Un segundo en Nepal

Rajiv Pokharel, de cuarenta años, se despertó cuando una brizna de luz del amanecer le palmeó la cara. Todavía sentía en el hombro derecho la suave respiración de Aishawarya, su bella esposa, que disfrutaba el último sueño. Rajiv se sentía un hombre afortunado esa mañana: además de la mejor compañera, dos hijos sanos y fuertes, Ganesh y Hari, y una hija, Parvati, la más pequeña, muy lista y tan hermosa como su madre, el Todopoderoso no pudo ser más generoso con él, pues además le había regalado la habilidad para interpretar la música que nació de las entrañas de sus antepasados.

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Rajiv estaba convencido de que las notas que salían de las cuatro cuerdas de su sarangi fueron escritas en las paredes de su alma por su padre, quizás por el abuelo, porque la calle más comercial de Katmandú solía formar remolinos de turistas hechizados por aquella música mágica que salía de aquel extraño instrumento que tocaba Rajiv y que les cosquilleaba los corazones. Definitivamente, una buena estrella alumbraba su hogar y rociaba de sonrisas todos sus rincones.

 

Tras asearse y dar gracias al Gran Hacedor dirigiéndose a un cielo cada vez más violeta, Rajiv despertó a Aishawarya con un beso en la frente, la mujer le regaló una mirada llena de luz. En las otras habitaciones, un silencio aterciopelado anunciaba que los hijos dormían tan profundamente que los gatos aguantaban la respiración porque no osaban transgredir el sueño de los niños. Después de llenar media bolsa con arroz hervido y carne seca, el hombre recogió el sarangi, cerró la puerta despacio para no hacer más ruido que el preciso y se dispuso a bajar las escaleras.

 

A esa hora de la mañana, el gallo de la vecina ya había gritado su reinado dos veces y Rajiv dibujó en su pensamiento la silueta de su familia: Aishawarya, Ganesh, Hari, la pequeña Parvati… Todos resplandecientes en el vértice de un Universo acogedor y paternal. Fue el último recuerdo de Rajiv, el último suspiro, la última gota de energía que le quedó. Después llegó la nada. Un segundo en Nepal. La familia Pokharel alimentó las entrañas de la tierra, quizás Rajiv tuvo tiempo de pensar que todos iban al lugar de sus antepasados. Pero el silencio lo borró todo.

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@butacondelgarci

Foto de Marga Ferrer

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