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David Casas
Miércoles, 10 mayo 2017
Fenómeno fan

Cuando la cara de Nick Carter forraba tu carpeta

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Los años noventa han vuelto, como ya lo hicieron los ochenta hace algún tiempo, a través del recuerdo y de la morriña de la legión de fanáticos acérrimos de bandas como Backstreet Boys o Spice Girls, del Tamagotchi o de las primeras temporadas de Los Simpson.

[Img #25431]Como dijo el novelista Peter De Vries, “la nostalgia ya no es lo que era”. Sobre todo, desde que los adultos que vivieron su niñez en los ochenta decidieron, en una muestra evolucionada de su síndrome de Peter Pan, que todo lo que formó parte de su existencia en aquellos días volviera a la actualidad: La bola de cristal y Alaska y los Pegamoides, Mecano, las consolas de Atari y de Sega, las peonzas o Los caballeros del zodiaco. En unas cosas lo consiguieron (por presión popular), ya fuera como reediciones con el calificativo de retro o como reencuentros aniversario (el caso del trío madrileño). Con otras, no (las hombreras, por ejemplo; y menos mal).

 

Ahora le está tocando el turno a los nostálgicos de los noventa que, creciditos, entrados en la veintena y en la treintena y con un nivel adquisitivo mejorado tras alcanzar la satisfacción laboral medianamente bien tras la crisis económica, quieren revivir sus años mozos. De momento la empresa juguetera Bandai ya ha devuelto el Tamagotchi a los niños japoneses de finales de siglo XX, con un tamaño más pequeño, pero con la misma imagen y tecnología de entonces. No sabemos si se comercializará a nivel internacional (pero estaría muy bien). O Dragon Ball X, heredera de Dragon Ball, que nunca llegó a irse del todo, ya que desde 2009 ha contado con continuaciones con los sufijos Kai y Super.

 

[Img #25434]Pero el ‘remember’ más fuerte y, a la vez, vergonzante para algunos y algunas, es el del fenómeno fan, que evolucionó desde los ochenta hasta uno más obsesivo y materialista durante los años noventa, avivado por la llama de la revista SuperPOP. “Esta publicación lo era todo; era el Facebook de entonces, puesto que en ella veías cómo hablaban de tus ídolos de una forma mucho más personal”, cuenta Javier Adrados (@popadrados), ex socio del club de fans de Mecano y coautor del libro Yo también leía SuperPOP (Editorial Timunmas, 2015), que llevó su devoción artística al nivel profesional, al dedicarse a la promoción de grupos y de cantantes durante los últimos 20 años.

 

Quienes fueron fans de algún artista en los noventa, algunos de una manera casi obsesiva y enfermiza como el propio Adrados admite, eran en su mayoría pre y adolescentes (sobre todo, chicas), movidos por una moda musical, que formaban parte de un todo (eras el ‘rarito’ si no seguías a algún grupo) y que necesitaban saber cualquier información sobre sus cantantes favoritos. “Ser fan era que todo te encantara, no solo las canciones, sino también lo que decía el personaje público, cómo se viste, cómo se transmite al mundo. Probablemente es una realidad inventada incluso por uno mismo, pero que sin duda te hace más feliz por momentos”, explica el coautor del libro.

 

‘Boybands’ y ‘girlbands’

Pero hubo una tipología de artista que eclipsó a todas las demás en esta década: las ‘boybands’ y las ‘girlbands’, los grupos musicales compuestos por entre cuatro y cinco chicos o chicas ‘prefabricados’, artísticamente hablando, y moldeados por sus creadores, con personalidades y estilos de vestir muy determinados (para todos los gustos), que cantaban canciones de pop pegadizas y no con demasiado contenido profundo en sus letras.

 

Los Backstreet Boys y las Spice Girls se debatían el liderazgo de la industria discográfica, vendiendo millones de LP y llenando los conciertos. También existía el combate en las calles, por parte de sus histéricos seguidores, que necesitaban cualquier elemento comercial que llevara la imagen o el nombre de sus ídolos. “¿Eres de los Backs o de las Spice?” y “¿tú a quién te pides?” (porque los fans también se aprendían sus coreografías para imitarlos) eran las preguntas más comunes que se escuchaban en los patios de colegio.

