La enseñanza de Frankenstein

Se cumplen doscientos años del nacimiento de unos de los libros más fascinantes y también de los más versionados de la historia de la literatura. Me refiero a ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’, de Mary Shelley. Durante el verano de 1816 el poeta Lord Byron recibió en su residencia de Villa Diodati, en Suiza, la visita de su amigo el poeta Percy Bysshe Shelley y su esposa Mary, así como de su médico personal John Polidori. En una de las largas veladas, muy frías aquel año por la irrupción del volcán Tambora, en Indonesia, Lord Byron retó a sus amigos a que cada uno escribiera la historia más terrorífica que se le ocurriera. Sólo Pollidori y Mary Shelley siguieron con el proyecto, porque el anfitrión fue un poco el capitán Araña y plegó velas.

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Polidori concibió una historia de vampiros basándose en alguna experiencia de Byron, mientras que la señora Shelley, tras tener una pesadilla que utilizaría en el capítulo cuarto de su libro, empezó a escribir Frankenstein basándose en las investigaciones de Luigi Galvani i Erasmus Darwin sobre la utilización de la electricidad para movilizar cuerpos inmóviles, muy de moda en aquellos años y tema de tertulia recurrente durante aquellas frías veladas de Villa Diodati. Nacía así no sólo la gran novela de terror gótico de todos los tiempos, sino la primera novela de ciencia ficción de la historia. Y lo que es más, en esa misma velada que se suele situar en la noche del 16 de junio, se aunaron en una misma génesis literaria dos criaturas terroríficas, Drácula (antes de Bram Stoker)  y Frankenstein, los dos topos por antonomasia de la literatura y el cine de terror. Y eso que que faltaban más de siglo y medio para que Jesús Franco los enfrentara en una misma película de la serie Z española.

 

Se ha hablado mucho, yo diría que muchisímo, sobre la dimensión fantasmática de este libro, de su génesis, del sufrimiento de Mary Shelley, de Byron y de lo que pasó, no pasó o dejó de pasar o se supone que tuvo lugar aquella noche en Villa Diodati. El cine como espectáculo de masas ha ayudado a ello. Ha generado versiones, secuelas y especulaciones de todo tipo, incluso iconografías y personificaciones como la del icónico Boris Karloff, que nunca pudo sustraerse del “horrendo huésped”, como le denomina la autora en algún pasaje del libro, a pesar de ser un hombre con mucho éxito entre las mujeres (tuvo cinco esposas), tal vez porque guardaba algún misterio, como su personaje. Lo bien cierto es que con la fuerza y la popularidad del cine la esencia y estética del libro de Mary Shelley ha quedado diluida, cuando no desaparecida, ausente, “lost”, tanto como o más que la Lost Ark de Indiana Jones. Ni siquiera la película de Kenneth Branagh con Robert De Niro lo consigue, y eso que es una de las adaptaciones más fieles al original. Al final se ha impuesto la cultura visual a la textual, el cine dominó sobre la literatura como el vídeo mató a la estrella de la radio, con permiso de The Buggles.

 

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Casi nunca se habla del fondo filosófico del libro de Mary Shelley. Una novela que gira en torno a la soledad, a la búsqueda de la amistad. Una novela que plantea una reflexión sobre la inmortalidad, sobre la sabiduría y sobre la vida. La autora no duda en comparar a su Víctor Frankenstein con Prometeo, el titán que fue capaz de robar el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Un hecho que puso en jaque a la divinidad, transfiriendo a los hombres el poder de los dioses, desmantelando a estos de su aura. El héroe de Mary Shelley traspasó los límites divinos y fue capaz de infundir vida a los muertos, algo reservado al poder divino. Prometeo desató la ira de Zeus, que en un ataque de rabia envió a los hombres a Pandora con su caja de maldades y enfermedades. Las divinidades, sean de donde sean, siempre tan misoginas ellas. No conforme con ello, el padre del Olimpo encadenó a nuestro ladrón ígneo a una roca del camino hacia el jardín de las Hespérides mientras un águila adicta al foie gras le deboraba constamente el hígado. Pero Prometeo le explicó a Heracles cómo robar las manzanas doradas de las Hespérides, algo así como la manzana de Adán y Eva en el árbol del bien y del mal. La cuestión es conseguir la sabiduría, sea en forma de manzana, fuego o monstruo. Un viaje para saber como los dioses, aunque estos siempre acaban convirtiendo, de momento, nuestra aspiración en una pasión inútil. Aquello del en sí y el para sí de Jean Paul Sartre.

 

A Víctor Frankenstein  le pasó lo mismo que a Prometeo. Forjó una especie de titán imperfecto en su búsqueda de la inmortalidad. Dominó el rayo de Zeus (servidor opina que se lo chorizó) y consiguió la eternidad momentánea.  Siendo eternos, los dioses no existen. Todos somos iguales. Pero la pasión inútil vino en forma de imperfección y la ira del Olimpo se convirtió en una persecución que llevó al Dr. Frankenstein hasta el Polo Norte. Y es que los dioses, vuelvo a repetir, de momento se salen con la suya en su ficción. Sino que se lo expliquen al arzobispo Santiago Cañizares.  Pero está escrito que al final de la película los hombres acabarán imponiéndose a los dioses. Sólo es una cuestión de tiempo. Los guionistas lo saben. Vamos si lo saben. Hasta lo divino tiene fecha de caducidad. Enseñanza Frankenstein. Digo.   


@manologild

Patricia Moratalla

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