Incomptabilidad de valores

El Teatro Español de Madrid acogió la semana pasada el estreno de “A cielo abierto”, la adaptación de José María Pou de la obra teatral británica de David Hare “Skylight”. Teatro discursivo que invita a la reflexión y en que destacan sobremanera las actuaciones del propio José María Pou y de Nathalie Poza. 360gradospress no podía perderse un estreno en el que se dieron cita algunos de los rostros más reconocidos de la escena española.

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Que el capitalismo más extremo y el idealismo social derivado de ciertosvalores socialistas son enemigos acérrimos, lo damos por descontado. Basta conanalizar las diferencias políticas entre algunos países. O con enchufar latelevisión y ver la tertulia política de turno. Esa en la que siempre discutenlos mismos. Sobre lo mismo. “A cielo abierto”, con la que José María Pou hatriunfado en Cataluña bajo el título de “Celobert”, lleva esa discusión alterreno personal y doméstico. A una historia de amor que se debate entre losdos extremos económicos y sociales. Dos polos opuestos separados por unasdiferencias que se convierten en barreras insalvables.


José María Pou es Tom Sergeant, un sexagenario que representa elprototipo de empresario capitalista hecho a sí mismo. Un triunfador que vive enla zona más exclusiva de Londres, atormentado tras la muerte de su mujer, quese fue del mundo sin perdonarle su infidelidad a pesar de todo el dinero que élinvirtió en conseguir su perdón. Uno de aquellos nuevos ricos que no titubean ala hora de dar lecciones de vida a todos cuantos le rodean. El malo de lapelícula a todas luces y, sin embargo, el que más sonrisas consigue sacar alpúblico con sus reflexiones sobre la vida y el dinero. En cierto modo, esposible que todos seamos un poco Tom Sergeant. Aunque nos cueste reconocerlo.


Nathalie Poza es Kyra Hollis, la joven ex amante de Tom, una profesorade una escuela comprometida socialmente de la periferia londinense. Kyraabandonó la casa de Tom para vivir en un diminuto loft cuando la mujer de éste se enteró de su affair sentimental. En ese pequeño loft, tan realista y maravillosamente ambientado en el que KyraHollis vive fiel a sus principios, transcurre el reencuentro entre los dosamantes. Un reencuentro con aroma a la cebolla que Kyra fríe en la cocina parapreparar unos espaguetis y que se extiende por las butacas del teatro en unefecto de verosimilitud que logra hacer sonar las tripas de más de unasistente.


Tras un primer momento en el que la excitación del recuerdo de lainfidelidad hace resurgir cenizas que parecían ya apagadas, la realidad y lasdiferencias empiezan a hacer acto de presencia en el escenario. Traiciones,culpas y la eterna discusión entre “cultura de empresa” y los “valoressociales” abren un abismo insalvable entre los protagonistas. Momento para ellucimiento de ambos intérpretes, creíbles ambos en su acérrima defensa de unosideales que entran continuamente en conflicto, con diálogos que parecenentonarse a pecho descubierto. A cielo abierto. Sumergidos ambos en un ring deboxeo en el que puede que a los puntos se imponga Nathalie Poza y, con ella,todo lo que representa Kyra Hollis.


Al combate dialéctico, no obstante, le sobran unos cuantos asaltos.Media hora menos, quizás, para haber conseguido una obra redonda, menos reiterativay que, por momentos, no sonase a debate ya escuchado y excesivamente manoseado.El público, no obstante, despidió a los intérpretes con una sonora ovación. Nomolesta el exceso cuando hay primeras espadas sobre el escenario.

Miriam Reyes

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