Las cabinas todavía existen

Miran de reojo la tendencia dominante del uso de los móviles. Pero, más allá de su papel logístico, los teléfonos públicos -las cabinas- han sabido hacerse un hueco como parte del paisaje urbano e icónico y, cómo no, han sido y son todavía cómplices de millones de conversaciones. Repasamos su historia.

[Img #22774]

 

Échese la mano al bolsillo. Tiente un poco. Tal vez roce las llaves de casa, un pañuelo y algo de calderilla que viene de perlas para el carrito del supermercado. ¿Falta algo? El móvil. Ese pequeño y potente aparato ha sabido hacerse un hueco en la lista de ‘cosas imprescindibles que coger antes de salir de casa’. Pero esa sensación es relativamente nueva. Hace apenas veinte años aquello que no podía faltar al cerrar la puerta era precisamente esas monedas que venían fenomenal en caso de tener que hacer una llamada… a través de una cabina telefónica.

 

[Img #22769]
Está registrado que fue en 1928 cuando se instaló la primera en España, concretamente en Madrid, pero no está tan claro si la famosa de Viena Park, en el Retiro, “fue realmente la primera o una de las primeras”, puntualiza Reyes Esparcia, responsable de Patrimonio Histórico Tecnológico de Telefónica.En todo caso, aquel aparato funcionaba con fichas que previamente habían sido canjeadas por pesetas, pues habría que esperar hasta la década de los setenta para conectar mediante el hilo telefónico echando monedas por la ranura. Los primeros teléfonos públicos –si bien el nombre de ‘cabinas’ se refiere a la instalación- estaban situados en restaurantes, cines, tabernas…, es decir, en lugares abiertos a los ciudadanos, quienes compraban las fichas a los dueños de los locales. Una operadora hacía posible la comunicación ya que entonces las llamadas no eran automáticas.

 

En 1966 se sacan los aparatos a la calle, primero en la capital, y después le siguen las grandes ciudades, lo cual “es un hito histórico, pues hablamos de una época en la que no todo el mundo tiene teléfono en casa”, explica Esparcia. Y, paradójicamente, la calle regaló intimidad a las conversaciones, que ya no se mantenían en un bar, por ejemplo, sino en la cabina. No es tan lejana la imagen de vecinos haciendo cola en la plaza para hacer una llamada. Esa hilera de gente también era una estampa común en la costa, cuando en los años setenta se empezaron a instalar locutorios en las playas, cómplices de las vacaciones de las que los bañistas daban cuenta a familiares y amigos a través del auricular. Los pueblos tenían también sus locutorios con telefonistas, piezas clave de la comunicación. La última se cerró en 1988 en Polopos, en la Alpujarra granadina.

 

Actualmente hay repartidas por España cerca de 25.000 cabinas, según datos de la compañía, mientras que en el año 2010 se contaban unas 42.000. No tanto la aparición del teléfono móvil como su popularización tiene que ver, en parte, con el baile evidente de cifras. “A finales de los años noventa se experimenta una explosión del móvil, que en el año 2000 ya tenía 10 millones de clientes”, aseguran las mismas fuentes. Éstas mantienen que la telefonía fija tardó 54 años en conseguir el mismo número de clientes, desde 1924 que se funda Telefónica hasta el año 1978. La bajada de tarifas y de precios de los terminales en los noventa favoreció el empujón de los móviles. En una apuesta por ampliar servicios, y mirando de reojo el esprint de los celulares, se ofreció la posibilidad de enviar SMS desde las cabinas en 2003, momento en el que “por primera vez la compañía factura más por telefonía móvil que por fija”.

 

Un símbolo
[Img #22771]
Pero, más allá de su función logística, a las cabinas les rodea un cierto aura icónico, como ocurre de manera exponencial y simbólica en la ciudad de Londres. Forman parte del paisaje urbano y han protagonizado momentos míticos del cine, como se demuestra en “Los pájaros”, de Hitchcock, o, cómo no, en la angustiosa película de Antonio Mercero protagonizada por López Vázquez que llegó a generar cierta paranoia hasta el punto de que muchos usuarios no cerraban la puerta mientras las usaban.

 

Las cabinas, que cumplen con la norma ofreciendo un servicio público y universal, también despertaron la picaresca para evitar los pagos: atar la moneda a un hilo de nylon, insertar ganchos por la ranura para intentar engañar a la cabina o meter los dedos en la cajetilla de devoluciones por si sonaba la flauta. A diferencia de los móviles, a los teléfonos públicos nunca se les agota la batería, siempre tienen cobertura y están disponibles los 365 días del año. A pesar de la tendencia dominante y evidente de los móviles, cuesta imaginar que las cabinas lleguen a desaparecer. Y si no, ¿dónde iba a cambiarse Superman?


@Lorena_Padilla

José Manuel García-Otero

Tags:

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*

dos + 2 =

Lo último en "Reportajes"

Subir