Refugiados

Los refugiados que llegan a nuestras costas huelen a humedad y a miedo. La mayoría tiene hambre y sed pero sus ojos y sus manos buscan desesperadamente asirse al gran tesoro que todos soñaron: la vida.

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Atrás dejaron tanta muerte que los zapatos se olvidaron de las huellas y muy pocas palabras se anudaron tras el fuego. Los refugiados aguardan horas en una cola pero no dejan de sonreír ante la sorpresa de los guardas y los samaritanos que les acercan agua y otros alimentos. Porque estos días vieron que la luna cantaba sobre sus cabezas y no derramaba gotas de sangre. Hoy también sienten que el amanecer se engancha en el ojal de los románticos y los autos van con prisa para llegar pronto a las oficinas pero no huyen de los francotiradores.

 

El gobierno de España, exportador de cuchillas de acero en las vallas fronterizas, se mostró reacio hasta el final a abrir la mano a la gente que sufre. Por una cuestión de números. Empujado por la avalancha de la gente solidaria de los ayuntamientos y numerosos movimientos ciudadanos, también obligado por la presión de sus socios europeos, el gobierno ha trazado un plan de ayuda a los refugiados.

 

El ministro de Exteriores, la voz visible de la oficialidad, pone un parche de hielo para enfriar el ímpetu de la calle. El Gobierno ha de echar cuentas primero y que el ministro de Hacienda evalúe cuánta gente podrá entrar en nuestro país. Ni una familia más. Lo que diga Montoro.

 

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La solidaridad, un nombre que jamás pronuncian banqueros y mercados, está siendo abrumadora entre la gente sencilla. Siempre fue así: la envergadura moral de la calle duplica a la de los palacios y parquets. El pueblo llano pone su corazón, el poderoso la fuerza. Este gobierno de tan extraños cristianos ni hace caso a la Iglesia, que duplicó esfuerzos para ayudar a los que más necesitan.

 

El gobierno Rajoy sigue con moho en las bisagras del corazón y una lentitud de reflejos tan grosera como vergonzosa. Todavía no decidió nada más que lo necesario y obligatorio. Como si el sufrimiento tuviera tiempo para descanso, como si el dolor no viajara en las entrañas de nadie. La hipocresía tiene mil caras y en medio de la noche salieron muchas manos. En ese duelo al sol no hay más victorias que un paso al frente. El paso solidario de las personas que apenas tienen nombre.


@butacondelgarci

Óscar Delgado

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