Pañales, toallitas, tupper y… de festival

Suenan los primeros acordes de Get Right del grupo norteamericano Jimmy Eat World y, sobre la hierba quemada por un verano abrasador, un rubio de greñas levanta la mano y comienza a saltar, enfebrecido por el ritmo pegadizo del single del último disco de la banda de Arizona, titulado Integrity Blues. Nada fuera de lo común si pensamos que estamos en el DCODE 2016, el certamen que cierra la temporada festivalera y al que acuden quienes han conseguido sobrevivir a la canícula de las postrimerías del verano en Madrid, si exceptuamos que el rubiales, que luce orgulloso su pulsera rosa de acceso al recinto a quienes pasan a su lado, tiene… dos años.¿Qué hace ahí?

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Es posible haya que buscar el origen de esta situación en que su madre, que bebe agua para soportar el calor en plena hora del té, vivió mucho tiempo atrás el nacimiento de los festivales cuando allá por 1995 acudió a la primera edición del Festival Independiente de Benicassim –lo de FIB llegaría mucho más tarde– para ver a Supergrass o Los Planetas en conciertos que han pasado a esa leyenda que escriben los pioneros y que en muchas ocasiones no tiene tanto que ver con la trascendencia de la calidad como por la épica de lo hasta entonces desconocido. Esta chica es sólo una más de los miles de madres y padres que disfrutan de la música en directo pero cuyos días, dictados por los más pequeños de la casa, han de ajustarse más que nunca al reloj solar: hay que levantarse y acostarse temprano.

Pensando en este target, que va aproxidamante de los treinta a los cuarenta años, algunos festivales se han decidido a crear espacios para los más pequeños, como es el caso de este DCode Kids, que en el marco del festival madrileño acoge actividades, talleres y juegos para niños, además de conciertos de músicos que, después de recorrer también España a finales de los noventa tocando para los jóvenes de entonces, se han reciclado y lo hacen ahora para sus hijos. Es el caso de Petit Pop, formado por antiguos miembros de grupos del aún recordado Xixon Sound y que ha cosechado un éxito considerable en los últimos años saltando la barrera simbólica de los Picos de Europa con sus melodías contagiosas y sus letras divertidas con cierto compromiso social y carga nostálgica, para que a los padres les sean más llevaderos los viajes en coche obligados a escuchar el mismo tema una y otra vez por la exigencia de la muchachada.

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La semana pasada, también en Madrid, se celebraba la última edición de Brunch in the park en el anfiteatro del parque Tierno Galván, al sur de la ciudad. Desde por la mañana hata la puesta de sol, diversos dj’s amenizaban el cotarro ante multitud de padres con niños que se habían llevado la comida y disfrutaban de un día en la naturaleza –la naturaleza que un parque en la capital puede albergar– entre castillos hinchables, futbolines, figuras de plastilina o minigolf hasta que, a las siete de la tarde, hora en que concluía esta sección denominada Petit Brunch, las familias debían irse, el volumen comenzaba a subir y miles de jóvenes y no tan jóvenes –pero sin peques de la mano– entraban para abarrotar el anfiteatro y disfrutar de la sesión de Tiga, la estrella de la noche.

A esa hora, ya en la tranquilidad del hogar, el rubiales que había bailado hasta el rock socarrón de Eagles of Death Metal en el DCode y había construido un cohete tricolor en la zona de juegos del Brunch in the park, dormía plácidamente después de un día de concierto mientras sus padres, contentos y exhaustos, comentaban:

– Que se prepare, sólo lleva un par de festivales. Le quedan treinta años.


@_davidbarreiro

David Casas

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