En el ring

Por David Barreiro, escritor y periodista

Es evidente que el deporte no ha sido uno de los paisajes favoritos de escritores, cineastas o artistas en general, a pesar de que mucho de sus elementos: esfuerzo, competición, rivalidad… pueden parecer, a priori, interesantes desde el punto de vista narrativo.
Sin duda, el boxeo y sus suburbios es el que mejor ha encajado en el celuloide con películas inolvidables como Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980) o la crudísima Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004), aunque la mejor película de boxeo que se puede ver fue real y la protagonizaron Alí y Foreman en Kinshasa en 1974 con el clímax en aquel octavo asalto que forma parte ya de la historia.
En lo que hace referencia a la literatura, a nuestra literatura, tenemos dos exponentes de las virtudes dramáticas de este deporte. El primero es el escritor madrileño David Torres quien en las novelas El gran silencio y Niños de tiza da vida a Roberto Esteban, un púgil retirado que llegó a ser campeón de Europa de los medios y que trabaja como matón a sueldo. Es un tipo adusto y solitario aunque tiene un corazón tan grande como sus puños. El otro es el gran –nunca nos cansaremos de recordarlo– José Luis Alvite, un columnista único que ambienta sus relatos en el Savoy, ese local oscuro en el que nos dejamos caer cuando arrecia la tormenta. Por el Savoy para, aunque muchas veces ni lo recuerda, Sony Sweet Sullivan, que Alvite define así
“Lleva años alejado del ring pero aún conserva secuelas de los golpes. A veces se acerca al barman del Savoy y le pregunta por el andén del tren a Chicago. En el boxeo no ahorró dinero. Gastó bastante en juergas con mujeres y dice la leyenda que un buen puñado de billetes el muy idiota los guardó en el fuego. Y cuando se dio cuenta, era un pobre diablo con el dinero justo para necesitar mucho más. Los billetes que le quedaban dicen que los gastó en pagarle al tipo que le enseñó a contarlo. También se dice de él que el hueso más duro de su rostro es la cereza del martini. Una madrugada me contó que en sus malos tiempos tras malgastar el dinero del boxeo, espesaba la saliva en la boca para tener algo que comer. Dudo que sea cierto, pero también se corrió por ahí que Sony había compartido la dentadura postiza con un ex-jugador de béisbol. ¡Pobre Sony! Dice que «en los Buenos tiempos del Madison, yo era negro como carbón a oscuras pero tenía un dinero, muchacho, así que, ¡lo que son las cosas! las chicas me confundían con Troy Donahue».”
Y es que, como me dijo un editor una vez: “Una buena novela ha de ser dura y directa: como un gancho de izquierdas”.

J.V.P.

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