Un desierto con voces

Por Segundo Tercero Iglesias, antropólogo

Este hombre llega, con el pelo blanco, traje negro, camisa blanca y corbata celeste, elegante, sabiendo que está elegante pues no acostumbra a vestirse así, y tal vez no le gusta pero por una vez, piensa, me sienta bien, y esa limpieza de conciencia se traslada ya antes de que pronuncie ni una sola palabra. Acerca los micrófonos.

Bueno, en momentos así me acuerdo de mis maestros, con gratitud y reconocimiento por lo que me han enseñado. He tenido muchos y todos han sido muy importantes para mí. Mi primer gran maestro, al que rindo homenaje, lo encontré en el asilo psiquiátrico donde fui a trabajar al volver de la guerra. Vi a un hombre mayor con una barba solemne a quien los médicos llamaban esquizofrénico, se aproximó a mí y me dijo: doctor, el mundo ha sido hecho por detrás. Y, con el tiempo, comprendí que si quieres escribir tienes que hacerlo por detrás, pues estás trabajando con cosas anteriores a las palabras, con las emociones, con las pulsiones, con todo eso que por definición no es traducible en palabras y que intentas sacar con las palabras que escribes. Todos los grandes escritores que he leído escribían por detrás. Un libro se hace por detrás, para que no se vea el reverso del escenario. Sonríe. Bueno, ese ha sido mi primer maestro.

Cuando estaba en África en la guerra, me sorprendía siempre la noción del tiempo que los africanos tienen. Porque uno de mis problemas como escritor, yo pienso que es el problema de todos los escritores, es cómo solucionar el problema del tiempo. Porque quizá la gran cuestión de nuestra vida sea la angustia del hombre o de la mujer en el tiempo. Y me sorprendía muchísimo porque para ellos no había pasado presente ni futuro, había un inmenso presente que contenía en sí el pasado y el futuro también, y ese presente caminaba como una ola. El problema esencial de la escritura, el problema del tiempo en las palabras.

Mira hacia abajo. He tenido otros maestros, me acuerdo de cuando era médico, era internista de una señora que tenía un cáncer y le pregunté por qué no ha venido antes al hospital y ella me contestó: porque no tengo dinero. Y, después, me dijo una frase que nunca voy a olvidar: quien no tiene dinero no tiene alma. Eso me emocionó hasta las lágrimas. Ha sido muy importante para mí la necesidad de hablar por aquellos que no tienen voz, y a quienes han quitado el alma.

Y, para terminar, mi último y más decisivo maestro, un chico de cuatro años, José Francisco, que se estaba muriendo de un cáncer, al que mucho quería. Y al morir, un empleado se lo llevó envuelto en una sábana por el pasillo y yo vi el pie de José Francisco balanceándose por fuera de la sábana mientras se alejaba. Entonces comprendí que toda mi vida he escrito para ese pie y que todos nosotros, los que escriben, escriben para un pie que se alejaba, para el pie de un niño muerto.

Una de las cosas más hermosas de la literatura es que nos hace erguir de las patas traseras y proyectar una inmensa sombra, y es lo que nos da dignidad y sentido a nuestras vidas. Hablar por los que no tienen voz, hablar por los que aún no han encontrado su voz, hablar por lo pies de los muertos que se alejan y que así seguirán vivos.

Muchas gracias a todos. Este hombre se va, con el pelo blanco, con el traje negro, la camisa blanca y la corbata elegante. Este hombre se va, en silencio, pensando que si uno quiere escribir libros en serio tiene que aspirar al silencio y llenar los libros de silencio, y que el lector lea las palabras que no están ahí escritas y no obstante ahí están. Un desierto con voces. Este hombre se va tras recibir el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2008. António Lobo Antunes.

Marga Ferrer

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