La del pulpo

Por Óscar Delgado, periodista

El otro día saboree una ración de pulpo a la gallega que no pudo más que evocarme el uso populista que se ha hecho del cefalópodo en los últimos tiempos, a propósito del famoso adivinador Paul. Quien más, quien menos, se habrá expuesto a dosis informativas relacionadas con el animal que ha ensombrecido a la mascota oficial del mundial de fútbol (¿alguien recuerda el nombre de alguna de ellas desde el de Naranjito?). Su influencia ha sido tal que ha traspasado las fronteras de la cita deportiva, finalizada hace ya más de una semana, para suerte de todos los españoles y de todos los que no ven en el fútbol más que a 22 ricachones tras un balón.

“Pegue al pulpo Paul en su carpeta, en su coche o en su nevera”; “póngase una camiseta del cefalópodo más famoso y español del mundo”; “disfrute del verano con la pelota de playa del aficionado número 12”; “luzca el llavero del pulpo del mundial”… Toda una campaña de merchandising al que han recurrido las principales cabeceras informativas españolas con tal de reflotar las ventas de unos papeles en franca decadencia, en lo que a tirón popular se refiere, más allá de su adquisición en círculos cerrados de periodistas, políticos, bares y otras empresas de guardar que comen en función del espacio que premeditadamente han pactado de antemano con la publicación de turno.

El pulpo del mundial de fútbol, además de convertirse en filón televisivo, ha sido el inesperado acicate que ha lanzado, incluso, la canción del verano, el hit que en las últimas temporadas estivales pocos habían sido capaces de establecer consenso en torno a cuál había sido el más bailado y cantado. Este año ni siquiera ha hecho falta recurrir a las supuestas virtudes adivinatorias del cefalópodo para saber cuál será la canción más escuchada en las pistas de baile populares de cada pueblo de España. La de 2010 será la canción del tedio, la de la canícula en crisis, la del mejor mirar hacia otro lado, la de nadie y la de todos, la del pulpo.

El opio del pueblo ya tiene nombre, se llama Paul. Mientras, la vida cotidiana sigue sin encontrar la sincronía con la vida política, desde donde se aplauden tamañas maniobras de distracción en debates ataviados de la necesidad de encontrar ganadores y vencidos. ¡Una de pulpo a la gallega! Y, si me preguntan, responderé con otra pregunta. ¿Verdad Paul? Off.

Marga Ferrer

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