Condiciones de uso… ¿o de desuso?

Instagram prendió la mecha el pasado 17 de diciembre al anunciar cambios en sus términos de servicio. Finalmente, la empresa entonó un mea culpa en materia de comunicación y reescribió algunas de las cláusulas para disipar las dudas: su intención, afirmaron, no era vender las fotografías realizadas por sus usuarios con fines publicitarios. Sin embargo, lo que aparentemente quedó como una confusión ha reabierto una cuestión siempre latente: ¿cuáles son los derechos reales de los internautas sobre los contenidos que comparten, especialmente en sus perfiles en redes sociales? En 360 Grados Press hemos querido poner algo de orden en este asunto de la mano de varias voces expertas.

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Mera curiosidad, la invitación de un amigo o motivoslaborales. Sea cual sea la razón de entrada en una red social, la conducta es(casi) siempre la misma: introducir los datos y aceptar las condiciones de usosin haberlas ojeado siquiera. Sin embargo, los nuevos términosestablecidos por Instagram rompieronla tendencia y sembraron el caos hace unas semanas. Probablemente, la principaldiferencia con otras plataformas no fue solo que la redacción de éstos pudo darlugar a equívocos, sino que muchos usuarios estuvieron al tanto de esascondiciones que obvian en un principio y cayeron en la cuenta de que susderechos podían estar en jaque. “Quizá,si nos leyésemos todo lo que ‘aceptamos’, nunca llegaríamos a utilizar lasredes sociales y otras aplicaciones“, concluye Arantxa Herranz (@aherranz),periodista especializada en tecnología.


 

Así, una semana después de este episodio, AppDataindicó que Instagram había perdido casi un cuarto de usuarios. Pero locierto es que sus nuevas condiciones no diferían apenas de las ya establecidaspor otras redes sociales. Por ejemplo, Facebook, actualpropietaria de la plataforma en cuestión, establece que puede compartir lainformación que recibe con “otrosusuarios como amigos, socios, los anunciantes que compran anuncios en el sitioweb y los desarrolladores que crean los juegos, las aplicaciones y los sitiosweb” que utilizan sus consumidores. Y algo similar ocurre con otras redesdedicadas específicamente a la fotografía como Flickr. Concretamente, ésta se rige por la política de Yahoo!, a la cual pertenece, demanera que los datos de los registrados pueden ser empleados “para personalizar la publicidad y elcontenido que se visualiza, satisfacer las solicitudes de productos yservicios, ponerse en contacto con el usuario, realizar investigaciones yproporcionar informes anónimos para clientes internos y externos“.


 

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Con todo, lo cierto es que la gran mayoría de los queestaban en Instagram se han quedado y el resto de redes sociales no se hanvisto muy afectadas por el debate. De hecho, Antonio Ortiz (@antonello),director de estrategia online de WeblogsSL y analista tecnológico en Error500.net, se muestra escéptico encuanto a las consecuencias reales. “Tengodudas de que al usuario final, incluso enterándose bien de los cambios en lascondiciones, le importe como para dejar de usar el servicio. Al final, hay unbalance entre lo que obtengo gratis, quién más lo ofrece y qué piden a cambio.Veo probable que a la mayoría de usuarios de Instagram les encaje que pongansus fotos en anuncios sin percibir dinero a cambio“, reconoce. En la mismalínea, Enrique Dans (@edans), uno de los blogueros más influyentes enmateria  de tecnología e Internet,también tiene sus reservas al respecto. “Los usuarios están cada vez más alerta a los términos de servicio deaquello que utilizan. Y eso es bueno, porque cada vez somos más conscientes delo que entregamos o dejamos de entregar. Dicho esto, el caso Instagram fue muyalarmista. No es lo que parecía en un principio, sino que se debió al exceso decelo de ciertas personas“, afirma.


