Que cante el vino

7.000 botellas descatalogadas de coleccionista, etiquetas y letreros de bebidas de otras épocas, más de 120 instrumentos del siglo XIX y del XX y un negocio espirituoso delicatesen componen los pies de un curioso museo-bodega centenario regentado en Valencia por el también músico Vicente Gabarda.

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“Soy músico, mi hijo es músico y mi padre también. Comoparticularidad vendo vinos, licores, y cervezas y en mi local siempre seescucha música clásica. Cuando la gente no sabe cómo encontrarme y pregunta aalguien por la calle suelen recibir la indicación de ‘es una tienda dondesiempre hay música”. Algo más que música hay en la Bodega Baviera, sita en lacalle Correjería de Valencia, que fue fundada en 1870 y que nuestroprotagonista de esta semana, Vicente Gabarda, regenta desde hace 30 años,tiempo en el que ha convertido esta bodega en un museo que combina sus dosquehaceres: la música y las botellas. 360gradospress ha conversado con élmientras conocía las características insólitas de este negocio y las anécdotasque su protagonista quiso compartir.

Huele a madera húmeda, a bodega de las de siempre, a negociotradicional, a cariño, a atención al detalle, a ‘aquí encuentro esa botella dela que me hablaron…’. Las grandes superficies y la venta al mayor no han podidocon este rincón aparcado en el casco histórico de Valencia, muy cerca de lacatedral. “El secreto está en contar siempre con marcas de pequeñosviticultores de la geografía española, mi especialidad es encontrar pequeñosproductores, de los que no exceden las 4 ó 5 mil botellas. También otroscaprichos, como los vinos naturales para especialistas, más puros incluso quelos ecológicos y que proceden de Las Alpujarras, Cataluña y Murcia”. VicenteGabarda habla con pasión de su negocio, donde es difícil centrar la vista enalgún punto ajeno a anécdotas.

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Su abuela regentaba una cantina en Villar del Arzobispo,pueblo del que procede. “Sus clientes eran borrachines, algo que era unamolestia para la familia por las muy constantes cantarías que ofrecían, y esque no hay nada que cante más que el vino. Pero mi abuela ya nos decía quegracias a esas cantarías podíamos vivir, por eso incluso les tapaba con mantasde casa a los clientes cuando se emborrachaban”. A Vicente se le iluminan losojos mientras rescata los orígenes familiares que le catapultaron a montar estenegocio de deleite sensorial para el que lo visita.

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Como ya se ha dicho, sin ser descendiente de la familia queda nombre a la bodega, Vicente recuerda que “los Baviera eran comerciantesdedicados al mundo del vino hasta que en 1960 nos ocupamos nosotros de labodega”. Precisamente, desde entonces él sumó las notas del pentagrama a lasbebidas. Como hilo musical, el horario comercial de la bodega está marcado porlas ondas procedentes de Radio Clásica, que se escucha en el lado derecho delnegocio, el perteneciente a la tienda abierta de cara al público. El izquierdo,con acceso individual a través de otra puerta, es el museo de la bodega, con7.000 botellas de miniatura fuera de catálogo, más de 120 instrumentos inéditoshoy en día y botellas etiquetadas con diseños de otras épocas.

El museo

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Similar a un bodegón del coleccionismo musical yespirituoso, los viandantes que caminan por la calle Correjería se vensorprendidos por el escaparate de un museo particular: el de la bodega deVicente Gabarda. Mientras abre hueco entre los instrumentos y enciende lasvitrinas donde descansan en silencio las botellas descatalogadas decoleccionista, aprovecha para decir que “las cosas han cambiado mucho de cómoeran en los años 40, 50 o 60. Hemos pasado del mundo del granel a la era de lainformación, la gente cada vez está más documentada y hay más acceso a lascosas. Aún así, todavía se puede comprar una buena botella de vino por 1,35euros; o comprar un cuarto o medio litro de vino si vienes con un casco”.

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Los diseños, la voracidad del mercado y la prohibición dealgunas bebidas han provocado que inevitablemente las botellas hayan idodesapareciendo. “A mí me gusta coleccionarlas y atender a coleccionistas, queno bebedores, que guardan una botella para la eternidad sin consumirla. Hacepoco entró un holandés especialista en tequilas a por una botella que tuvimosque camuflar para que su mujer no se diera cuenta de que la había comprado. Yeso que no bebe, sólo la quería para coleccionar…”, recuerda Vicente rodeado delas 7.000 botellas que él mismo denomina como su “santuario”. En el mismo,encontramos botellas como la verdadera Duque de Alba, el Royal Misa o un brandyfabricado hace tiempo en Catarroja (Valencia) que se llamaba Coñac Montecrist,”de cuando la palabra coñac estaba prohibida”.

El otro ‘santuario’:el musical

A base de buscar en chatarrerías, en rastros y anticuariosde todo el mundo, Vicente ha conseguido completar la otra parte de la colecciónque contempla su museo: la de instrumentos. “Muchos los ha donado gente queconsideraba que su sitio estaba aquí, donde lo puede disfrutar el pueblo, antesque estar encerrados en casas particulares”. Vicente asegura que algunosinstrumentos de los que alberga su museo “llegaron en un estado lamentable ygracias a mecánicos y a la búsqueda en catálogos hemos conseguido darles vida”.De hecho, todos los instrumentos del museo Baviera están vivos o, lo que es lomismo, tal y como asegura Vicente “todos suenan porque los instrumentos tienenque sonar, sino son objetos”.

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Entre las numerosas curiosidades, encontramos un saxofón dela primera época de este instrumento (1840), un sarrusofón (instrumentoinsólito porque es muy difícil de encontrar bien conservado) , un bugle de1860, un helicón o una flauta de madera de cinco claves que “utilizaron pararodar el fragmento de una serie sobre una novela de Blasco Ibáñez”.

Colocamos meticulosamente los instrumentos, tocamos algunaetiqueta insólita e inmortalizamos gráficamente el rincón de Vicente antes derecoger los bártulos para contaros esto que acabáis de terminar de leer. 

 

Estefanía G. Asensi

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