Una mañana en el cajón de sastre madrileño

Cada domingo, desde las nueve de la mañana hasta las tres del mediodía, el barrio madrileño de Embajadores, en torno a la Plaza de Cascorro, se convierte en un río humano, una marea de personas que buscan un tesoro entre los más variopintos objetos y utensilios puestos a la venta en los cerca de 3.500 puestos ambulantes. Un verdadero cajón de sastre, también cultural y racial, que los turistas traen marcado en rojo en sus guías de viaje. 360gradospress se pierde en el Rastro de Madrid.

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Los orígenes del Rastro madrileño, también conocido como Cascorro por laplaza que actúa como punto neurálgico del variopinto mercadillo, se pierdenentre los siglos de historia. Hay quienes fijan su inicio en el siglo XIV,cuando el conocido como Barrio del Rastro ya tenía gran actividad comercial delos ‘ropavejeros’ o vendedores de ropa vieja y usada. No es menos cierto, sinembargo, que las primeras referencias documentadas datan de 1.740, cuando elentorno del “Matadero de la Villa“, en el barrio de Lavapiés, acogía un zocomedio clandestino de venta de objetos usados. Más de 250 años de historia quehan convertido al rastro madrileño en uno de los mercadillos con más fama anivel internacional, visita obligada de los turistas que recorren la capital deEspaña y referencia en mayúsculas en cualquier guía de viajes que se tercie.


Lo primero es el desayuno (Café con leche y bollería para los clásicos,caña y pincho de tortilla para los fuertes de estómago) en cualquiera de losbares que rodean el Rastro. Locales que siguen manteniendo intacto el extrañoencanto de los lugares que se resisten a dar su brazo a torcer ante el paso deltiempo. Con sus azulejos y suelos de otro siglo. De otras décadas. Y sustaburetes y mesas que bien podrían ser el decorado de una película española delos años sesenta. Hasta el café desprende aroma a antiguo. A tiempos en que lagran ciudad no lo era tanto y, ante la ausencia de tecnología, los bares eranel gran lugar de socialización de la población española.


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Con el estómago lleno, llega el momento de adentrarse entre lamuchedumbre y recorrer las calles del Cascorro.El primer consejo nos lo ofrece una mujer que se sumerge tras nosotros en elrastro madrileño. “La cámara cógela con fuerza, que aquí te pegan un tirón y tehas quedado sin ella. Y ponte la mochila mejor delante”. Obedecemos ante la vozde la experiencia. Luego, el paseo por las repletas calles, en las que pormomentos resulta imposible avanzar, dará la razón a la señora. El rastro eslugar de ladrones de medio pelo. Más de uno lo comprueba en sus carnes durantenuestra estancia. Por suerte, todos reaccionan a tiempo ante la mano rápida yágil de los carteristas.


En el gran cajón de sastre

Puestos de mercadillo de pueblo tradicional, de venta de calcetines ycalzoncillos a voz en grito, se mezclan en los alrededores de la Plaza delCascorro, presidida por la imponente figura del soldado Eloy Gonzalo, continglados de lo más variopintos. Calles especializadas en pintura, en el mundode las aves y los pájaros, en antigüedades, en la compra venta de revistas,periódicos y cromos antiguos y no tan antiguos, en libros viejos o decolección, en ropa de segunda mano o underground,en decoración del hogar….


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Y entre todos estos puestos especializados, muchas veces mezclados sinaparente sentido, la esencia del Rastro. El cajón de sastre en su máximaexpresión. Señores que establecen su puesto en el suelo, con los objetoscolocados sobre viejas mantas. Utensilios usados y gastados. Sin un usoconcreto. Dos cucharas por aquí. Un par de pilas por allá. Una taza un poco mása la izquierda. Un aparato que resulta imposible descifrar en el extremo de lamanta. Un auténtico batiburrillo de utensilios que cuesta creer que alguienpueda comprar. Pero todo se compra y se vende en el rastro madrileño. Todo,hasta lo más absurdo, tiene un precio. Y así cada mañana de domingo y festivo.A dos pasos del centro de Madrid. Desde hace más de 250 años.

@acordellat

Adrián Cordellat

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