Tras la máscara de la seguridad

La obra de la artista británica Gillian Wearing coloca antifaces de protección a quienes no quieren mostrar su imagen y expone el poder que una fotografía o un fotograma pueden alcanzar a la hora de expresar los sentimientos y la personalidad del ser humano, incluidos los de su propia autora.

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Oscar Wilde ya lo decía claramente: “dales una máscara y te dirán la verdad“. Esa falsa sensación de protección que produce el ocultarnos tras el antifaz del anonimato o de la personalidad de otro ser humano o, como hoy sucede muy a menudo, tras la seguridad que consigue el ordenador, Internet y las redes sociales a la hora de comunicarnos y de expresar lo que pensamos o creemos.

 

Para la artista británica Gillian Wearing las máscaras que llevamos, más de las que pensamos o confesamos, también le han servido para meterse en la piel de otras personas que deseaban hablar de sus vidas, de su sufrimiento, de sus alegrías y de sus penas sin la necesidad de mostrar sus propias emociones a través de la faz. Al igual que para meterse en la piel de su propia familia y, con ello, sumergirse en el conocimiento y en los lazos que le unen a ella y reencontrarse con sus propias esencias, que se guardan con llave tras esas caras de cerámica a través de la creación artística. “Todos tenemos muchos yoes, tanto física como mentalmente; los rostros y los cuerpos cambian con el tiempo, y las circunstancias y la suerte, o el destino, nos configuran“, explica la creadora.

 

A esa necesidad por conectar con ella misma y con quienes la envuelven o desean que les envuelva se une su tremenda curiosidad por descubrir lo que yace bajo la superficie, por aquello que no se ve, como los niños investigan buscando debajo de las piedras o entre los matorrales o los granos de arena. Justo de esto, del autoconocimiento, de la comunicación de sentimientos silenciados puros y desgarradores y del ansia creativa desde el corazón, trata la exposición que la artista exhibe en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), de Valencia, (@gva_ivam).

 

Vuelve, tras 14 años sin exponer en España, para presentar sus obras más recientes y para recuperar piezas anteriores con las que el espectador pueda hacer un recorrido por toda su trayectoria artística. Un camino de éxitos que le ha llevado a recibir el prestigioso premio británico Turner Prize y a mostrar su trabajo en museos de arte de todo el mundo como el The Rose Art Museum of Brandeis, de Massachusetts, USA; el Museum Brandhorst, de Munich, Alemania; el ACCA Australian Centre for Contemporary Art, de Melbourne, Australia, o el Musée d’Art Contemporain, de Montréal, Francia.

 

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Una obra reflejo de la personalidad de su autora
En la exposición que le trae a nuestro país habla de “la identidad, la comunicación, los roles y las convenciones, lo que se oculta tras la superficie del comportamiento social, la violencia cotidiana, los traumas, las aspiraciones humanas y las inquietudes“, como cita Marta Arroyo, coordinadora de la exhibición. Una oportunidad para conocer a una creadora que Arroyo describe como “cercana, observadora, reflexiva, atenta, respetuosa, cálida y a la vez rigurosa“, características que se perciben en sus obras: “en la proximidad que desarrolla con las personas, sujeto de algunas de sus obras, y por las que manifiesta un interés genuino; en el respeto con el que trata todos los temas, algunos de ellos incómodos, evitados y frivolizados por parte de la sociedad, y en la calidad y la meticulosidad de la presentación de las piezas, así como en la originalidad y la creatividad que desarrolla en su lenguaje plástico“.

 

Un retrato enmascarado de la sociedad
La exposición se compone de 8 videoinstalaciones de gran formato como Bully (2010), que recrea la experiencia de acoso sufrida por un hombre, o Secrets and Lies (2009), en la que un conjunto de hombres y de mujeres, con disfraces y máscaras, describen de forma anónima experiencias personales delicadas, y de 11 fotografías, entre las que destaca la inédita Rock ‘n’ Roll 70, en la que aparece ella misma con distintas versiones de su posible aspecto a los setenta años, conseguidas a través de procesos de envejecimiento artificial.

 

También se muestra una pieza escultórica, rara avis en su proceso artístico, que reproduce en cera la mano de Wearing y que tiene cada uña pintada de blanco, rojo, amarillo, negro y azul, respectivamente, colores básicos del pintor del siglo XX y maestro de la abstracción geométrica Piet Mondrian, reflejo evidente de las constantes referencias a la historia del arte y a los artistas que la componen que hace la británica.

 

Las personas me inspiran y quiero capturar voces que creo que no son escuchadas a menudo. Espero que mi obra encuentre eco en el público, que haga que las personas piensen sobre sus propias experiencias o que descubran cómo las vidas de otras se ven afectadas por el destino o las circunstancias“, desea Wearing. Una fijación por el concepto del yo, por la imagen que proyecta socialmente, por las historias que la sostienen y que se callan que mantiene desde principios de los noventa y que se traduce en una obra muy personal que, al igual que su rostro irá cambiando en el camino hacia la vejez pero quedará plasmado y eterno en las fotografías, sobrevivirá al paso del tiempo.


@casas_castro

Javier Montes

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