Las sombras y el hombre

El hombre nunca guarda en su mano una flor, guarda una espada o una pistola. El hombre no mira la inmensidad del mar, el espejo azulado de su faz, sino la forma de cruzar las aguas sin mojarse.

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El hombre no mira a los ojos del hombre, solo busca sobrevivir más allá de una azotea, se aleja del visor de los francotiradores y espanta moscas. El hombre es un animal que no precisa jaulas, es un ave que vuela y se olvida de las nubes; una ballena que no sabe nadar, un esquimal que camina desnudo de sueños entre las nieves; el hombre es el chófer de un Cadillac sin frenos que perdió el tren una tarde de otoño cuando jugó a ser Napoleón.

Hay hombres que duermen con un ojo abierto porque un alma les vigila con el cuchillo de trapo que esgrimen los inocentes. Esos hombres dan la mano con un guante negro y regalan sonrisas de plata señalando el corazón. El hombre es un ave rapaz que solo devora conciencias y pensamientos libres.

El hombre no trabaja, codicia. Y envidia. Sabe muy bien que la envidia tiene fecha de caducidad: la muerte. A partir de la muerte, la envidia del hombre convierte su veneno en la compasión. La calle está llena de compasivos armados, desarraigados libres de culpa, bomberos que huyen del fuego y curas sin púlpito. La calle es una ambición que no quiere nada, un circo habitado por payasos tristes, donde se escupen palabras cóncavas y risas de neón.

El hombre es un desastre perfecto en medio del océano, una lavadora de frases sucias que nunca se borrarán porque ayer no nacieron más niños y nadie bendijo la mesa. El hombre se quedó esperando a ser fiel a sí mismo y se olvidó de su sombra. Hasta borraron su sombra.

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@butacondelgarci

José Manuel García-Otero

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