Entiendo que no se entienda

Justo cuando estaba en la sala para votar me emocioné, casi lloro, yo entiendo que no se entienda, pero pensaba en toda esa gente que le ha dedicado tanto esfuerzo para que eso fuera posible y que los que quisieran pudieran votar.

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Los presidentes de las mesas estaban amenazados con multas desde 40.000 a 300.000 euros. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros, los presidentes de mesa o los vocales, no negaré que cuando llegue al colegio electoral en el que siempre voto deseé que ya hubiera mesa, eran poco antes de las seis de la mañana y ya había centenares de personas, una guitarra y voces cantando habaneras, a Lluis Llach y canciones infantiles.

 

A las 6 de la mañana, aun negra noche, llegó el temido coche de los Mossos. Bajaron dos agentes, todos nos juntamos y nos preguntaron si había algun responsable, la respuesta coral de cientos de personas fue estremecedora: “TOTS I TOTES”, una cosa es escribirlo y otra escucharlo. Yo a esa hora no conocía a nadie, alguno me sonaba, la gente era muy diversa, mujeres y hombres de todas las edades, en aquel escaneo que uno a veces hace involuntario de la gente con la que comparte espacio y tiempo. Intuía distintas profesiones, distintos pensamientos más liberales o más conservadores, desde luego, y para eso no hacia falta imaginación, gente voluntariosa y comprometida, para estar ahí hacía falta serlo.

 

Omito muchos detalles, pero no quiero dejar de explicar la emoción cuando, poco antes de abrir el colegio electoral, salieron decenas de personas que habían pasado la noche, que no dormido, en él. Les abrimos un pasillo entre los allí presentes y recibieron los aplausos de todos, -gràcies, gracias-. Escena que se iba a repetir a lo largo del día, la de los aplausos, cuando llegaba alguien octagenario y, evidentemente, todos los que estaban en la cola, algunos horas, le cedían el primer lugar.

 

Para añadir un poco de épica a la situación estaba lloviendo, las noticias no eran alentadoras, la policía estaba actuando con dureza, las imágenes que nos iban llegando por las redes sociales nos preocupaban por nuestros conciudadanos y por lo que podía estar por venir.

 

El espacio aéreo de Barcelona cerrado excepto para ‘arribar al Prat’, solo sobrevolaba Barcelona el helicóptero policial, así que cada vez que nos sobrevolaba pensábamos que era inminente la llegada de los antidisturbios, aunque no lo fuéramos ni pretendiéramos serlo. En nuestra mente solo estaba ser pacíficos, pero además las consignas de los voluntarios eran claras: sentarnos y levantar las manos. Al final, por suerte nuestra no vinieron a nuestro colegio y nuestros votos llegaron intactos, tras varias vicisitudes que aquí ahorro, a su lugar para el recuento.

 

Esta fue la realidad a modo de ciudadano corresponsal. Negativo solo me queda el temor a que esas intervenciones referidas se produjeran en el colegio donde estaba mi hermana, mi tía de vocal, mi madre votando o amigos, pero en el fondo todos eramos los mismos. Los mismos bajo la misma solidaridad, unión, compromiso, pacifismo, compañerismo y altruismo.

Aureli Quiroga

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