La ruleta rusa de la ludopatía online

La ruleta rusa de la ludopatía online


Atraídos por el deseo de ganar dinero por el atajo del azar, acaban convertidos en zombis de su propia vida. Con la crisis y una sociedad hiperconectada, la adicción al juego ha mutado y ha encontrado en los perfiles millennial a sus nuevos esclavos online. Las ciberapuestas, deportivas o de casino, dejan un rastro de tragedias personales y casi cero beneficio fiscal al Estado. La ludopatía genera trastornos neurológicos como cualquier droga. Es un camino que a menudo aboca a la cárcel, la locura o la muerte.

La ruleta rusa de la ludopatía online

 

Hay drogas que matan con estridencia, que dejan la huella del pico en el antebrazo. Y hay una adicción 2.0 que mata con sigilo. Atrapa porque es competitiva, porque a veces se disfraza de deportiva y se manifiesta en el corazón y el pecho de tu equipo, te visita en la intimidad del salón de casa y te seduce desde la pantalla del smartphone. Es la adicción a los juegos de azar online, desde el casino virtual a las apuestas deportivas. Fiar la suerte, la economía doméstica y el horizonte vital a un gol, a un córner, a un partido de béisbol, a una carrera de galgos o a un caballo ganador es una inversión segura a que gana este otro caballo de droga dura. “A la cárcel, a la locura o a la muerte”. Así sintetiza Enrique, miembro de Jugadores Anónimos que prefiere omitir el apellido consciente del estigma social del jugador, el futuro que depara a quienes se han enganchado a la ludopatía. A la clásica -la del bingo, el casino convencional y las tragaperras- y a la que está legalizada en España desde 2012, la de las apuestas en línea, tanto a través de portales de internet como de máquinas ubicadas en locales de juego o bares.

En España no existe una enorme tradición de apuesta deportiva offline (excepción hecha de las travesses en la pilota valenciana o la apuesta de la pelota vasca o en el hipódromo o canódromo), pero en poco más de un lustro se ha colado en el hit parade de los 15 países que más volumen de negocio generan en esta rama del ciberjuego. Además, ha alcanzado la segunda posición europea, según un estudio de la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados. Una actividad tóxica que mueve alrededor de 50.000 millones de euros en todo el mundo. En la Comunitat Valenciana no hay un desarrollo legislativo propio del juego online, más allá de sendos decretos de 2012 y 2015 sobre el juego en los casinos. La mayoría de los países de la Unión Europea, incluida España, adolece de una regulación específica sobre el juego en red.

En todo caso, regulada o no, este tipo de apuestas, al contrario que aquellas incluidas bajo el paraguas de ONLAE, como la Primitiva o la Quiniela, dejan escaso o nulo beneficio fiscal para el Estado. El tabaco oxigena al Tesoro Público a costa de matar al fumador. El juego online reporta beneficios en paraísos fiscales como la Isla de Man, Suiza, Gibraltar o las Islas del Canal, Jersey y Guernesey, que es donde están domiciliadas las sociedades matrices de marcas como William Hill o Poker Stars. Bet365 o Betwin, que compran con sus patrocinios de camisetas el corazón y el pecho de equipos punteros como el Real Madrid, dejan menos sustancia en la saca de la Agencia Tributaria que casinos y bingos físicos acogidos a la ley de 1977 sobre tributación del juego. Pero a efectos adictivos no tienen menos componentes.

A Enrique no le preocupa. Quiere orillar limbos normativos y hasta el manto de hipocresía de gobiernos y Administraciones que hasta en horario de máxima audiencia permiten la publicidad de una práctica que mata y destroza familias. La promoción de las apuestas deportivas online, que forma parte de la banda sonora de los programas deportivos y retransmisiones de máxima audiencia, mueve ya en torno a los 90 millones de euros en España, según cifras del sector publicitario.

“Es verdad que encima el dinero se va fuera de España pero para nosotros todo esto es secundario”, remarca. La prioridad es conseguir que quienes acudan a Jugadores Anónimos salgan del pozo de la adicción, superen los “12 pasos de unidad y 12 pasos de recuperación”, pautados en una entidad sin ánimo de lucro nacida en 1957 en Los Ángeles cuando dos adictos al juego constituyeron este cauce para la desintoxicación. Hoy existen decenas de grupos de autoayuda en España. Cinco en la ciudad de Valencia, uno en Gandía y otro en Alicante. Se financian por la recaudación de la colecta, la gorra que pasan en cada una de las 3 sesiones semanales fijadas, además de aquellas destinadas a familiares. Entre 20 y 30 personas acuden a cada una de esas terapias de autoayuda. Enrique atiende al teléfono de atención 24 horas de la asociación. El peligro acecha día y noche porque la red no duerme. “He recibido llamadas de urgencia de madrugada”, admite.

