Las app o cómo vivir más controlados que en la casa de GH

Hacía el año 2005 más o menos, aunque más menos que más, irrumpieron en el mundo mundial las aplicaciones para móviles. Hasta ese momento muy pocos habían oído hablar de las ‘app’ fuera del selecto grupo de los informáticos y parainformáticos de postín, que en esto de la ciencia de la computación hay mucho impostor operando desde el garaje de su casa.

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De la noche a la mañana los teléfonos móviles se convirtieron en algo más importantes que los antidepresivos. Pasaron a ser en algo indispensable para todo quisqui. El mercado echó el ojo y las ventas crecieron como la espuma. Progresivamente, fueron apareciendo los smartphones, las tabletas, las compañías de gestión, las plataformas y los sistemas operativos para móviles: que si Symbian, que si Android, que si Blackberry, que si IOS o que si Windows Phone. De la noche a la mañana, se armó la marimorena. En 2008 Apple creó la primera tienda y dos años después la lanzó al ciberespacio, que es como cruzar el desierto del Sinaí comandado por Moisés. Ese mismo año la palabra app, abreviatura de application program, fue elegida palabra del año por cierta institución norteamericana del estado de Utah a caballo entre la filología y la auditoría del libro Guinness de los Récords. Notición para News of the World y otras cabeceras primas hermanas.

 

Hoy tenemos aplicaciones para todos y todas, para el niño y la niña, porque los infantes han abandonado los Playmobil y la Barbie por el smartphone. ¿Cuántos niños han descubierto a través del móvil que su mamá  practica el zumba zumba con un monitor brasileño sin que lo sepa su papá y encima se hace un selfie en porreta?  Con el móvil y gracias a las app podemos jugar a todo tipo de juegos habidos y por haber. Podemos  leer, dibujar, hacer gimnasia, correr, corrernos, competir en monopatín con mayores de 75 años, cuidar las plantas a distancia, enseñar al  periquito  a jugar al backgammon, adegalzar, engordar, ligar, buscarle un ligue al gato de la vecina, tener sexo rápido, tener sexo lento, no tener sexo, visitar el cementerio de Pierre Lachaise, aprender lenguas muertas y enterradas o bordar cojines según la técnica de unas ancianitas artesanas de Kuortane, en Ostrobotnia del Sur, Polonia, que parece que se ha convertido en el pasatiempo más cool en la zona meridional del mar de Barents, que es como decir todo el planeta Tierra.

 

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Las app, unas gratuitas y otras de pago, tienen la finalidad de hacernos la vida más fácil. Eso dicen, porque lo que realmente hacen es saturarnos, a agobiarnos,  y ensuciar la pantalla de nuestro teléfono móvil.  Y eso que esto es el mal menor. La mitad no funcionan y la otra mitad ni siquiera sabemos por qué las hemos descargado.  Lejos  de ayudarnos, se han convertido en una especie de maldición de Pocahontas  en versión Silicon Valley. Pero una maldición letal. Y os lo explico planteando unas preguntas: ¿No estáis hasta la coronilla de tantos grupos de Whatsapp? ¿No estáis hasta el pirri de estar geolocalizados en todo  tiempo y lugar, incluso en una letrina del Parque Nacional del lago Nakuru? ¿No estáis hasta la peineta de vivir en un estado permanente vigilado? ¿No creéis que con el móvil y las App vivimos en una eterna  casa de Gran Hermano? ¿No creéis que, en realidad, hay muchas personas enganchadas al móvil y al Whatsapp? ¿No creéis que el smartphone se ha convertido en algo más adictivo que la heroína? De comunicarnos, poco; de banalizarnos, mucho. Tras la risa, lo que hay es control. Bye, bye,  Freedom. Digo las app.


@manologild

Ana Bellido

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