Josep Pla y el rock’n’roll

Por Voro Contreras, periodista

¿Le gustó el rock a Josep Pla? Extraña pregunta ésta que, ya se lo adelanto yo, tampoco tendrá ninguna respuesta definitiva al final de este artículo. Pero fíjense ustedes en lo que dejó impreso el escritor de la boina y la colilla, y que yo he traducido del catalán original para que tot hom lo entienda: “me gusta –qué se le va a hacer- la música mala; tengo observado que, a las personas a las cuales gusta exclusivamente la música buena, esta música les gusta por las mismas razones por las cuales a mi me gusta la mala”.

Lo primero de todo: no seré yo quien diga que el rock es música mala. Y, en el caso de que lo sea, me da igual. Mi rollo es el rock, como cantaban los Barón, incluso a veces voy sin afeitar como el sheriff del lugar (lo de las tías buenas lo dejamos para mañana). Disfruto con canciones de no más de tres minutos, letras epidérmicas y ritmos machacones; pero también de todo lo contrario siempre que me haga disfrutar (y disculpen ustedes la impudicia de tanto disfrute).

Pero creo que, cuando Pla hablaba de música mala, hablaba de eso, de canciones sencillas con estribillos bonitos y de cuando en cuando un punteo (esta definición – una de las mejores sobre lo que debe ser el rock’n’roll que he escuchado en mi vida – no es mía, sino de Campana, un chaval de mi pueblo que la enunció hace ya algunos años durante un concierto de su banda, SDV. Como su rock denso y ruidoso no estaba sonando muy bien aquella noche, decidió parar la actuación y aseguró ante su público que a partir de ese momento SDV se iba a esforzar en hacer “cançons senzilles, estribillos bonicos i de quan en quan un punteig”).

Bueno, a lo que íbamos. Nunca he leído nada de Pla sobre el rock (lo que no quiere decir que no lo haya escrito). Pero sí he leído sobre su gusto por las sardanas, por el baile dominguero o incluso por Raimón, de quien alabó su poesía sin manierismo, su guitarra machacona y la manera en que solía modular las vocales oscuras a la hora de cantar. Cuando Pla escribe sobre la “música mala” la suele contraponer a la “música buena”, como puede ser la de Bach o Beethoven, y que, por otra parte, también le suele gustar. Por ello, supongo que no sería descabellado añadir el rock al paquete de “música mala”, siempre que aceptemos contraponerlo a la “música buena”, o “culta”, calificación esta última de la que no me suelo fiar, así como tampoco de quienes la utilizan.

Pero bueno, en lo que yo creo que Pla sí que hizo una buena definición del espíritu del rock’n’roll, fue cuando escribió en su Quadern Gris que “la adolescencia es la época más triste y frustrante de la vida porque es el periodo de las ilusiones continuadas sin tener ningún medio de realizarlas y, por lo tanto, sometidas a seguidas, pequeñas o grandes catástrofes”.

Ahí, en este sentimiento de frustración adolescente y de tristeza pajillera, está casi toda la discografía de los Ramones, los alaridos de Iggy Pop con los Stooges, el Rock’n’roll Suicide de David Bowie, el Heartbreak Hotel de Elvis, el olor espiritual de Nirvana y la chulería de peso mosca de los Rolling Stones. También la penosa soledad de Hank Williams o el grito desgarrado de Aretha Franklin. El rock suena bien cuando lo mueve la rabia ante las “pequeñas o grandes catástrofes” de la edad, o cuando se crea para sustituir con dosis de diversión inmediata las grandes ilusiones que uno nunca podrá alcanzar porque es sólo un crío y un infeliz.

En fin, para que vamos a engañarnos: a Pla, seguramente, nunca le gustó el rock’n’roll, pero supo definir su esencia sin ni siquiera planteárselo. Del resto – es decir, de meterlo con calzador-, ya me encargo yo.

Óscar Delgado

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