Muerte en Río Bravo

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Allí estaban ellos, como dos piedras de carne ancladas en la orilla, bajo un colchón húmedo de cañas y cieno pegajoso, inertes, sujetos a un macabro baile sin máscaras, donde la música del agua turbulenta no concede respiro y los pájaros vuelan buscando la noche. Padre e hija, dos fantasmas con el reloj parado y los sueños rotos; dos almas en fuga que dejaron sus cuerpos bajo las turbinas furiosas del río Bravo, un diablo de largos brazos que cobra tributos de sangre en la frontera entre México y Estados Unidos.

Él se llamaba Óscar y ella, su hija, Valeria, de un año y once meses. Óscar, salvadoreño, buscaba una vida mejor en el poderoso estado del norte, cerrando la puerta a los que le avisaban que Donald Trump, el señor feudal de los gringos, que había endurecido las fortalezas con alambradas de espino, perros asesinos y vigilantes fronterizos con gafas rayband y fusiles M16 de fácil disparo.

Pero la vida de los salvadoreños pobres apenas vale el soplido de una mosca y Óscar quería ver para Valeria un cielo azul en otras partes, un plato de comida caliente y un sorbo de futuro con sonrisa de Mary Popins. Con mil penurias salvaron a los sicarios del desierto de Sonora, pero les esperaba el río Grande, con sus corrientes estriadas como cuchillas que los estrujó con el viento iracundo de sus propias olas.

Allí quedaron, a expensas del dios de las aguas, como dos monigotes vidriosos, sorteando espirales y atrapados en un silencio tan ruidoso que no quiso escuchar sus nombres. Óscar y Valeria, padre e hija, volaron muy lejos, volaron más allá del río Bravo, en el oriente de la mano dictadora de Trump, el señor que dispara contra los buscadores de sonrisas y los cazadores de sueños.

@butacondelgarci

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