Excéntricos y epicéntricos en San Francisco

Uno llega a San Francisco en metro (antes, por supuesto, ha pasado por el aeropuerto y le ha interrogado un señor de uniforme por su oficio, beneficio, estado civil e intenciones viajeras), sale de la estación de Powell Street y lo primero que ve es a un negro, con varias capas de ropa encima, vociferando una letanía difícil de entender aunque uno domine el inglés…

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No es extraño tener este primer encuentro humano en San Francisco. A lo largo de nuestra visita a la ciudad, nos encontramos con centenares de “homeless”, cada uno con sus circunstancias. El uno mostraba un cartel en el que aseguraba que “Jesús te ama”, el otro iba vestido de botella de cerveza de gomaespuma, el de más allá lucía dos tenedores a modo de pendientes… En uno de nuestros muchos recorridos por la ciudad en autobús, disfrutamos durante cerca de 40 minutos del discurso de un señor que, litrona en mano, repetía una y otra vez, ufano, orgulloso, que “sí, yo he visto jugar a Magic Johnson“.

La mayoría de excéntricos se encuentra en Haight Ashbury, distrito que se hizo famoso a finales de los 60 por ser el epicentro del movimiento hippie en la ciudad, igual que el barrio de Castro se hizo famoso en los 70 por ser el epicentro del movimiento gay. La presencia de tanto epicentro no debería extrañara al lector, ya que algún día la ciudad sufrirá una gran terremoto que acabará con todo. Esta desgracia es tan cierta que los que algún día la sufrirán (si no ellos, sus descendientes) le han puesto nombre, the Big One. Una manera como otra de familiarizarse con el miedo.

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Pero hablábamos de Haight Ashbury, que recibe este nombre al unirse el de las dos calles que hacen de eje principal del distrito. Es en la primera calle, en Haight, donde uno encuentra restos de aquel espíritu hippy, con toques rockeros, encarnado en multitud de tiendas de todo tipo y algún gran mural del mítico Jerry García, líder de los venerados Grateful Dead. Uno empieza a caminar desde el agradable e inmenso Golden Gate Park hacia el este y podrá hacerse con algo de marihuana terapéutica con sus correspondientes chachimbas de colores, comprar en la mayor tienda de discos de Estados Unidos, visitar talleres de taxidermia y objetos macabros o explorar decenas de comercios vintage donde la ropa está clasificada por décadas y estilos. En “The Haight”, como llaman los lugareños al barrio, el vintage no es una moda, sino una forma de vida, una actitud. Viste como quieras, sé como quieras. Eso sí, paga primero por ello.

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Decíamos que hay mucho vagabundo y freaky en San Francisco. Casi tantos como gente bien paseando perros pijos, haciendo jogging con su perro fijo, o tomando café en alguna terraza de estilo europeo con un perro pijo apoyado en el regazo. “Frisco” parece la ciudad menos americana de América, aunque eso de no parecer americano también es bastante de por allí. Y también es un lugar perfecto en el que envejecer. A excepción del downtown, la ciudad es una macrourbanización de casitas de estilo victoriano -la mayoría construidas tras el otro gran terremoto, el de 1906, después de que el incendio consiguiente destruyese casi toda la ciudad-, unidas a lo largo de cuestas “rompepiernas” que siempre acaban con una magnífica vista del mar. Su tamaño es asequible, posee una buena red de transporte, comercio de barrio, zonas verdes y una aceptable gastronomía, basada en gran parte en productos de agricultura ecológica. O al menos eso dice el cartel que la acompaña.

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El único inconveniente de la ciudad es su clima. El verano “californiano” que todos tenemos en mente gracias a las canciones de los Beach Boys no existe en la bahía. Marc Twain escribió que su invierno más frío fue un verano en San Francisco. Y no le faltaba razón. A la humedad que te cala los huesos se le suma la intensa niebla que se come los edificios y te impide ver el Golden Gate después de caminar hasta allí durante más de una hora. Eso es así, aunque a ustedes les pueda haber pasado lo contrario.

Si uno sabe hacia donde mirar, y la pertinaz niebla no se lo impide, desde lo alto de muchas de aquellas cuestas que nombrábamos anteriormente se puede ver la isla de Alcatraz. Ya sólo al escuchar ese nombre uno siente una especie de claustrofobia mezclada con el salitre que trae el frío aire marino. El mítico presidio (presidio mola bastante más que cárcel) que acogió a Al Capone, al “Hombre Pájaro Stroud o a aquel Frank Morris que interpretó en su día Clint Eastwood y que consiguió escapar (o no) nadando por la bahía, es hoy una de las atracciones turísticas más importantes de San Francisco. Cientos de visitantes caminan como zombis por sus corredores, subyugados por la historia acompañada con efectos de sonido que escupe la audioguía. La gran cantidad de turistas no le impide a uno sentirse terriblemente solo cuando se sienta en la grada del pequeño patio de recreo y mira hacia el mar.

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Y al otro lado vuelve a estar San Francisco. Como la cursilería cabe en cualquier sitio, la audioguía de Alcatraz insiste en que la gran pena de los presos era tener tan cerca una ciudad así de bonita y no poder alcanzarla. No poder alcanzarla, no poder caminar por Chinatown y ver los patos laqueados chorreando tras los escaparates, no entrar en el vestíbulo del mítico Hotel Westin St Francis en busca del Halcón Maltés, no poderle robar al dueño de una de las maravillosas casitas de la Marina el periódico que el repartidor ha dejado en la acera, no poder dormitar en una misa dominical de Mission Street como siglos antes lo hicieron los religiosos españoles que catolizaron la bahía, o simplemente no poder quedarse escuchando a un músico callejero y echarle una moneda de dólar. Suerte que Alcatraz ya está cerrada y uno no tiene que preocuparse por estas cosas.

 

Ruth Bardisa/Voro Contreras

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