Roma no es siempre el camino

En cada uno de nosotros hay algo más. No es tan fácil mirarnos por dentro como hacerlo desde arriba. Desde esta perspectiva es donde vemos todo con otro tono, con otro color, con otra altura. Como si viésemos una ciudad.

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Descubrir una persona es exactamente igual que descubrir una ciudad. Lo primero que hay que hacer es cruzar alguno de los puentes que nos une a ella, esos de lo que solo te acuerdas por donde entraste. Te han hablado tantas veces de sus monumentos, de lo que no puedes dejar de visitar. Pero tú llegas siempre a través de lo que solo se ve desde fuera, de los suburbios, la periferia.

 

 

Tu intención es siempre llegar al centro, a la parte histórica y una vez llegas allí, siempre descubres algo nuevo, algo que no estaba ahí. Porque las ciudades, como las personas, se pasan toda la vida cambiando. Cambiamos de aspecto, de tamaño, de ambición, de estación, pero hay algo que jamás cambia: la intención de seguir cambiando.

 

 

Descubrir una ciudad es hacerlo por el día y por la noche. Descubrir una persona implica eso. Tú siempre te apoyas en las farolas que iluminan la noche como luz a tus problemas porque ellas siempre están, no se mueven, digamos que como tus incondicionales. Hacerlo implica visitar sitios donde poder sentirte en tu casa, esos sitios donde no necesitas más que tiempo para darte cuenta de que has descubierto tu ciudad.

 

 

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De ella siempre podrás salir, por muchas fotos que saques a cada estatua o a cada edificio. Tú siempre podrás dejarla atrás e irte a descubrir otras plazas, otros parques u otras fiestas. Pero como pasa con las personas, todas te dejan algo para ti, algo que te servirá en tu próxima ciudad, aunque de esta ya te hayas cansado.

 

 

Porque descubrir una persona es exactamente igual que descubrir una ciudad.

 

 

Y gracias a Dios, Roma no es siempre el camino.


 

@stefanogarcia

S.C.

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