Tokio: límite 48 horas

360gradospress emprende una carrera contrarreloj para conocer en dos días los rincones emblemáticos de esta ciudad de ciudades

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Dos días. Es el tiempo que lascircunstancias me han dado para conocer una de las ciudades que más versionesdistintas tiene en el imaginario colectivo. A pesar del cine de artesmarciales, eso sin mencionar la animación que ha cruzado la mayor parte de lasfronteras, a Tokio no le ocurre como a las grandes ciudades de Estados Unidosque en cada esquina evocan una secuencia entre las almas cinéfilas. No. Quizáhaya quien piense que Tokio no existe ni ha existido jamás. A 360gradospress le seducía esaidea irracional, resultado de acumular tantas diferencias en el pensamientotransmitido entre Occidente, el sur de Europa y el lejano Oriente. Sin embargoTokio existe.

Lo que sigue a continuación es una selección hecha al azar. La capital de Japónmerece más de dos días. En una situación como esta o se comete el error deintentar abarcarlo todo como si a la vuelta alguien nos fuera a someter a unexamen o se visita simplemente lo que se puede, disfrutando cada paso que se day dejando el reloj y el móvil en algún lugar lejano. Quien explore esta ciudadde ciudades y lo haga por primera vez tendrá que familiarizarse con el tren ycon el metro. Ambos medios de transporte forman mallas urbanas muy tupidas.Pertenecen a empresas diferentes. Un plano con los nombres de las estaciones eninglés es el mejor amigo bajo tierra. También un poco de paciencia, ya que aveces es inevitable dar más de una vuelta por los pasillos, especialmente enlas estaciones más grandes. Los viajes en el equivalente a nuestro “Cercanías”pueden llegar a costar algo más de tres euros por billete.

El Palacio Imperial no se puede visitar. No resulta especialmente extraño en unpaís en el que hasta hace no tantos años no se podía mirar a los ojos al emperador. Sin embargo, una parte de sus jardines está abierta al público. Elrecinto es una fortaleza rodeada por un foso lleno de agua. De él destacaespecialmente el puente Nijubashi. El lugar permite tanto disfrutar de la pazde unos espacios verdes impecables y amplísimos como adentrarse en el corazónde la ciudad. Ahora la fachada de la estación de tren de 1914, aún en uso, noes visible por la restauración que están acometiendo si bien en los alrededoreshay múltiples edificios que llaman la atención del recién llegado.

También para los amantes de los espacios abiertos y las grandes obras esdestacable la zona de Odaiba. En ella se encuentra el puente Rainbow, de casiun kilómetro de longitud. Tiene una plataforma peatonal que permite apreciar elsky line de Tokio, algo que también se puede hacer desde los barcos que salendesde esta zona. Los japoneses han construido una réplica aunque  a menortamaño de la estatua de la libertad. Es una zona de ocio, con varios parques deatracciones y eso encarece el billete del tren desde la estación de Shimbashiaunque desde la cola se pueden filmar impresionantes travellings entrerascacielos ya que el final del tren es un gran cristal.

Da la impresión de que todos los impulsos consumistas se han reunido en la zonade Ginza, lugar que acoge, una tras otra, las tiendas más selectas de ropa,joyas y todo tipo de complementos. Allí encontramos la joyería  Tiffany´s ,la que nos hace evocar por un momento “Desayuno con diamantes” si bien es lasucursal neoyorquina la que aparece reflejada en esta inmortal película. Contodo, Ginza es un distrito muy animado en el que merece la pena admirar lasfachadas en las intersecciones de las calles. Ahí me di cuenta que nadie puedeponerse al volante de un taxi de Tokio si no viste camisa blanca, corbata ychaqueta o chaleco. Todos los vehículos tienen sobre la tapicería una especiede paño blanco que cubre el cabezal y parte del asiento, hasta la mitadaproximadamente.

Y ya que hablamos de medios públicos de transporte, en la zona de Asakusa sepuede alquilar un carro impulsado por el propio guía. Esta persona, al trote,realiza una ruta turística por el sector. Diez minutos de paseo para unapersona salen por unos 18 euros, cifra que sube a 27 si en el carro se montandos personas. Si se paga más, la carrera del taxi (en el sentido literal de lapalabra) dura también más. La visita merece la pena por el mercado de productosorientales y el templo Sensoji, cuyos orígenes se remontan al año 628. También destacan las vistas desde las riberas del río Sumidagawa. Esta es unade las zonas más frecuentadas por los turistas junto a los jardines del PalacioImperial.

Muy a mi pesar quedó para otra ocasión el tópico de los ‘tablaos’ flamencos enTokio. Sólo he entrado en un restaurante español del que pensaba salir con unaentrevista. En el restaurante nadie entendía ni español ni inglés aunque, esosí , me sirvieron tres tapas de ensaladilla rusa, champiñones con ajetes ypatatas bravas. Menos da una piedra.

Y, por último, sólo cuando he salido de Tokio he podido saber por qué una fracciónde sus habitantes lleva una mascarilla de las que se usan en los quirófanos porlas calles. No son muchos pero de cerca hasta intimidan. Al entregar elpasaporte en el control de inmigración del aeropuerto de Narita pude leer eninglés ‘quítese la mascarilla cuando entregue su pasaporte’. La usan quienesestán resfriados para evitar ser transmisores de contagios. Es otra formade vivir la vida como lo es prohibir fumar caminando por la calle o simplementefumar en muchas de ellas.

Óscar Delgado

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