¿Celo o censura?

Hace unos días María Kodama, viuda y heredera de los derechos de autor de Jorge Luis Borges, obligaba a la editorial Alfaguara a retirar de las librerías la última novela de Agustín Fernández Mallo, El hacedor (de Borges), Remake, por insertar fragmentos del autor argentino, sin poseer su consentimiento. Poco ha importado que la obra sea un explícito homenaje del autor de Nocilla Dream al autor de El Aleph, porque al final las reclamaciones de la heredera han resultado más fuertes que las opiniones de la editorial.

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Como esevidente, el caso ha levantado una fuerte polvareda: comunicado de prensa de laeditorial, artículos en diferentes periódicos y revistas, radio, blogs, foros yredes sociales, incluso una amplia carta de reclamación firmada por más de cienprofesionales del libro y la cultura, entre ellos Rosa Montero, Belén Gopeguio Juan Villoro, pidiendo a María Kodamaque reconsidere su postura.

Nos llamapoderosamente la atención que prenda la mecha de la apropiación indebida con laheredera de Borges cuando una gran parte de la obra del maestro argentino tienepor objeto el juego múltiple con obras de diversos autores. Ahí está, sin irmás lejos, su famoso Pierre Menard, autor del Quijote o lasvarias alusiones que hace en El hacedor, el libro origen de la polémica,a Cervantes,  LudovicoAriosto o José Hernández y su MartínFierro.

Lareferencia a obras o personajes de otros autores y la creación literaria resultante,paródica o apologética, son una constante en la Historia de la Literatura. DesdeCervantes a Shakespeare los ejemplos se multiplican hasta llegar, y sólo porponer un ejemplo próximo en el tiempo y la geografía, a Ignacio Vila-Matas. ¿Cuántas veces hemos llegado a un libro através de su adaptación cinematográfica o su referencia en otra obra? Yo mismo,confeso lector borgiano, he intentado localizar más de un título tras leer lacita hecha por el maestro. Ello es hermoso y forma parte del afán de saber quedespierta la lectura. Estoy convencido que la lectura del libro de FernándezMallo habría despertado el interés del lector por conocer a Borges de primeramano. Pero las circunstancias hacen que imperen los derechos de autor y el celode la heredera en el control de las obras de su propiedad, algo que me parece legítimoy loable. El problema no este, sino el límite. ¿Hasta dónde debe llegar el celopara que no se convierta en censura? ¿Hasta dónde se puede considerar homenajey hasta dónde apropiación indebida?

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No discuto las razones jurídicas de MaríaKodama que seguro que las tiene, no en balde la editorial ha retirado rápidamentedel mercado la obra de Fernández Mallo. Pero desde el punto de vista literariome parece un acto cuestionable y una innecesaria historia de buenos y malos. ¿Porqué a Fernández Mallo se le incrimina y a otros autores que también hanutilizado la obra de Borges no, como muy bien apunta Benjamín Prado en un artículo publicado en El País el pasado9 de octubre?  ¿O caja o nada? ¿Qué seráde los homenajes, las parodias y las exégesis? ¿Y los trabajos deinvestigación? ¿Y las citas textuales en un ensayo? ¿Qué pasará con ese mundosin fronteras que es Internet? ¿Cómo habría reaccionado Borges si le hubieranretirado alguno de sus cuentos por el mero hecho de referenciar una obra o elnombre de su autor sin consentimiento? Las respuestas a estas preguntas caminanpor terrenos resbaladizos. De momento, el que paga el pato es lector alquedarse sin poder leer la novela de Agustín Fernández Mallo. Si María Kodama reconsiderasu postura en algún momento y la novela de Fernández Mallo vuelve a laslibrerías, la publicidad ya la tiene hecha. Pero esa es harina de otro costal.Vale.

 

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