Verano sangriento

Por Carlos Bueno, escritor y periodista

El toreo importa. Por mucho que algunos personajes influyentes intenten ningunearlo y por mucho que los antis griten o se desnuden pidiendo derechos humanos para los animales, el toreo continúa importando en esta España actual.

Pese a que algunas televisiones sólo nos cuentan la vida, obra y milagros de José Tomás, cualquier retransmisión taurina alcanza grandes cotas de audiencia, y los programillas rosa de mañana, tarde y noche siguen ocupándose de la intimidad de los toreros.

Pero el toreo es mucho más que la simple parafernalia que el espectador percibe en cierta prensa desteñida de masiva tirada. El toreo es sacrificio, preparación, soledad, desasosiego, dureza, una forma de entender la vida, casi una religión; es sufrimiento. Por supuesto también es grandeza, gloria. Pero para alcanzarla hay que vivir muchos sinsabores y miedos en la intimidad más absoluta. Miedos fundados, porque lo que uno se juega es la vida. No hay trampa ni cartón. No hay efectos especiales ni trucos.

Los medios de comunicación acostumbran a mostrarnos los éxitos más relevantes del torero de moda o los percances más espectaculares sufridos en las ferias importantes. Pero olvidan que para llegar a convertirse en figura del toreo y verse anunciado en las plazas de relieve hay que pasar varias pruebas de fuego, hacer el paseíllo en recintos sin la repercusión anhelada y superar diferentes etapas de aprendizaje.

Los novilleros, por ejemplo, se forjan donde pueden, generalmente alejados de los cosos más esplendorosos. Consienten torear donde el billete es pequeño y el toro grande. Donde la influencia mediática es irrelevante. Pero también allí el toro coge y cornea sin tener en cuenta bagaje, ni categoría, ni sueldo.

Los últimos días de agosto han sido especialmente sangrientos con los más noveles. Poco nos han informado de ello los medios de comunicación en general. Quizá así sea mejor, no sé. Pero me sabe mal que quede en el olvido el peaje que han tenido que pagar varios de los que ansían la gloria pero que hoy todavía son nombres desconocidos para el gran público.

El colombiano Luis Bolívar sufrió una cornada en Málaga con dos trayectorias, de 20 y 35 cms, de carácter grave en la cara posterior de la tibia. En la localidad francesa de Carcassonne el novillero Juan Carlos Rey recibió otra cogida grave de 20 centímetros en el muslo derecho también con dos trayectorias. En Saint Sever un novillo le atravesó el cuello al francés Patrick Oliver. Después de ser atendido en la enfermería de la plaza fue trasladado en helicóptero a Bayona, donde tras seis horas de intervención se comprobó que la tráquea se sostenía por tan sólo dos nervios y que seguía vivo de milagro.

Un caso atípico es el de Christian Baile, de 54 años y alguacilillo de la plaza de Carcassone. Un novillo de Miura saltó al callejón y le hirió en primera instancia en la pierna, y después volvió a por él mientras estaba siendo llevado a la enfermería corneándole en el vientre y en el pulmón. En estos momentos todavía se debate entre la vida y la muerte.

Si José Tomás hubiese sufrido el mínimo rasguño nos lo hubiesen mostrado hasta la saciedad; es lo que tiene estar arriba. Pero el sur también existe y, aunque sus habitantes no ocupen las portadas de las revistas más leídas, no conviene olvidarlo. No sería justo. Sí, el sur también existe, y también importa.

Óscar Delgado

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