Niños jugando en la piscina
Conciliar la vida familiar y las vacaciones con un plan lúdico y pedagógico para los hijos es el reto de los padres en verano y la mayoría de los expertos apuesta por desterrar los deberes. Fotos: MARGA FERRER

Echen el libro de texto a la piscina

¿Qué hacemos con los niños? La conciliación de la vida escolar y laboral por parte de los padres y madres es un problema durante todo el año. Y un drama en los meses de verano en los que las escuelas echan el cierre. Buscar un plan alternativo para mantener a los niños ocupados se convierte, más que en una opción, en una obsesión. En la que las familias han de encajar el factor tiempo con el presupuesto disponible. Y en este intento de ajustar la intendencia de la casa acomodando agendas, emerge un tercer factor que durante todo el año acompaña a padres y madres y niños: la presión por convertir a los hijos en los seres más competitivos de la Tierra. “Se exigen altos rendimientos sin tener en cuenta muchas veces la capacidad del niño”, observa la psicóloga Isabel Menéndez. En ese contexto, el campamento de verano cada día se asemeja más a un campo de trabajo y de estudio, admite Hugo Fagés, director de Discoveron, empresa que organiza experiencias de pedagogía creativa, justo todo lo contrario a la disciplina académica reglada.

Con el plan vacacional y académico se matan dos pájaros de un tiro: se soluciona la conciliación y la preocupación por aprovechar el verano para mejorar en los estudios. Al campamento o, sobre todo, al lugar de veraneo familiar pueden viajar los deberes. Esas obligaciones que durante todo el año sientan en la mesa de estudio a hijos y progenitores y que tanta polémica generan al condicionar o incluso determinar la vida de la familia. No hay consenso entre los expertos al enjuiciar si es o no recomendable mantener una rutina diaria de deberes en período vacacional, pero la mayoría de psicólogos, pedagogos, docentes y, especialmente, padres, se decantan por aparcar este hábito hasta el nuevo curso.

En el lado de quienes defienden la conveniencia de dedicar un momento del día durante el verano a los deberes con el fin de “reforzar los contenidos” aprendidos se situa la profesora de la Complutense Covadonga Ruiz. Entiende que “dos meses de inactividad” lastran el acervo de conocimiento adquirido y los hábitos de estudio. El clásico Vacaciones Santillana tendría, en este sentido, toda la vigencia. Los deberes “mejoran las habilidades de estudio de los alumnos y desarrollan su autonomía general”, sostiene el profesor Mandred Trautwein, una autoridad en la materia.

Las tareas académicas en casa tienen ventajas, por supuesto, pero también muchos contras. La Xunta de Galicia encargó un estudio a varias universidades en el que se concluía que la práctica de acometer diariamente ejercicios y estudio por encargo del profesor genera problemas de “hastío” en el alumno, “crea tensiones familiares”, “impide divertirse” y “prolonga la enseñanza que no es motivadora”.

Derecho a “descanso y esparcimiento”

Que los niños tienen derecho a vacaciones lo dice el sentido común, pero también la convención de derechos del menor de Unicef. Su artículo 31 recoge el “derecho al descanso y esparcimiento”. Pero los expertos discrepan sobre cómo administrarlo.

Justo en las antípodas de quienes defienden la necesidad de mantener en parte las rutinas académicas se sitúa la Asociación por la Libre Educación (ALE), entidad que agrupa familias que han apostado por facilitar a sus hijos un aprendizaje en casa, no reglada y alejada de las pautas del sistema de enseñanza. En España hay entre 2000 y 4000 familias abonadas al homeschooling, una práctica considerada ilegal. Porque la Educación reglada es obligatoria entre los 6 y los 16 años, si bien la mayoría de expedientes o causas penales contra padres que no escolarizan a sus hijos al optar por esta enseñanza alternativa acaban siendo archivados.

Entre el colectivo de padres y madres, prodigan las voces contrarias a los deberes. El presidente de la Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos (Ceapa), Antonio Martínez, llegó incluso a impulsar una huelga de deberes. Durante el curso. Y una campaña en las vacaciones de Navidad y Semana Santa bajo el lema “En la escuela falta una asignatura: mi tiempo libre”.

Muy próxima a estas posiciones se situa la psicopedagoga Francisca Majó, quien se muestra radicalmente contraria a mantener la actividad reglada en casa. Los deberes de las vacaciones, entiende, son adquirir experiencias, descubrir… Los deberes son “actividades que nada tienen que ver con la vida”, sentencia.

La directora de Ayudarte Estudio, Nuria García, es psicopedagoga. Y declara la guerra a los deberes, entendido como un “libro de sociales y horas de estudio”. Propone “deberes diferentes”. Apuesta por “trabajar de forma divertida” en verano, ir “más allá de la rutina”. Aprovechar para “reforzar las habilidades que más le cuestan al niño”. A lo mejor, explica, su asignatura pendiente es “el método de estudio”, más que el contenido, o una mayor capacidad para conocer otros niños, acercarse a otras culturas. En eso han de consistir “los deberes” del verano, según esta profesional. Rechaza de plano “sentarse todos los días a las cinco de la tarde a hacer los ejercicios. Eso en verano no hace falta”. Los padres, argumenta, aducen a veces que temen abandonar los deberes porque luego al niño le cuesta volver a las rutinas de invierno. “Pero el miedo a la anarquía, a cambiar de hábitos en realidad es de los padres”, advierte Nuria García.

La psicopedagoga considera que los colegios pecan de convertir el aprendizaje en “algo aburrido”. Y alerta contra el fomento de las “recompensas inmediatas” y la “sobreexcitación”. Los niños deben aprender a esperar, a practicar en verano una vida a otro ritmo y hasta a aburrirse. “Los niños también han de aburrirse”, concluye.

“Aprender a jugar y jugar aprendiendo”. Viene a ser el lema de Hugo Fagés y Discoveron. Los 22 años de experiencia trabajando la que llaman “pedagogía creativa” (actualmente complementan programas educativos de entre 260 y 300 colegios) les ha llevado a la convicción de que en verano “no hay que hacer deberes académicos”. Hay que seguir con dinámicas de aprendizaje pero no con educación reglada. “Leer por diversión lo que al niño le apetezca, no lo que le manden; ir al museo que quiera, no al que le obliguen; aprender a despertar la curiosidad, hacer actividades con transfondo educativo”, explica. Las propuestas de Discoveron van en esa línea: actividades pedagógicas en clave divertida. Como explicar la historia del Imperio Romano con los niños disfrazándose y haciendo recreaciones históricas. En verano y en invierno, “la fórmula de la experiencia es siempre más efectiva que la académica teórica”, subraya.

En todo caso, más allá de defensores y detractores de los deberes en verano, un estudio del profesor Seth Gershenson revela que en verano, como en invierno, los alumnos con más recursos aprovecharán mejor el tiempo y las “tasas de pérdida de conocimiento” durante las vacaciones contribuirán a apuntalar la “brecha de rendimiento existente entre estudiantes de diferentes estratos socioeconómicos”.

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