Aquel día cuyo recuerdo nos duele

El 11-M de 2004 no me creía nada. Yo andaba trabajando en la sierra de Cádiz, la noticia me supo a azufre y me golpeó con tanta fuerza que deambulé como un perrillo sin norte durante varias horas. La radio vomitaba dolor y nadie encontraba una explicación a la locura. Hacía frío y las nubes aplastaban el campo.

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Los minutos pesaban como adoquines y el airecortaba de puro miedo. Lo malo de todo era que ese miedo no tenía nombre nirostro, solo sabía que habitaba muy dentro y no había manera de arrojarlo a unpozo.

La radio contaba los muertos con una precisión quedesgarraba, como si lanzaran cuchillas y las recogiéramos en el aire. Pero nonos heríamos las manos, sino el alma. Todos queríamos que ese recuento lúgubreterminara de una vez, pero no dejaban de aparecer más muertos, un rosario degente inocente que murió sin saber nada, solo que se apagó su luz y luego llegóel silencio.

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Ese 11-M nos golpeó tan fuerte que España no fueEspaña durante muchas horas, solo una tierra donde el dolor quemaba y laincertidumbre nos arrancaba la piel a mordiscos.

Nadie sabía nada. Bueno sí: el Gobierno deAznar tuvo muy claro quién había sido. Y lo dijo bien alto,bien fuerte. Esos tipos dijeron que había sido ETA. Pero nadie escuchaba entretanto dolor y tanta muerte que nos abrazaba.

Los de aquel gobierno, pese a todo, siguieron consu música y su desvergüenza, ajenos a una sangre que nunca se secaba y a unrecuerdo que todavía duele cuando se toca.


@butacondelgarci
Foto: Carmen Vela

Altriam

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