ahí la mejor actitud es aquella que permanece abierta a la aventura, al riesgo controlado y también a lo imprevisto. Puede haber apagones tal y como nosotros mismos  hemos experimentado a la llegada del hotel, en los coletazos del tifón ‘Mina’ que se desplazó cerca de la zona. Los caminos que comunican barangays (barrios o comunidades) están en tan mal estado que a primera vista es fácil pensar que nadie circula por ellos, al menos con un vehículo a motor. Pero el tráfico es constante aunque no intenso y los pinchazos, frecuentes. Quizá tenga que caminar más de lo previsto inicialmente. Y quizá llueva en ese momento. No es, desde luego, el de las terrazas de arroz de los Ifugao un turismo de los de encontrarse todo hecho de antemano, aunque siempre está la opción de quedarse en el hotel y en las calles de Banaue.

Como en todo viaje, hay cosas que al viajero le llegan mediante explicaciones y hay otras que directamente entran por los ojos. Además del paisaje, las montañas, los ríos, las propias terrazas… en este lugar la población, los miembros de la tribu Ifugao viven en enclaves dispersos y separados. No son autosuficientes. Se han organizado algunas rutas de jeepney, el coche de línea del lugar, que no puede llegar a todas y cada una de las casas. Eso quiere decir que el abastecimiento es un trabajo delicado y muy sacrificado en ocasiones.

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Antes de salir hacia el mercado de Banaue cada viajero debe tener muy claro qué es necesario para mantener a todos los miembros de la familia. Después, el trayecto puede durar horas o verse interrumpido por un desprendimiento tal y como nosotros mismos pudimos experimentar. El jeepney vuelve a su hora cargado hasta los topes y dando todo tipo de botes por el camino. Lo que se compre, nosotros hemos llegado a ver hasta un cerdo vivo, debe ser transportado a mano cuesta arriba o cuesta abajo desde el lugar en el que el finaliza el trayecto del jeepney hasta casa. En eso se va todo el día y en un entorno agrícola como éste todas las manos son imprescindibles. Ir al mercado es una odisea necesaria para la superviviencia y no una forma de pasar el tiempo adquiriendo productos que no siempre necesitamos tal y como acostumbra a ser nuestro patrón urbano de conducta.

Y así ocurre desde hace siglos. De hecho la utilización de vehículos a motor no supone una ventaja en tiempo ya que la velocidad con la que se circula es muy lenta debido al peligroso, en general, estado de las pistas. Metro a metro, cuadrillas de trabajadores del Ministerio de Obras Públicas y Carreteras echan capas de cemento aunque la rampante corrupción esquilma los fondos públicos para que avancen los trabajos.

Aunque la mejor forma de percibir que el tiempo se ha detenido es, además de dejarse el reloj y el móvil en el hotel o incluso mejor en Manila porque no lo va a necesitar, caminar lo suficiente como para hace noche en lugares a los que no ha llegado la electricidad. Eso sí, la caminata, es larga y no es sencilla. Pero es reconfortante saber que todavía hay sitios perdidos en el mundo.

@carlosjuanjuan

Óscar Delgado

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