Juan Eduardo Zúñiga

Me alegra muchísimo que el Premio Nacional de las Letras Españolas, el más importante que tenemos después del Cervantes, se haya concedido a un autor tan importante, y a la vez tan invisible, como Juan Eduardo Zúñiga.

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Descubrí a este autor hace años y confieso que he disfrutado, y disfruto,  mucho con la lectura de su trilogía de la Guerra Civil. Aún conservo aquella edición de tapas blancas del  Largo noviembre en Madrid, publicada por Alfaguara en los años ochenta. Al igual que para muchos lectores,  este libro supuso mi entrada en el universo zuñigano. Más tarde vendrían otros títulos hasta llegar a Capital de la gloria, el tercer  y último volumen de la trilogía, que es mi favorito. Unos cuentos crueles no exentos de sutileza, dramáticos hasta el tuétano, capaces de hacer aflorar las miserias del ser humano en su lucha por la supervivencia. Ficción que sirve para la reconstrucción de nuestra memoria  histórica, porque la literatura llega donde no llegan los documentos, o donde solo campa el silencio de los muertos, algunas veces amordazado.  

 

La literatura de Zúñiga recompone la memoria de la Guerra Civil Española contestándose -contestándonos-  a muchas preguntas; planteándose  -planteándonos- reflexiones morales en un canto a la dignidad humana como pocas veces se ha hecho en las letras hispánicas. Lo digo sin ambages, los cuentos de Zúñiga debería estar al lado de las obras de Max Aub por su valor de recuperación de nuestra  memoria, por llegar donde no se puede llegar de otra manera, porque en la literatura están las respuestas a todas o a casi todas las preguntas que evitan el olvido.

 

Ya siendo lector de Zúñiga, cayó en mis manos una entrevista que le hicieron en El País Semanal, una de las pocas que le conozco. En ella contaba una anécdota que me cautivó. Hacía referencia a la Guerra Civil y a sus recuerdos de infancia en aquel  Madrid sitiado, en aquel Madrid estival sin bicicletas, el mismo en el que vivía Luisito, aquel personaje de la obra de Fernando Fernán Gómez al que su padre le explicaba que no había acabado la guerra sino que había llegado la victoria. En la anécdota contaba nuestro Premio Nacional de las Letras Españolas como descubrió de manera fortuita a los clásicos rusos siendo un niño. Como llegaron a él Tolstoi, Dostoievski, Turguénev, Chejov,  con los que nació su pasión por leer y por contar. Yo apostillaría que con los que le nació la dignidad humana en el contar. Una catadura difícil de encontrar en muchos escritores hispánicos, porque la dignidad de los personajes zuñiganos es difícil de olvidar. Son igual de perdurables que el  Raskolnikov de Crimen y Castigo, el Arkadi de Padres e hijos, el Lyovin de Ana Karenina o la Varia de El jardín de los cerezos.  Leer a Zúñiga es descubrir la grandeza humana de la mano de los maestros rusos, a los que tanto debe la novela contemporánea.  Una pena que esta  fuente sea tan poco visitada en estos tiempos de  metaliteratura y novelas collage que nos invade. Pero aquí está Premio Nacional de las Letras Españolas 2016 para hacernos disfrutar con lo contrario.


@manologild

Manolo Gil

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