Enrique tiene “60 y muchos” y no casa con el perfil mayoritario del ciberludópata, a menudo millennial. Con la crisis, la ludopatía ha crecido “En mi experiencia en la clínica he comprobado que vienen más jóvenes entre 18 y 35 años”, explica la psicóloga Sara Meca, especialista en terapia de adicciones al juego. Entre las razones que aduce apunta la “privacidad” que el juego no presencial ofrece a los jóvenes que no necesitan exponerse a ser escrutados por la comunidad. Con todo, Codere, Cirsa, Sportium o Reta también disponen de espacios físicos, debidamente blindados de miradas indiscretas gracias a sus ventanas y puertas opacas. A este tipo de locales acuden jóvenes que, paradójicamente, buscan socializarse con unas prácticas que les empujan a la disrupción social. Pero, sobre todo, buscan “ganar dinero”, el impulso primario que mueve a jugar. “Las personas tenemos sueños; el mío era tener dinero para viajar, para comprarle un piso a mi hija…”, masculla Enrique. Hasta que el sueño muta en pesadilla y un sueldo de “100.000 pesetas” de hace veinte años, el equivalente a 600 euros, no da para alimentar el hambre de las tragaperras. “Necesitaba 200.000 y tenía que pedir prestado, ir con mentiras y engaños” para que la ruleta rusa de su vida siguiera girando.

La dinámica perversa es inquebrantable: jugar más y más para intentar tapar un agujero económico que se va ensanchando mientras el ambiente en el trabajo y en la familia se agria. Si tropieza con una tormenta perfecta fatal el ludópata puede acabar hasta en la mendicidad. O en peores destinos incluso. Enrique tuvo la suerte de contar con la compresión de su empresa y el apoyo de su mujer. “Ella me llevó a terapia y yo entonces pensaba que tenía una mala percepción, que el problema era suyo”, recuerda. Pronto se percató de que necesitaba desengancharse. Entre las primeras medidas de choque del ludópata figura una intervención familiar de la economía del ludópata. “Yo llevaba 50 euros, gastaba 20 en una comida y justificaba con tickets el gasto”. Su mujer ejercía como de interventor. Es clave que no exista margen alguno para alimentar la tentación. La red, con los sistemas monedero para el pago online, no ayuda a esta extrema fiscalización del gasto.

Hombre, en la veintena y con apuestas de pequeñas cantidades que van levantando un muro asfixiante son algunos trazos del nuevo perfil del adicto al juego. Unos parámetros macerados en la depresión económica que arrancó en 2008 y agravó el drama social de la ludopatía. Esa misma crisis fue la que alimentó el nuevo modelo de negocio del juego, que, en buena medida se mudó a la red.

El carácter tóxico de la adicción a las apuestas no es una metáfora sino una evidencia científica que, al igual que los alucinógenos, también afecta al sistema neurológico. Es la necesidad irrefrenable de jugar. Mariano Chóliz es profesor en la Facultad de Psicología de Valencia y dirige un postgrado sobre “Adicción al juego y otras adicciones comportamentales”. Dirige, además, la unidad de investigación Juego y adicciones tecnológicas. Ahora está embarcado en una investigación sobre ludopatía en internet en el que se experimenta para perfeccionar un protocolo para atender a las personas afectadas por esta lacra. En el estudio colabora Antox, una asociación para la Investigación, Prevención y Rehabilitación de Drogodependencias y se centra en jóvenes de entre 18 y 26 años. La participación de esta entidad da la medida de hasta qué punto la ludopatía es tóxica como la cocaína. Traslada, al principio, cierta sensación euforizante cuando la cuota de la apuesta cae del lado del jugador. Pero luego empuja al precipicio de la depresión, de la vida destrozada. En el juego de azar con apuestas la moneda al aire no suele caer de cara. En el juego con dinero ganar suele ser perder y una cara anticipa, demasiado a menudo, un calvario de cruces.

Por Abril Antara 

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