Los dos siglos de Mojácar

Relato de la decadencia del pueblo almeriense que generalizó la figura del Indalo

“La magia de aquel lugar nos conquistó desde el día en que improvisamos nuestras primeras vacaciones. Éramos jóvenes, estábamos recién casados y llevábamos en el asiento de atrás una niña de un año. Aún así, nos atrevimos a salir de Madrid sin organizar el viaje, iríamos hacia el sur, a la provincia de Almería y nos detendríamos donde más nos gustara, sin el agobio de los atascos ni las prisas de la capital. Era octubre, por lo que tampoco tendríamos masificación estacional allá donde fuéramos.
La carretera era lenta, con un tráfico considerable de camiones, pero no importaba, íbamos sin prisa, masticando la libertad salvaje de nuestra aventura. La pequeña se despertó sólo para pedir su sustento, era tan buena…

Tras once horas de carretera, nos desviamos hacia una zona de playa, tal y como indicaba un cartel escrito por algún lugareño interesado en que los turistas de nuevo cuño llegáramos a su establecimiento. Ya era de noche, percibimos una humedad anormal y poco más. Casitas aisladas, algún coche que otro que se cruzó en nuestro camino y la música del Sonido de Philadelphia en el radiocassette. De repente, a lo lejos, entre las colinas que se adivinaban a la derecha del coche, en el lado opuesto a la línea de un mar que empezábamos a olfatear de cerca, divisamos una colmena de lucecitas azuladas, embaucadoras, amigas exclusivas de una luna casi llena que pedía paso entre la oscuridad de la noche. Nos propusimos llegar hasta allí, animados por la magia invisible del entorno y la necesidad de poner fin a nuestro trayecto, aunque fuera por un día, para descansar.

Mojácar nos acogió bajo un aspecto bohemio, empinado, laberíntico, blanco, como un gran barco anclado en la sierra que vigilaba la costa, sin edificios que estorbaran su contemplación desde cualquier punto. Una costa salvaje, limpia, con cuatro chiringuitos con sonido jamaicano y un parador poco anunciado en los mapas de situación. Allí nos quedamos hasta que pasaron las tres semanas reglamentarias antes de regresar al Madrid de los setenta, a la ciudad dormida, al otoño capitalino.

Hoy volvemos y no es lo mismo. El pueblecito late a un compás moribundo, a punto de yacer rendido ante el ensanche playero de las últimas décadas. Escritores, pintores, hippies, artistas… eligieron Mojácar, pero se han ido de allí, a Bédar quizá. Pocos son ya los que suben tras pasar el día entre piedras, arena, caracolas, conchas y caballitos de mar. Nadie se acuerda de que en sus calles antes se vivía la noche como espejo de tradiciones compartidas con Ibiza; mercadillos improvisados de artesanos de la vida, tiendas exóticas abiertas hasta que las copas pedían paso en sus terrazas de insomnio, saludos campechanos entre lugareños y foráneos, familias enriquecidas por el rojo del sol disfrutando de cuestas con olor a gayomba y jazmín, reminiscencias fenicias y árabes a disposición de paladares sedientos en la fuente legendaria, posada de paseantes en busca de agua, oasis entre ficus, cactus, palmitos, pitas y arena. Hoy Mojácar muere, suavemente, muere”.

Redacción Valencia

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