Remate de alta velocidad

Encontramos una visión distinta de la estación del AVE de Valencia a la que luce desde el día de su inauguración entre la provisionalidad de la última hora y los trabajos contrarreloj por terminar a tiempo.

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391 kilómetros separan Madrid y Valencia en el AVE. Una distancia que nadie olvidará desde el domingo 19 de diciembre, cuando entre en servicio la nueva línea de alta velocidad que unirá la capital de España con el Mediterráneo en apenas una hora y media. Esas tres cifras darán la bienvenida a los viajeros que acudan a la estación Joaquín Sorolla de la ciudad del Turia, la misma que a unos días vista de la inauguración estaba envuelta de prisas, cajas de cartón, embalajes, petos fluorescentes, policía, agentes de seguridad y otros sustantivos identificativos de la provisionalidad y de los remates de última hora.

360gradospress se acercó esta semana por sus andenes vacíos a cinco días vista de su puesta de largo para conversar con los otros usuarios: aquellos operarios que han hecho posible que el tren de alta velocidad una las dos capitales con la mejor de sus caras.

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Brigadas de limpieza. “Yo estoy aquí desde el 27 de abril haciendo la limpieza de obra”. Ana Ferrando lleva 13 años trabajando en tareas de limpieza y es la coordinadora del equipo de 15 limpiadoras que ha ido detrás de las obras quitando la suciedad más difícil, la del cemento, la de las grandes obras que han rodeado la construcción de la estación. “Ahora ya ha pasado lo más duro, aunque seguiremos trabajando en las oficinas, en las aseos y en la suciedad que quede de los últimos remates”, asegura mientras imagina las ventajas que le reportará la nueva línea férrea. “Va a hacer mucho papel, nos va a venir muy bien a los que tenemos familia en Albacete o en Madrid”, expresa.

Por su parte, Mónica Miró se encarga de un equipo de mantenimiento compuesto por  9 trabajadoras. “El AVE ha dado trabajo. Yo siempre he trabajado en la otra estación, en la del Norte, pero con la nueva he pasado a compartir las tareas de mantenimiento con 8 personas que estaban en paro. Eso es muy buena noticia en estos tiempos que corren. Nos encargaremos de supervisar y de mantener limpias las zonas de viajeros, del personal de Renfe…”.

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Establecimientos. Instalaciones eléctricas, cámaras frigoríficas, decoración escondida en grandes cajas de cartón, idas y venidas de material, herramientas que funcionan a pleno rendimiento por los distintos establecimientos. También quieren estar a punto para cuando llegue el momento de dar su particular bienvenida a los viajeros que discurran por estos pasillos con forma de U entre los que se distribuyen los locales, como una metaciudad de servicios que a cinco días del ‘on’ aún está por estandarizar.  

Huele a polvo, a cable y a revista nueva.  Hay tanta prisa que apenas se puede hablar con los albañiles que terminan de rematar instalaciones mientras los propietarios de los establecimientos supervisan nerviosos el material que les queda por recibir. Se juegan una inversión de varios miles de euros al mes en concepto de alquiler a la carta de la alta velocidad y eso, en tiempos de crisis, “genera incertidumbres. Ya puede funcionar el AVE porque lo de implantarnos aquí ha sido una apuesta de futuro”, explica el dueño de una franquicia.
Junto a una de las entradas de esa U imaginaria, llama la atención un negocio de productos relacionados con la horchata, donde terminan de colocar la carta de productos, entre la que encontramos con sorpresa que se rompe el mito de que la horchata no se puede mezclar. Los cócteles y frapés que anuncia el menú de esta bebida valenciana dan fe de que el AVE también romperá esa leyenda.

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Reloj, cuenta atrás. Mientras las aproximadamente 300 personas (pasajeros de chaleco fosforescente) rematan sus respectivas faenas, en la fachada principal del exterior, un reloj sobrio de gran tamaño marca el tiempo. Ya funciona, lo que alimenta de realismo la cuenta atrás que todos han sincronizado para llegar a tiempo al día ‘d’. Enrique trabaja “haciendo unas reparaciones en las juntas, los últimos remates después de la gran obra”, asegura. Lleva un mes de ajetreo en la nueva estación y desborda tranquilidad respecto al poco tiempo que queda para que todo esté listo: “Ya estamos terminando”, matiza antes de afirmar que “lo del AVE a mí no me afecta mucho, no tengo familiar fuera. Aún así, espero que algún día me dé por cogerlo para ir a Madrid”.

Otros, como Javier y Ximo, encargados de supervisar la instalación eléctrica, llevan más de un año trabajando en la nueva estación e ironizan con este hecho al defender que “ya nos podrían regalar un pase de 10 viajes por haber trabajado aquí, al menos que nos llevaran a dar una vuelta a Cuenca, aunque sea”. La conversación se corta tajantemente por una radial que reanuda el corte de los bloques de granito que faltan por colocar en el suelo.

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Del metro a la estación. Nos alejamos del ruido de obra conforme accedemos a la salida del recinto. Antes, un vigilante nos saluda y advertimos que las vallas del aparcamiento están envueltas en plástico, levantadas y los vehículos que acceden a sus plazas son furgonetas, camiones y coches comerciales. Un escenario bien distinto del que compondrán los coches de alquiler, los taxis y los vehículos particulares en unas horas.

Al salir, nos encontramos con Cándido y Manuel, dos técnicos que se afanan en terminar de pintar en la acera, junto al semáforo que conduce a la Joaquín Sorolla, la decimoctava indicación que orientará a los pasajeros del metro hasta la estación y viceversa. “Llevo 30 años trabajando y he visto la evolución de los trenes a este, desde el de madera hasta el AVE”, nos cuenta Cándido mientras se emplea con un pincel en una forma doméstica de solventar la distancia que hay entre ambos puntos y la imposibilidad de integrar bajo un mismo techo  el metro y el AVE. El dinero no dio para más. El tiempo, tampoco.
 

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