La familia de Juan Carlos I pintada por Antonio López y otras circunstancias

Hace veinte años, Antonio López, uno los máximos pintores realistas de nuestro país, sin ser pintor de cámara como lo fueron Velázquez o Goya, recibió el encargo de hacer un retrato de la familia de Juan Carlos I. El día de Nochebuena de 1993, el pintor se trasladó con unos fotógrafos al palacio de la Zarzuela, no con ánimo de gorrearles algún que otro langostino navideño, sino para realizar unas fotografías de los Reyes con sus hijos que sirviesen de base a la pintura.

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Las fotos no gustaron al artista y se realizó una nueva sesión, en el estudio del pintor, esta vez a cargo del fotógrafo de El Mundo, Chema Conesa, que cumplieron el objetivo deseado a excepción de las fotografías de la Reina Sofía, que tuvo que volver de nuevo  al estudio con otro vestido.  La Infanta Cristina jamás estuvo en estas sesiones. Con ese material fotográfico, Antonio López comenzó a trabajar en el encargo en 1994, aunque el contrato con Patrimonio Nacional no se formalizó hasta el verano de 1997, pactándose el precio de cincuenta millones de las antiguas pesetas.  

 

El lienzo, de tres metros de largo por tres metros con treinta y nueve centímetros de ancho, empezó a prepararse en el estudio del artista, pero en la primavera de 2001 lo trasladaron al Palacio Real, a la estancia conocida como Estufa Grande o de las Camelias, cuyos ventanales dan al Campo del Moro. Aquí trabajó Antonio López durante nueve años. Pasado este tiempo, volvió a su estudio, regresando de nuevo al Palacio Real, a una estancia con vistas a los Jardines de Sabatini, donde lo finalizó.  

 

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Ante la ausencia en carne y hueso de los retratados, el pintor tuvo que conformarse con unas grandes siluetas de tablex en las que pegó las fotografías de los egregios personajes a tamaño natural, y de aquí los fue pintando en el lienzo. Se me ponen los pelos como escarpias al imaginar a Antonio López, en la soledad del palacio, una tarde otoñal y cenicienta de esas que ni los japoneses se atreven a pisar el cementerio de objetos borbónicos, rodeado por estos ilustres muñecos de madera tan similares a los que sirven de blanco en las prácticas de tiro, mientras de un transistor sale la voz de Alex Ubago cantando aquello de “Háblame, aunque no te pueda ver”.

 

La verdad es que verlos, verlos, Antonio López no los vio, y hablar tampoco mucho, aunque seguro que rió alguna muestra de humor borbón en las sesiones fotográficas. El pintor realizó su trabajo teniendo por natural a  esas fotocopias gigantescas que amarillearon con el tiempo. Retrató muñecos, nunca personas. Me pregunto dónde habrá ido a parar esa modélica familia real de conglomerado y si habrá tenido algún otro uso oficial. No sería peregrino imaginar a un par de funcionarios colocando las siluetas impostoras tras los visillos de las ventanas de la sala de estar de la Zarzuela para hacernos creer a los españolitos que la soberana familia al completo veía tan ricamente Pasapalabra mientras el Rey Juan Carlos  perseguía todo tipo de gacelas a los pies del Kilimanjaro.

 

Antonio López pintó a estos dobles de madera durante veinte años. El nueve de octubre de 2014 dio la última pincelada y el cinco de noviembre firmó el cuadro. Poco tiempo después se exhibió en público y nos quedamos casi todos como el arroz con leche sin canela. Lo que vimos los espectadores fue la Familia de Juan Carlos I sin aliento, como si fueran cinco Buster Keaton suspendidos en la nada sobre un fondo gris. Había pasado el tiempo. Habían pasado muchas cosas. Habíamos cambiado todos y no reconocíamos ni física ni moralmente a los Borbón y Grecia en esa impoluta entelequia de familia burguesa saliendo de misa de doce en cualquier pueblo del páramo castellano. ¿Cómo podíamos reconocer a los Reyes, al Príncipe y a las Infantas con esa mirada congelada de muñeco de madera, tal y como los había pintado Antonio López, después de saber de sus miserias de la vida?

 

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Si toda imagen es anacrónica, esta lo es aún más. Una imagen que nada tiene que ver con la realidad del continente y del contenido. Una imagen perdida en el tiempo, a la busca de un tiempo personal inexistente, un tiempo sin magdalena de Proust. Esto es lo que ha sabido ver Manuel Vicent en su estupendo libro Desfile de Ciervos. Un retrato que no es real, porque la realidad y el tiempo son los espectadores, que   desde su conocimiento de las biografías reales dan sentido al cuadro al ver en él adulterios, divorcios, corrupción y miseria moral. Lo que han traído los últimos años a la monarquía española y a una clase dirigente salida de los esperpentos de Valle-Inclán actualizados.

 

El retrato de Dorian Gray a la inversa en el que envejece el entorno. Y a modo de predela un fresco de la España de los políticos corruptos, de los vampiros banqueros, de la prevaricación, del blanqueo de dinero, de la financiación ilegal… Todos juntos han secado las tetas de la vaca, han ensangrentado sus ubres al mordisquearlas, y han dejado a los ciudadanos apuñalados por los desahucios, el paro, la pobreza, el hambre, los recortes en los servicios públicos, la expulsión de los más jóvenes y mejor  preparados. Todos juntos han devorado el futuro de los más necesitados como Saturno devora  a su hijos. Eso es lo que aflora de La Familia de Juan Carlos I pintado por Antonio López.  

 

Un cambio semántico que nace del transcurrir del prestigio de la Transición al desprestigio de la corrupción, como si el magma siempre aflorara por las grietas del volcán para abrasarlos.  Un retrato real de unos impostores de madera, porque la realidad de los personajes tal vez ya era otra hace veinte años. Anacronismo de un cuadro, de unos personajes y  de una institución en un país real. Lo que da de sí una pintura.  


@manologild

S.C.

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