 

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Sea como fuere, lo acontecido con esta red social haevidenciado aquello que siempre estuvo sobre la mesa. En primer lugar, que lascondiciones de uso, a pesar de las dificultades que plantean su caráctertransnacional y la precisión propia del lenguaje legal, deberían ser más clarasy accesibles para el público. Y, por otra parte, la vulnerabilidad de underecho como la privacidad en Internet. En este sentido, la transformación delconcepto en sí parece clave. “Como dijo Mark Zuckeberg,CEO de Facebook, la privacidad tal y como la conocíamos antes ha muerto. Losusuarios podemos escoger algunas configuraciones de privacidad en las redessociales, pero no tenemos el poder absoluto, salvo el utilizarlas o no“,matiza Arantxa. “Estamosviviendo un cambio muy fuerte en el sentido de privacidad. Para lasgeneraciones más jóvenes es un valor que no tiene demasiadas connotacionespositivas. Por ejemplo, si no se encuentra nada de una persona en una redsocial, se concibe casi como negativo“, reitera Enrique.


 

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Este acuerdo en la concepción también se da en lasprecauciones a tomar para combatir la flaqueza online en cuanto a preservar losderechos individuales: hay que reflexionar antes de actuar. En palabras deArantxa: “Lo primero es plantearse paraqué queremos utilizar cada red social y qué faceta queremos mostrar en ella.Una vez que se han definido las líneas rojas de lo que queremos o no compartiren las redes sociales, se trata de no traspasarlas en ninguna acción“. Endefinitiva, se trata de que el usuario aproveche su margen de actuación conprudencia. “Si lo que se quiere evitar escualquier tipo de riesgo, la mejor opción es no compartir nunca nada que noquieras que se difunda. Claro que esto es como recomendar la abstinencia comométodo anticonceptivo. Al final, creo que deberíamos abordarlo con una mezclade preocupación por cómo funcionan estos servicios y sentido común. En lotécnico añadiría que vigilásemos a quien damos acceso, y no me refiero apersonas. Muchas veces probamos aplicaciones y les damos muchos permisos paraleer, guardar, modificar o añadir datos“, completa el director deestrategia online de WeblogsSL.


 

Pero más allá de la actuación propia, existe el dilema deuna normativa externa que organice la interacción entre los usuarios y lascompañías que ofrecen estas plataformas sociales. ¿Se precisa de un nuevo marcoo es preferible que Internet se autorregule? Según Enrique, no es necesariodiferenciar entre el plano físico y la Red. “La intralegislación en Internet es absurda y no va a ningún sitio, sino quesuele desembocar en leyes de imposible cumplimiento. No hay que legislar paraInternet, sino aplicar las leyes que ya existen“, declara. Porsu parte, Arantxa confía en la virtud del término medio. “Creo que la mejor regulación es el sentido común de todos los usuarios,pero sí que es cierto que al final hay que establecer límites. No está de másque existan organismos nacionales e internacionales que sean vigilantes paraque no se cometan excesos, aprovechando que los usuarios aceptamos casicualquier cosa sin leerla y que las empresas cambian sus condiciones cuandoquieren“, defiende.Por último, Antonio hila más fino en la cuestión. “El debate creo que está más en el uso de datos, quién se los puedellevar y compartir y para hacer qué. Las promesas que traen las tecnologías deBig Data hacen que cosas triviales como compartir fotos de mis hamburguesas nodentro de mucho (¿ya quizás?) puedan impactarme porque una compañía de seguroscruza datos con Facebook para perfilarme y subirme la cuota por mi alimentación“,plantea.

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En cualquier caso, las conclusiones son tan personales comola decisión de entrar en una red social y la determinación de qué parcelas dela vida compartir en ella. Hay aspectos bien sabidos por todos, como que lasredes sociales no dejan de ser empresas y que la gratuidad presenta unoscontras. De ahí el consenso acerca de leer las condiciones de uso para nocomprometer los derechos propios. ¿Realmente se aceptarían si se tuviesen encuenta desde el principio? La cuestión inicial sigue abierta a nivelindividual. Una redacción más asequible de los términos, seguramente, facilitaríaplanteársela.

@LaBellver

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