 

[Img #25433]La periodista Marta Medina (@MartaMedinadelV) recuerda su etapa más ‘picante’. “Lo de las Spice Girls fue un flechazo. Me suena que me regalaron el disco mis padres, después de haberles dado el coñazo, de haberme aprendido el baile de Wannabe y de pasarme recreo tras recreo ensayándolo con mis amigas. Compré todo el ‘merchandising’ posible, desde las postales -nos dejábamos la propina en los sobres con cinco o seis cada una, y las cambiábamos como si fueran cromos-, camisetas, collares, pulseras, VHS de sus conciertos, etc. Nos comprábamos la SuperPOP y coleccionábamos los pósteres y los recortes. Era una especie de culto materialista, donde quien más accesorios de las Spice tenía, más fan se consideraba. Recuerdo que mis primos mayores decían que era música de mierda y que yo les contestaba que ellas serían más grandes que los Beatles”.

 

Una etapa que empoderó también a muchas adolescentes de una manera bastante cercana al feminismo más acérrimo. “Me gustaba el rollo deslenguado y agresivo que tenían. Las plataformas enormes, las patadas al aire, los tatuajes, la actitud, el ‘girl power’. Parecían una banda de amigas que se lo pasaban bien. Hablaban de sexo y de lo capullos que eran los tíos. Por eso cuando empezó a rumorearse que Geri iba a dejar el grupo, no nos lo podíamos creer. Era alta traición. Dejaba tirada a sus amigas. Y nos dejaba tiradas a nosotras. Cuando se confirmó, me acuerdo de pasar de una pena profunda a un odio exacerbado: Geri se había hecho un Yoko Ono a sí misma”, detalla la periodista, que define aquel fanatismo como una forma de “estrechar lazos, de compartir algo en común, un fenómeno generacional”.

 

Fue un grupo que cambió la dirección de la música que marcó los finales de los noventa y principios del 2000 y que apostaron por un concepto estético que marcó la moda de los años siguientes. Ahora, con el acceso a Internet, los foros y las páginas de fans, hay una mayor retroalimentación y cercanía con los ídolos y un mayor acceso a la información, pero no sé si hay ese concepto tan materialista como el que existía. Aparte, en la actualidad creo que sería más complicado repetir un fenómeno así, por la rapidez con la que se consumen los productos, la diversidad de propuestas al margen de las de los medios tradicionales y el desplome del mercado de la música; ya no sería rentable para las discográficas”, valora Medina.

 

El fanatismo pop llevado a los escenarios

[Img #25432]Rentable o no, existen fanáticos o testigos del fanatismo de la época que no han querido perder la oportunidad de hacer algo bonito con los recuerdos que mantienen vivos de su adolescencia noventera. Como el coro Nayru Pop Choir, que ha desempolvado las Super Pop y los posters para crear el espectáculo SuperFans. Las boybands que forraban tu carpeta, una vuelta al fenómeno fan de finales del siglo XX, a sus hits y a sus protagonistas en formato musical con el hilo conductor de una conversación modelo entre dos chicas de 13 años de la época.

 

Queríamos demostrar que como coro costaba lo mismo cantar una pieza de Haendel que un hit de los Backstreet Boys. Que la música a capela no tiene por qué estar encasillada en el canto lírico y que detrás de música tan infravalorada puede haber armonías muy interesantes. Descubrimos que el fenómeno fan era un tema con muchísima miga, una enciclopedia del comportamiento humano. Niñas -y algún niño- que vivían con verdadera pasión, drama, ilusión y fantasía una relación con los chicos -y alguna chica- de los posters que colgaban en su habitación. Leímos en el horóscopo de la SuperPOP que, si empezábamos un proyecto ese día, nos iba a ir bien, así que no pudimos negarnos”, explica Víctor Arcas (@victorarcas), coguionista y miembro del coro.

 

Además, recientemente consiguieron reunir en su actuación en el teatro La Latina a parte de las jóvenes fanáticas del grupo Take That, que protagonizaron un video viral en el que se les mostraba abatidas y desconsoladas por el desplante dado por la banda en el aeropuerto de Barajas hace 21 años. Su próximo ‘remember’ vestirá el escenario de la Sala Carolina de València el sábado 27 de mayo, a las 21 horas.


@casas_castro

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