La marca del Calderón

El domingo, una jauría de hombres mató a palos a otro hombre. Una vez cometido el linchamiento, los machos huyeron como conejos descompuestos. Atrás dejaron dolor y miseria y yo estoy seguro que esas bestias que avergüenzan a un equipo no pensaron que el Atlético es rojiblanco, el Cholo Simeone un general noble y el Calderón una casa que ruge y presta escenario a un fútbol que genera sonrisas.

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Yo me pregunto muchas cosas varios días después pero no obtengo más que respuestas falsas, un rosario de palabras hipócritas que avergüenza a mucha gente, sobre todo a esa legión de bienaventurados que lloran y ríen con el Atlético; y siempre se rompe manos y garganta para llevar a su equipo del alma por encima de luces y lunas, más allá de los chaparrones de una justicia injusta; siempre con orgullo y una fe sobrecogedora. Esa rojiblanca gente, que sabe de la hostilidad que desprende la calle, no entiende qué pasó a esa hora de la mañana, cuando tipos engalanados con distintivos del club de sus amores, mancillaron fieramente su centenario escudo. No sabía esa buena gente que la cobardía lleva tiempo disparando las alarmas y la estupidez bruta reina desde entonces por encima de todo lo sensato.

 

Me irrita la actitud de Pilatos que adoptaron los dirigentes del Atlético. Ellos no quisieron saber nada desde el primer momento y cuando todas las flechas apuntaron al gol sur del Calderón, decretaron una expulsión del grupo de los malvados, medida que atufa a brindis al sol.

 

Los dueños del Atlético, siempre tibios con los violentos, han quedado marcados. A partir de ahora se mirará con lupa lo que suceda en el Calderón, sobre todo sus cánticos. Porque las palabras mal dichas incitan a la violencia. Y ya van dos muertos.


@butacondelgarci

Laura Bellver

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