Percebes, hora punta

Los perceberos asturianos inician campaña en un mercado saturado al que ahora se le suma la crisis

JAVIER MONTES, Asturias. Son las once de la mañana del primer día de octubre. El cielo plomizo amenaza lluvia tras dos semanas de sol y un calor inusual para esta época del año en Asturias. Cuesta enfundarse de nuevo el traje de neopreno, los escarpines y unos guantes desgarrados que dan fe de haber sido testigos de muchas batallas. El mar bate con fuerza contra las rocas de un acantilado al que sólo se llega en barca. El puerto más cercano es el de Tapia de Casariego, una pequeña localidad del occidente asturiano.

Enfilados, como si fuera un ejército, los 230 mariscadores que tienen licencia del Principado para capturar percebes inician una nueva campaña. Ahora todo está regulado: el calendario, el número de perceberos, el tamaño mínimo de las capturas, el peso máximo por persona y marea. Pese a todos estos controles, los furtivos siguen siendo uno de los principales enemigos de este negocio. Otro son los mariscadores gallegos, región donde se permite la captura del percebe todo el año. Si tienen buen tiempo, como es este año, saturan el mercado y el precio del manjar de manjares se devalúa. Además ahora se suma la crisis. Ninguna cetárea arriesga grandes cantidades de dinero por un producto perecedero (el percebe, conservado en neveras especiales, ‘aguanta’ hasta tres semanas).

Con estos ‘hándicaps’ en la mente, los perceberos asturianos se afanan en arrancar de las rocas los mejores ejemplares. Sin descanso. Sólo paran para sortear las olas. Desde la parte alta del acantilado, un pescador jubilado silba con fuerza para alertar del peligro a los más osados. Cinco infatigables horas después vuelven a formar una hilera perfecta y se van subiendo a las barcas. Un cabo les guía hasta ellas donde empiezan, aún jadeando, a lamentarse de la calidad de sus capturas. Desembarcan y, apenas sin tiempo para quitarse el neopreno y enfundarse una prenda de abrigo, cargan sus cajas en coches y zumban hacia Puerto de Vega. A apenas ocho kilómetros de Navia, la lonja de este pueblo pesquero es la segunda en distribución de percebes a nivel nacional.

Subasta
A las tres y media se abre la primera subasta del año. En el muelle se arremolinan seleccionando los mejores ejemplares para colocarlos en la parte alta de las cajas de plástico y desechan aquellos que no llegan a los cuatro centímetros, la talla mínima. A ojo ya saben que cada lote no excede el máximo establecido de seis kilos diarios para cada mariscador. El día no ha sido bueno y alguno ni siquiera ha podido llegar a ese peso. En la lonja les esperan nueve compradores. El año pasado había más de una treintena, algunos de Vigo y Bilbao. Ahora el más lejano viene de Ortigueira, en la provincia de A Coruña.

Se agolpan sobre una mesa metálica donde hoy sobra sitio por todas partes. Por orden, allí colocan sus capturas los perceberos que antes han pasado el control de peso y talla. Se enciende un marcador electrónico y se inicia la subasta. El comienzo es desalentador. Los primeros lotes se pagan a ocho euros el kilo y el enfado general llega cuando Mares, un conocido mayorista gijonés, se lleva uno a seis euros. El percebero es libre de rechazar la puja pero “qué hago con esto, ¿me lo trago?”, señala resignado Santiago Alonso, que inicia su décima campaña del percebe. Aprendió el oficio de su abuelo. “Entonces no había regulación ni había nada. Ahora esto funciona mejor pero cuando además de luchar contra la mar te encuentras con tiburones en la lonja pasa esto”.

En el marcador electrónico las pujas comienzan a 200 euros el kilo y esa tarifa va cayendo a la misma velocidad que las milésimas en la Fórmula Uno. El cronómetro, en este caso, el precio, sólo se para cuando algún comprador pulsa el botón de un mando a distancia. Cada uno tiene el suyo. El que puja revuelve la caja de percebes porque ya sabe el truco de que los de arriba son los de mejor aspecto y si le convence se la lleva, de lo contrario el cronómetro-precio sigue su cuenta atrás. El precio récord de esta primera jornada llega a 59 euros. En 2007, tal día como hoy se pagó a 148 euros el kilo “y el percebe era peor”, matiza Marcelino Gión, secretario de la Cofradía Nuestra Señora de la Atalaya de Puerto de Vega. Lleva 17 años y no recuerda un inicio de campaña tan malo como este. “Se junta todo”, lamenta. Alejandro Súarez, con restos de sal por la cara, enfila la puerta de la lonja. Ya ha vendido su cupo. “Me llevo 240 euros. A ver mañana”.

Visto así el negocio del percebero es rentable. 240 euros por cinco horas de trabajo. Pero detrás hay muchas cosas. Un trabajo temporal (el 30 de abril se acaba la campaña), una cuota de autónomo, un pellizco que se lleva el patrón de la barca y varias cicatrices de las malas pasadas que juega el Cantábrico. “Además esto divídelo entre dos porque es lo que cogimos mi hermano y yo. Eso sí, a mi me compensa, de lo contrario no lo haría. Pero el negocio no lo hacemos nosotros “¡eh!”, se queja señalando a un destartalado Seat Ibiza con 240.000 kilómetros y que apesta a pescado. A las cinco ya se ha despachado toda la mercancía y nueve furgonetas salen disparadas de Puerto de Vega. Detrás el Seat Ibiza de Alejandro que baja la ventanilla para despedirse. “Fíjate mañana a cuánto está en la pescadería y el precio que veas en Oviedo multiplícalo por dos en las de Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia. Allí sí empieza el negocio”.

Javier Montes

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