Un texto más

Tendemos a pensar, en ocasiones, y lo afirmo por el mismo sentido que abarca el escrito, que somos diferentes o que presentamos particularidades que nos definen por encima de otras personas. Cuando nos dejamos arrastrar por pensamientos profundos, aquellos que no solemos compartir con nadie ni pensar en alto, caemos en el error frecuente de creer que alcanzamos dimensiones de inquietud más allá de las que otros abarcan o que trazamos pareceres originales en cuanto que inéditos.

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No, no es retorcida la reflexión, ni exclusiva, que ya se ha dicho. Tampoco pretendo acceder a un plano virgen jamás tratado por ningún escribiente con tiempo, sino reflexionar sobre una cuestión que me asalta últimamente, influido quizá por alguna lectura veraniega de última hora.

 

Cuesta creer que no somos imprescindibles, o que nuestra aportación a la humanidad, más allá de las proezas de superhéroes del saber, del deporte, de la cultura o de la historia, es un mismo repetido de pensamientos, reacciones y actitudes. Un refrito de vidas recreadas en estereotipos de comportamiento, privado y público, que enriquecen el sentido de la sociedad y el de los roles que nos toca desempeñar en ella.

 

Nadie puede creerse lo suficientemente paranoico como para tener exclusividad de pensamiento y mirar por encima del hombro al de al lado. Hoy está de moda el misticismo con olor a incienso, mañana regresará el pesimismo aséptico, quién sabe, pero nada nuevo.


@os_delgado

Óscar Delgado

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