Calles sin vida

Las calles han sido a lo largo de las décadas lugares de encuentro entre ciudadanos, de discusión, de defensa de derechos y de libertad. Espacios con vida que, poco a poco, se han transformado en puntos de paso, de conexión entre casas, de compras o de circulación de coches. Una situación cuyo cambio (a mejor) depende de nosotros mismos.

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A lo largo de la historia de nuestra sociedad (desde que la urbanización fue una realidad) las calles han sido el escenario de momentos memorables e irrepetibles como la marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, en 1963, que culminó con el mítico discurso de Martin Luther King sobre su deseo de un futuro de igualdad entre personas blancas y negras. O las manifestaciones multitudinarias en España contra la guerra de Irak en 2003 o a favor de la legalización del aborto en 2014.

 

Pero no solo han sido espacio de grandes concentraciones, sino también el patio de recreo de los niños a la hora de la merienda o el lugar de tertulia de las familias y amigos para arreglar el mundo cada día entre refrescos y picoteo. Cuando las calles servían para algo a las personas.

 

Aunque de vez en cuando se repiten momentos de gran y de pequeña envergadura como estos, es más común encontrar en ellas enormes colas para hacerse con el último modelo de iPhone o para entrar a comprar sin miramiento a Primark. De la revolución al consumismo exacerbado en pocas décadas.

 

Muchas calles perdieron su función pública en el momento en el que la concepción moderna de ellas se impuso a partir de los años 50, cuando las aceras para peatones comenzaron a estrecharse y los carriles se ensancharon por el crecimiento del número de automóviles que circulaban. Al menos en las ciudades, donde algunas voces de alarma como la de la teórica de urbanismo Jane Jacobs, cuando en 1961 se opuso a los conductores neoyorquinos para reivindicar el barrio, consiguieron, ya pasados los años, solventarlo parcialmente con su peatonalización (aunque) para centrar la vida de sus habitantes en el consumo de bienes.

 

Una exposición en València está analizando esta transformación del espacio público, de calles dedicadas a la vida (de las personas) a las actuales, destinadas a ser lugar de paso, de conexión entre casas y usos privados, de compras o de circulación de coches.

 

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Se trata de la muestra Visca el carrer!, que organiza el Centre Cultural La Nau en su claustro hasta el 18 de marzo y que indaga los cambios que han provocado esta evolución urbana: por el mismo cambio de la sociedad y del papel “que otorgamos a la calle frente a otros espacios de sociabilidad, economía y participación, y por la intervención de los poderes públicos para facilitar u obstaculizar formas de vida, de transporte o de inversión para limitar los efectos adversos de esas transformaciones o para mejorar la calidad de los lugares“, explica Marta Román, comisaria de la exhibición.

 

Un análisis de cómo es la calle en cada momento, cómo se comporta la ciudadanía en ese espacio, qué puede hacer, qué puede aprender y quién está o quién no en él, así como los conflictos que implican: desde individuales (demandas y necesidades sociales) hasta organizados en protestas cívicas o vecinales frente a la intervención o desidia de la política.

 

Las calles a lo largo de las últimas décadas

Según explica Román, la relación de la ciudadanía con las calles ha sufrido enormes cambios: en 1900 eran el lugar donde el pueblo aprendía a convertirse en ciudadano, mediante el espectáculo del poder (los desfiles, las fiestas, las ceremonias cívicas, etc.), los nuevos espacios de sociabilidad urbana (teatros, cafés, prensa, etc.) y la modernidad (los primeros coches, los tranvías, la electricidad, etc.). Pero también se convierten en la forma esencial de la vida económica: se fabrica, se produce, se compra y se consume en las calles. Todo lo importante pasa fuera. Los años 30 culminaron ese proceso con la irrupción de las masas en la vida y en el espacio públicos.

 

Cada cambio histórico establece el equilibrio entre lo privado y lo público, entre producción y consumo, y entre actores, pobres y ricos, gente del campo y burgueses, hombres y mujeres, infancia, etc.“, valora la comisaria de la exposición.

 

En la muestra destaca la entrada y la victoria del automóvil, como gran usuario y protagonista de las calles, que determina cada vez más no solo el diseño de la ciudad, sino la forma de ser y de comportarse de la ciudadanía con fenómenos “tan extraordinarios y, sin embargo, asumidos” como la desaparición de la infancia de los espacios públicos.

 

Román expone que en la actualidad la calle está sometida a la presión del valor económico: calles deseadas bajo presión comercial y turística y otras abandonadas por el capital y el consumo. A la vez, “la ciudadanía, individualizada, desea utilizar este espacio para expresar tanto los intereses políticos como su visión del mundo“.

 

Además, hoy se da como cambios la disciplina (la segregación del espacio del coche, del peatón y del ciclista), la simplificación (ya no pasan tantas cosas importantes como antes) y el vaciamiento, a través de calles peatonales que son iguales en Viena y en València, aquellas enormes de los bloques con zonas ajardinadas dentro, sin nada de interés fuera, o las de los barrios suburbiales u obreros, donde “la falta de calidad de los espacios comunes llevan a cierta degradación y a la baja autoestima de quienes viven allí“, según indica Román.

 

Pero ¿está todo perdido en las calles?

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Frente a todo ello, la comisaria de la exposición denuncia la existencia de indiferencia social, bien porque no hay suficiente densidad humana heterogénea como para sostener el interés y el encuentro, bien porque las personas son solo transeúntes, que “no se ocupan ni se responsabilizan del espacio público, que ya no es ‘suyo’, solo una plataforma para el tránsito y el consumo“. Y añade: “en esos lugares no se charla, no se educa a los hijos ajenos; si todos nos trasladamos a vivir a nuestra privacidad y lo común es abandonado, la calle sufrirá, así como la idea de lo público y de su valor. Y, con ello, la democracia misma“.

 

Pero Román también considera que en la calle “todo es posible” y que, al ser un espacio de igualdad, siempre es posible que las personas diversas salgan, se encuentren, discutan y acepten que la sociedad está hecha de intereses contrapuestos y que merece la pena el conflicto para permitir y mejorar la convivencia, como sucedió en el 15M. O que valoren si quieren que la tecnología afecte a las calles de forma abrumadora o no, que cierren los comercios, que solo circulen coches sin conductor, que se acaben vaciando del todo de vida o se revitalicen con políticas públicas, etc. “Siempre podemos elegir la decisión que mate la calle o que la haga vivir“, concluye la comisaria.


@casas_castro

David Casas

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